Siempre nos quedarán los libros

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El año llega a su fin y también las lecturas que lo han jalonado, como si fueran puntos kilométricos marcados con letras y palabras. En este cuaderno digital han quedado registradas algunas de esas lecturas, aunque no todas. Libros que me han acompañado en diferentes momentos y lugares a lo largo de 2015. El último de ellos me lo ha regalado mi amigo invisible, que sabía que, en mi caso, con un libro siempre es fácil acertar. Ese libro ha sido «Arenas movedizas», de Henning Mankell (Estocolmo, 1948). Comencé leyendo pensando que se trataba de la última de sus novelas policiacas protagonizada por el inspector Kurt Wallander. Pero mi sorpresa fue enorme. En vez de la intriga de un caso por resolver, me encontré con las ideas y memorias de un hombre, el propio Mankell, al que le diagnostican un cáncer.

Cuando supe que tenía cáncer, ese miedo volvió. Me afectó igual que la primera vez, ahora lo comprendo. La sensación que experimenté fue precisamente esa, el pavor que me causaban las arenas movedizas. Me resistía a que tiraran de mí y me tragaran.

El cáncer es el detonante y el hilo conductor de su escritura, pero en absoluto es un libro depresivo centrado en la enfermedad. Al contrario, sirve para que Mankell se desnude de forma pudorosa y nos ofrezca los apuntes, muchos de ellos cargados de positividad, de una vida tan interesante como poco convencional.

Entre todas las cosas que disfruté, dejo aquí dos de los subrayados que hice, que se refieren a su idea sobre la escritura y los libros, y que me parecieron maravillosos.

Escribir, me dije, era iluminar con la linterna los rincones en penumbra y, en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder.

Dice Mankell que cuando al cabo de varias semanas logró salir arrastrándose de las arenas movedizas, empezó a ofrecer resistencia al golpe mortal que significaba el diagnóstico del cáncer. Y para él era obvio cuál sería la mejor herramienta para ello: los libros.

Coger un libro y perderme en el texto en los momentos difíciles ha sido siempre mi modo de buscar alivio, consuelo o, al menos, un respiro. Cuando los asuntos amorosos se torcían, echaba mano de un libro. Como consuelo después de un fracaso en el trabajo teatral o con textos con cuyo final se me resistía, siempre he tenido los libros. Como linimento, pero más aún como instrumentos para desviar los pensamientos hacia otro lugar. Para hacer acopio de fuerzas.

Me pareció un magnífico colofón a este año que se va. Siempre nos queda la esperanza. Y los libros.

P.D.- El autor de este blog les desea, por supuesto, un año nuevo muy feliz y lleno de buenas lecturas.

 

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Nada se opone a la noche

Nada se opone a la noche

El 13 de noviembre se celebró en España, por quinto año consecutivo y bajo el lema «Leer es viajar», el Día de las Librerías que impulsa la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). En 2014 el reclamo fue aún más incisivo: «¿Cómo va a sobrevivir la ignorancia si está rodeada de libros?». En cualquier caso, razones -además de un descuento del 5%- para acercarse a la librería, comprar un libro y cumplir dos objetivos: el fomento de la lectura y proteger un negocio en vías de extinción. Por cierto que respecto a las iniciativas para el fomento de la lectura, resulta muy ilustrativo lo que decía recientemente Fernando Savater (San Sebastián, 1947) en una entrevista en The Cult:

Las pasiones no se pueden enseñar. El verbo leer no soporta el imperativo. No se puede decir a nadie “Lee”, porque eso es contraproducente. Las pasiones se contagian. La pasión de la lectura también se contagia.

Pero me he desviado del tema, no era de esto de lo que quería hablar. Solo era un preámbulo para contar que con las ganas de aportar mi granito de arena fui ese día a mi librería de referencia –Librería Benedetti– a comprar mi ejemplar, casi como si se tratara de apadrinar a un pobre animal abandonado. No tenía claro el título que quería; por eso tiré de teléfono móvil (smartphone), abrí la aplicación de Notas/Libros y repasé la lista de deseos que de vez en cuando anoto para no fiarlo todo a la memoria. Y allí estaba un libro publicado hace ya algunos años pero que, paciente, esperaba su momento. Lo busqué y se lo mostré a Óscar, mi librero de referencia. Sonrió y dijo: «Muy bueno». Lo hubiera comprado de igual forma pero su afirmación fue confirmación para mí y la garantía de que me llevaba una buena pieza: «Nada se opone a la noche» (Anagrama, 2012), de la escritora francesa Delphine de Vigan (1966). Una novela que como dijo Marcos Ordoñez en su blog en El País, «ha sido un éxito de público y de crítica porque tiene corazón y tiene tono, mirada». Y añade:

El equilibrio de este libro es portentoso. Y el talento narrativo de su autora, y su honestidad: un verdadero triunfo del tono. Debería enseñarse en los talleres de escritura. Serviría de modelo e inspiración para quienes intentan abordar dolorosas historias familiares sin autocompasión, sin delectación mórbida, y convertirlas en relato, en gran relato.

Por eso me recordó tanto a «También esto pasará», de Milena Busquets. Al igual que la novela de la hija de Esther Tusquets, Delphine de Vigan «convierte una historia durísima en un relato al que apetece volver cada día». Pero yo me quedo con esta última, no tengo ninguna duda, y con su ejercicio de autenticidad. La propia de Vigan lo explica en la novela:

Incapaz de alejarme por completo de la realidad, produzco una ficción involuntaria, busco el ángulo que me permita acercarme más, más cerca, cada vez más cerca, busco un espacio que no sea ni la verdad ni la fábula, sino los dos a la vez.

Lo confieso: también compré el libro porque me sedujo la fotografía de la cubierta. Es en realidad la fotografía de una bellísima mujer, Lucile, la madre de la escritora, que murió a los sesenta y un años. Y así es cómo la describe en las últimas páginas:

Lucile aparece de perfil, lleva un jersey de cuello vuelto negro, sostiene un cigarrillo en la mano izquierda, parece mirar a algo o a alguien, pero probablemente no mira nada, su sonrisa es de una oscura dulzura.

Terminé de leer la novela el 26 de noviembre, otro día emblemático, el Día de Acción de Gracias. Después de vivir varios años en Nueva York, en casa nos gusta celebrar esta tradición americana cocinando un gran pavo. Esa misma noche terminé de leer Nada se opone a la noche. Di las gracias por el pavo y por la novela. Literatura en estado puro.

 

Para saber más:

De Vigan descubre sus fantasmas familiares, en LA VANGUARDIA.

Todo sobre mi madre, en PÁGINA 12 (Radar Libros).

Razones para leer los relatos de Ha Jin

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Hay dos razones por las que quería leer a Ha Jin: porque la biografía del escritor chino llamó mi atención y porque escribe cuentos o relatos. Probablemente las dos mismas razones por las que muchos otros –quizá usted mismo- no lo vayan a leer nunca.

¿Por qué leer a un escritor chino que escribe en inglés y precisamente cuentos?

Yo sí tenía ganas y mucha curiosidad de leer lo que escribe alguien tan aparentemente alejado de nuestra geografía y de nuestra propia concepción cultural. En primer lugar porque su peripecia vital lo hacía muy atractivo; entre otras cosas se hizo escritor casi por necesidad. El mismo Ha Jin, escritor de origen chino afincado desde 1985 en Estados Unidos, se definía al principio como «escritor que vive en América, que escribe en inglés, pero soy un escritor chino», aunque con el paso de los años ha reconocido que «China le queda cada vez más lejos» y que ahora se siente más cercano a los Estados Unidos, donde imparte clases de literatura y talleres de escritura creativa en la Universidad de Boston.

Pero es que además –y tiene mucho mérito-, siendo un joven soldado en el Ejército Popular de Liberación, Ha Jin tuvo tiempo para leer el Quijote y algunas novelas de los clásicos de la literatura rusa como Tolstoi, Dostoievski, Chéjov o Puskin.

Y en segundo lugar porque, aunque ya se han publicado con anterioridad en España, por Tusquets, algunas de sus primeras novelas, es la primera vez que se edita en nuestro país un volumen de ficción breve de este escritor. Si hasta ahora sus relatos no se han ganado el favor lectores y críticos en lengua castellana puede que sea, como dicen los editores, «posiblemente como consecuencia del prejuicio que todavía permanece de forma latente hacia este género literario». Si esto último es o no cierto, no lo sé, pero qué quieren que les diga. Yo soy lector de cuentos, y los de Ha Jin me parecen de primera.

«Una llegada inesperada y otros relatos» (Ediciones Encuentro, 2015), es una antología que reúne, en orden cronológico, trece de los cuentos más reseñables del escritor chino-americano nacido en 1956 en Liaoning, provincia del noreste de China que limita con Corea del Norte. Son cuentos que, como toda su narrativa breve, tratan de la experiencia vital del autor, «que abarca situaciones y recuerdos personales en China, su posterior emigración a los Estados Unidos y su adaptación final al mundo occidental».

«Esto es América, donde tenemos que aprender a confiar en nosotros mismos y no inmiscuirnos en los asuntos de los demás», escribe al final de uno de sus cuentos.

Es fácil adivinar en algunos de los relatos que sitúa en China resonancias de Chéjov, así como de la mejor narrativa norteamericana en los que escribe sobre las dificultades de la emigración, y que nos trasladan a Flushing, en el estado de Nueva York. Todos ellos -no estrictamente autobiográficos pero sí basados en hechos reales-, están escritos con una técnica y una emoción muy bien administradas:

Pequeñas dosis de literatura de la buena, especialmente indicadas para leer en el tren, delante de la chimenea, en la cama antes de dormir o donde al lector más le plazca.

En mi selección han quedado subrayados relatos como Vivo, La mujer de Nueva York, Avergonzado o La casa del cerezo llorón.

Háganme caso, por favor, olviden sus prejuicios sobre los autores orientales y los relatos y denle una oportunidad a Ha Jin. Yo les he dado mis razones, pero hay muchas más y ustedes encontraran las suyas propias. Sus relatos son deliciosos y dejan un poso especial. Tanto como para volver hacia sus novelas, por ejemplo hacia su primer gran éxito literario, Waiting (publicada en español como La espera), que recibió en 1999 el National Book Award y el PEN/Faulkner Award en 2000.

DISCLAIMER (aviso): Solicité el libro a Ediciones Encuentro, que tuvo la gentileza de hacérmelo llegar.

«La buena reputación», y los líos de familia

La buena reputación

Una de las medidas que se me ocurren para determinar el éxito de una novela, no ya en términos de ventas sino de satisfacción para su lector, es la perdurabilidad de su recuerdo.

Por supuesto, un recuerdo placentero que nos haga añorar los buenos ratos pasados e, incluso, a sus personajes, cuyo espectro suele acompañarnos durante algún tiempo después de cerrar el libro. Pues esto mismo, que a muchos de ustedes ya les habrá sucedido en alguna ocasión, es lo que me ha ocurrido a mí después de leer «La buena reputación» (Seix Barral. Barcelona, 2014), de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960).

Claro que en este caso el resultado jugaba con ventaja pues la novela mereció recientemente el Premio Nacional de Narrativa 2015, obra que el jurado definió como:

Un retrato del mundo judeo-español en Melilla en la época del Protectorado y el complejo desarrollo de una red de relaciones familiares en el marco de un relato extenso muy fiel a la tradición novelesca.

Es cierto que algunos premios literarios han dejado de ser garantía de calidad literaria pero no así el Nacional de Narrativa, del que me fío desde hace ya muchos años, cuando en 1990 me llevó a leer Juegos de la edad tardía, la magnífica novela de Luis Landero que también obtuvo el Premio de la Crítica ese mismo año.

Nunca antes había leído a Martínez de Pisón, y mi intención era comenzar por su más conocida Carreteras secundarias (1996). Pero descubrir que su última novela premiada también estaba disponible en Nubico, y que precisamente venía de leer otro de los premios importantes del año, el Nadal –otorgado a Cabaret Biarritz-, me hizo cambiar de opinión.

La buena reputación es una larga novela de familia que –entre los años cincuenta y los años ochenta del siglo pasado-, y en tres escenarios –las ciudades de Melilla, Málaga y Zaragoza- nos presenta las vidas y las complejas relaciones de cinco de sus miembros mientras como telón de fondo transcurre la historia de aquellos años en los que España se incorporaba a la modernidad. Así se manifestaba el autor respecto a la familia como tema:

Me gustan mucho los temas atemporales y universales, los grandes temas, y la familia es uno de ellos. La Biblia y la tragedia griega están llenas de historias de familia. Imagino que dentro de tres mil años, si sigue habiendo escritores, hablarán de conflictos entre padres e hijos y maridos y mujeres.

Es a través de sus cinco protagonistas entre los abuelos, una madre y los dos nietos, como Martínez de Pisón divide la narración en otras tantas novelas hasta completar un pentágono de lados y ángulos perfectos. Es, esencialmente, una novela de personajes (Samuel, Mercedes, Miriam, Elías y Daniel) completamente de carne y hueso, a los que al final añoramos porque durante algunos días se han convertido en parte de nuestra propia familia. Ese es el mérito del autor, situarnos en el centro y hacernos testigos directos de sus vicisitudes y miserias, recordándonos cuan fuertes son los lazos de sangre y que no hay familia que se libre de estas por más que en la superficie todo sea un mar brillante y en calma. Martínez de Pisón escribe, aparentemente, de una manera muy sencilla. Como señaló el crítico de Babelia:

Con un vigoroso estilo casi invisible, muy apreciado por los maestros del XIX, a cuya estirpe tardíamente se acoge Ignacio Martínez de Pisón con este caudaloso novelón familiar, confiado en obtener de aquellas sombras una aceptación absolutoria.

Han sido 640 páginas que, aunque leídas en formato digital, nunca se hicieron largas. Pero alcanzado el final, y con un magnífico sabor de boca, es hora de pasar a otras historias que esperan ahí fuera su oportunidad de ser leídas.

Para saber más:

Crítica que Babelia publicó de la novela en 2014.

Entrevista a Ignacio Martínez de Pisón en Letras Libres, en abril de 2013.

Lisboa y la vida

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Portugal y España, que comparten 1214 kilómetros de frontera (conocida de forma coloquial como La Raya, o A Raia en portugués), fueron una vez parte de la monarquía hispánica en aquel imperio en el que no se ponía el sol. En la actualidad, cuando ambos países forman parte de la Unión Europea y comparten la misma moneda (adiós a escudos y pesetas), y dos de los más famosos futbolistas del mundo juegan cada uno en campo contrario (sí, Cristiano Ronaldo en el Real Madrid e Iker Casillas en el Oporto), el sueño de unir Madrid y Lisboa con un tren de alta velocidad sigue siendo eso, solo un sueño. Quizá una señal de que somos dos vecinos bien avenidos pero que prefieren seguir viviendo de espaldas.

Por eso creo que a pesar de que a los españoles nos gusten sus vinos, sus playas, sus ciudades o sus fados, la conexión entre ambos países –como la del AVE– no es todavía plena. Me refiero a una conexión emocional sin complejos, que descarte recelos y prejuicios en los dos lados.

Algo así intuía ya Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935) –que por cierto solo viajó a España una vez para visitar las Islas Canarias–, cuando hacía referencia al mito de Iberia:

Se diría que los dos países se han dado cuenta por fin del hecho aparentemente evidente de que una frontera, si separa, también une, y que si dos naciones vecinas son dos por ser dos, pueden moralmente ser casi una por ser vecinas.

Para activar al menos esa conexión emocional valdría al menos algo tan simple como leernos los unos a los otros. Una buena forma de hacerlo, seguro que hay muchas más, es empezar por el «Libro de crónicas» de António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), el escritor que afirma que sus libros «nacen de la basura».

Crecí en los suburbios de Lisboa, en Benfica, por aquel entonces pequeñas quintas, travesías, casas bajas, oyendo a las madres que llamaban a la hora del crepúsculo.

Este ha sido mi bautizo lector con Lobo Antunes antes de sumergirme en alguna de sus novelas (creo que empezaré por la primera, Memoria de elefante, publicada en 1979). El libro, que recoge los artículos publicados por el escritor desde 1993, y durante cinco años, para el diario O Publico portugués, está constituido por piezas de no más de dos o tres páginas, como teselas de un bello mosaico que cobran mayor belleza en su conjunto. Leer sus crónicas es ver pasar Lisboa y la vida a través de los ojos de un auténtico orfebre de la escritura.

Nunca me di cuenta de cuando se deja de ser pequeño para convertirse en mayor. Probablemente cuando la pariente rubia comienza a ser mencionada, en portugués, como la desvergonzada de Luísa. Probablemente cuando sustituimos los paraguas de chocolate por bistecs bárbaros. Probablemente cuando nos empieza a gustar ducharnos. Probablemente cuando nos ponemos tristes. Pero no estoy seguro: no sé si soy mayor.

En espera del AVE, la literatura también sirve para tender puentes, invisibles pero sólidos y muy duraderos.

«Cabaret Biarritz», teoría y práctica de una novela

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Editorial Destino. Barcelona, 2015. 456 páginas.

La tentación siempre está ahí, al acecho. Oculta y esperando pacientemente el momento de actuar. Eso es escribir, la eterna tentación de tanta gente; incluso –sí, también- la mía. Uno es débil, qué le vamos a hacer (je suis perdu…). En cualquier caso, creo que nunca asistiría a un taller de escritura de los muchos que últimamente han florecido -como ahora las setas en otoño-, para aplacar, imagino, ese frenesí escritor que recorre todo el planeta y hacer caja al mismo tiempo. Y no lo haría por la soberbia de pensar que yo no lo necesito (escribir ficción literaria no es lo mismo que redactar, ya lo he dicho alguna vez más en este blog), ni por dudar de la capacidad y las skills (que palabro tan bueno para no decir habilidades) de quienes los imparten, sino porque soy un convencido –y no invento nada nuevo- de que la mejor escuela de escritura es la lectura.

«No era fácil escribir historias», dijo Vargas Llosa en su discurso al recibir el Premio Nobel. Y sin embargo afirma que quienes le revelaron «los secretos del oficio de contar» fueron los escritores a los que leyó en su juventud: «Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo».

Fue la curiosidad, y la suscripción mensual que mantengo con Nubico, lo que hizo que me encontrara con un manual de los que tanto abundan también para los aprendices de escritor. Se llama «Escribir ficción» (Guía práctica de la famosa escuela de escritores de Nueva York), publicado en 2003. Se refiere al Gotham Witer’s Workshop, que empezó siendo una clase que se impartía en un cuarto de estar en el Upper West Side de Nueva York y que, después, ha crecido hasta convertirse en escuela on-line: www.writingclasses.com (We teach the craft of writing in a way that is clear, practical, and inspiring).

En Escribir ficción se tratan los temas habituales: personajes, trama, punto de vista, descripciones, diálogo, escenarios, ritmo y voz, tema o incluso el negocio de escribir (volverte loco por escribir y por los dividendos). Esta última sección, y algunos otros aspectos de la obra, «ha sido modificada adaptándose al mercado en lengua española» por la editorial Alba.

Pues sí, lo leí. ¿Puedo empezar ya a escribir como lo hace un (buen) escritor? No, creo que escribiría exactamente igual a como lo hacía antes de leerlo. ¿Ha sido una pérdida de tiempo? No, en absoluto. Algo me llevo, entre otras cosas la lectura de «Catedral», un relato de Raymond Carver que se incluye como apéndice, y que utilizan los autores para ilustrar con ejemplos algunas de las cuestiones que se plantean en el libro.

Pero lo que me interesa en esta ocasión es uno de esos aspectos, concretamente el del punto de vista:

«Las cosas se ven de una manera diferente depende de quién las está mirando y desde qué perspectiva las mire. El punto de vista, al igual que los microscopios y los telescopios, nos puede revelar cosas que de otra manera pasarían desapercibidas».

Uno de los puntos de vista que señala Valerie Vogrin es el de la primera persona con una visión múltiple, como el que normalmente utiliza la técnica epistolar. «Por lo general hay un único narrador que utiliza la primera persona pero también puede haber narradores múltiples. En los cuentos cortos, limitados por su espacio, contar con más de un narrador seguramente afectaría a la capacidad del autor para crear una historia conexa y coherente. Pero un novelista que trabaje con suficiente espacio podría decidir que su historia mejoraría si hubiese más de un testigo describiendo los acontecimientos de su relato».

‘Cabaret Biarritz’ mezcla magistralmente investigación criminal y parodia social. EL PAÍS

Esto es precisamente lo que piensa y hace José C. Cavales, autor de «Cabaret Biarritz» -Premio Nadal 2015-, aunque es seguro que él no necesitó leer el manual del Gotham Witer’s Workshop. Al contrario, deberían utilizar su novela como el máximo exponente de esa técnica: un acontecimiento -el cadáver de una joven de Biarritz aparece sujeto a una argolla del muelle- contado años después por una treintena de personas de distintos estratos sociales que de manera más o menos directa estuvieron relacionadas con la joven. Ese carácter polifónico, de coro con voces de muchos registros, es lo que hace verdaderamente valiosa la novela. «Una de las principales virtudes del punto de vista de visiones múltiples en primera persona es la implicación intelectual del lector, que no le permite sentarse y dejar que le cuenten qué es lo que debe pensar y sentir».

«Es el lector el que debe relacionar las cosas por sí mismo y eso constituye una interesante experiencia de lectura».

Esa implicación intelectual del lector es más que evidente (puedo dar fe de ello) en el caso de Cabaret Biarritz, si bien la técnica narrativa que emplea –nada fácil por cierto- no sea por supuesto su único mérito, ni la garantía de que la novela funcione por sí sola. Sin embargo, funciona a la perfección, y el resultado es una interesante trama criminal insertada en la glamourosa sociedad de la localidad francesa de Biarritz durante un verano de los felices años veinte.

Sin conocer con antelación absolutamente nada de la novela (es la manera de que no haya expectativas que frustrar), y sin que la cubierta me sedujera especialmente (sí, yo soy de los que me dejo influenciar por detalles como ese en mi decisión de lectura, y esta me pareció edulcorada en exceso), encontrar el libro en mi iPad por gentileza de Nubico Premium (mi suscripción mensual de 8,99 €, IVA incluido), y con la garantía del «sello» Premio Nadal, me decidieron a embarcarme en su lectura. Y no me arrepiento, al contrario. Ahora la teoría ya la conocen, quien borda la práctica es José C. Cavales.

Mi recomendación es que pasen y lean ‘Cabaret Biarritz’.

Para saber más: Aquel espantoso verano, es el título de la reseña que escribió Francisco Solano en El País.

La casa del mirador ciego

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Es muy poco probable que a las pocas semanas de terminar de leer una novela recuerde sus detalles. Me refiero al conjunto de sus personajes, a la trama (más allá de una vaga idea), a su desenlace, o si, por ejemplo, estaba escrita en primera o tercera persona. Algo que es independiente de si aquel libro me gustó más o menos, aunque es indudable que cuanto más disfrutas de algo mejor recuerdo te queda. Si aun así no consigo retener esos detalles solo se debe a la increíble fragilidad de mi memoria. Un defecto, sin embargo, sobre el que a estas alturas ya he dejado de preocuparme.

Lo que sí me llevo, incluso varios años después de leer esa misma novela, es la atmósfera que el escritor ha creado con su texto. Esa atmósfera es lo que perdura en mi memoria después de exprimir lo leído y pasar todos los filtros del cerebro.

De La casa del mirador ciego (1981), la primera novela de la escritora noruega Herbjørg Wassmo (Vesterålen, 1942), me quedaré con el frío, el mar y la noche, el calor de la modesta cocina o el trabajo en la fábrica de pescado pero, sobre todo, con el temor y la angustia de una niña víctima de abusos por su padrastro.

Una novela «heladora y deslumbrante».

Para saber más sobre Wassmo y su novela:

Lectores reos de la actualidad

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Termino de leer Alabanza (Literatura Random House, 2014) de Alberto Olmos (Segovia, 1975), una interesante novela sobre literatura, que en el año 2019 ya se da por desaparecida. Sebastian Bel, seudónimo del protagonista y alter ego del autor, es un escritor literario que se traiciona a sí mismo escribiendo un best seller (El misterio del mapa o El mapa del misterio, nunca lo recuerda) que se convierte en un tremendo éxito editorial, pero que recibe el engolado y venenoso desprecio del crítico de turno:

«Los que aún confiamos en la condición artística de la palabra escrita, en su valor como conocimiento y legado, no podemos callar ante un atentado contra la dignidad creadora como ha sido la aparición de El mapa del misterio, no podemos no señalar con el dedo a su autor y perderle literal y literariamente todo respeto, ni podemos amilanarnos ante la pequeña vileza que se nos adjudicará si afirmamos que Sebastian Bel es ya un autor al que no hay que tener en cuenta».

Sebastian Bel se retira con su novia a un pueblo casi abandonado y sin conexión a internet, para recobrar la inspiración y la cordura literaria y escribir Las amadas, una colección de relatos sobre las mujeres que han jalonado su biografía (incluidos los escarceos sexuales) antes de conocer a Claudia.

En un momento de la novela, recordando su paso por la universidad durante la década de los noventa, el autor relata cómo Sebastian privilegiaba lo nuevo frente a lo consabido:

«Reo de actualidad, sus querencias lectoras reiteraban su deseo de participar en la conversación del presente. Prefería leer la novela de la que todos estaban hablando que la novela de la que todos seguirían hablando dentro de dos siglos. Si la cultura era un tren al que uno se subía, resultaba que muchas estaciones importantes ya habían quedado atrás cuando se iniciaba el propio viaje; pero qué desgana le daba preocuparse por esas estaciones ya pasadas cuando se sentía en marcha, anhelando la llegada de lo próximo».

¿Se puede expresar mejor el vano deslumbramiento que muchas veces provoca en los lectores esa querencia irrefrenable por la última novedad publicada?

Para gustos, los colores. Como siempre digo, lo importante es leer. A los muertos, a los vivos o a los que acaban de nacer al superpoblado mercado editorial.

Sin embargo, Alberto Olmos y/o su protagonista no se resiste a la esperanza y cree que no todo está perdido:

Y pensó también que quizá la literatura no había muerto, no había sido destruida, sino que sólo estaba replegada, acogida en el regazo de un lector único para un escritor único, que tenía algo importante que decirle.

Para saber algo más:

♦  Entrevista con Alberto Olmos en ABC: Mi jefa de prensa me ha dicho que no diga burradas.

♦  Reseña de Alabanza en el blog La medicina de Tongoy.

Emprendimiento cultural

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El periodista y poeta Antonio Lucas en un acto organizado por Cooltural Plans.

No me gusta esa palabra, ‘emprendimiento’. Sin embargo, el diccionario de la Real Academia Española la ha recogido recientemente para definir la «acción y efecto de emprender», así como la «cualidad de emprendedor». No me gusta por lo desgastada que está en boca de políticos, empresarios, tecnólogos y gurúes varios, y porque se ha elevado a los primeros puestos de los rankings de profesiones mejor consideradas y con más futuro. Una profesión que, obviamente, ejercen los emprendedores. En este caso, sí, me gusta más la palabra y la definición del diccionario para ‘emprendedor’:

«Que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas».

Emprendimiento, no se habla de otra cosa, y todos nos entendemos. Aunque parece que el emprendimiento estuviera reservado únicamente al ámbito tecnológico y a los jóvenes Millennials (los hijos de la generación del Baby Boom que nacieron entre 1981 y 1995), no me parece que la acción de emprender sea privativa de ningún sector ni rango de edad. Como si fuera el coto exclusivo de cientos de start-ups que terminan desarrollando una app (aplicación) para resolver cualquier faceta de nuestra vida desde un smartphone (teléfono inteligente) o tableta.

Afortunadamente también en el sector editorial y en el sector de la cultura en general puede haber, y me consta que los hay, quienes de forma heroica practican el  emprendimiento y la innovación cultural. Lo que sucede es que no cuentan con el glamour que fácilmente nos deslumbra de los que programan con ceros y unos para crear negocios millonarios en el mundo virtual.

Hay emprendedores que se juegan su dinero, su ilusión y su salud en proyectos de un valor cultural indiscutible.

Sólo (con tilde) mencionaré algunos que yo conozco, pero hay muchísimos más:

Ardicia Editorial: editorial literaria independiente fundada en Madrid en 2013.

120 Pies: editorial independiente de ebooks.

Cooltural Plans: diseño, organización y difusión de planes culturales.

Billar de Letras: talleres y tertulias literarias.

Sala-Mandra: espacios y salas de alquiler para organización de actividades.

The Spanish Bookstage: World Spanish & Latin American book rights platform.

Comba Editorial: editorial literaria independiente creada en Barcelona en 2014.

No tengo ninguna duda. Todos ellos «emprenden con resolución acciones dificultosas o azarosas». Larga vida a sus promotores y a sus proyectos.

Libros de verdad o libros de mentira

The New Yorker

Viñeta de Sippres publicada en The New Yorker.

Hace algunos días que me sorprendí a mí mismo empleando un término sobre el que no había pensado nunca antes. Mi madre, que ha cumplido ya los ochenta, lleva unos meses en cama por una dolencia de espalda. Ella, que supera con creces el perfil de «lectora frecuente» (aquellos que leen un mínimo de una vez por semana), y que hace tiempo que está habituada a leer e-books en un dispositivo electrónico, había dejado de hacerlo porque no le gusta leer en la cama.  Sin embargo, desde que ha podido sentarse en una butaca, ha recuperado poco a poco el hábito lector. Pero lo que llamó mi atención el otro día fue ver lo que vi en su mesilla de noche. Entonces dije lo que dije:

– Mamá, estás leyendo un libro de verdad… Y según lo decía me resultó extraño.

– Sí –respondió ella-. Tenía ganas de leer un libro como tú dices: un «libro de verdad».

Si hablamos de libros de verdad –libros en papel frente a libros digitales o electrónicos-, es que hay libros de mentira. Como si estos fueran imitaciones de los libros auténticos, los libros que conocemos de toda la vida. Y es que la aparición de los nuevos formatos de libros ha hecho que tengamos necesidad de poner apellidos para diferenciar unos de otros. Antes, cuando decíamos «libro» no había que dar más explicaciones.

Ahora, incluso para hablar de ese libro, el de siempre, tenemos que especificar que es un libro «en papel» o un libro «tradicional». Algo que por cierto suena a feo, antiguo y pasado de moda.

Curiosamente, el mismo día en que esto sucedía, recibí en casa por correo un libro de verdad. Lo adquirí sin embargo utilizando medios modernos: seleccionando un título entre millones a través de una simple búsqueda en Internet y pagando la compra en apenas unos minutos sin moverme de la silla. Es decir, utilizando las posibilidades que la tecnología digital pone también a disposición de los lectores aunque fuera, esta vez, para recuperar un libro publicado hace 49 años en Argentina. Llegó a casa en perfecto estado, con el único pero de que las páginas han amarilleado algo.

No voy a poner yo la conclusión a esta diatriba veraniega, probablemente fruto del calor y la falta de sueño. Ahí lo dejo para su reflexión o para que simplemente lo olviden. En cuaquier caso, lo importante es leer, sean libros de verdad o libros de mentira.

P.D.- Algún día les contaré qué libro es ese que llegó del pasado para ser leído hoy con nuevos ojos.

Pioneros del diseño gráfico español

Cubierta del diseñador Joaquín Pertierra para la editorial Penguin.

Cubierta del diseñador Joaquín Pertierra para la editorial Penguin.

Descubro «Pioneros Gráficos» gracias a su creador. Se trata del blog de Emilio Gil (fundador de TAU Diseño) que muestra el trabajo de los pioneros gráficos españoles. El periodo histórico de las imágenes recogidas en el blog se extiende desde 1939 (final de la Guerra Civil española y comienzo de la Segunda Guerra Mundial) hasta 1975 (año de la muerte del General Franco y comienzo de la democracia en España), unos años en los que «no se daban las circunstancias materiales más favorables, ni existían unos mínimos sociales que propiciaran las propuestas de los diseñadores».

No se lo pierdan. Pioneros Gráficos es un escaparate gráfico para conocer, tanto en España como internacionalmente, el trabajo de esta generación de profesionales de la comunicación visual española, y un lugar de referencia del diseño gráfico donde descubrir -entre otros trabajos- curiosos y extraordinarios diseños de cubiertas de libros. Es el caso de diseñadores como Joaquín Pertierra, Manolo Prieto, Diego Lara y otros muchos.

Es verdad que «el hábito no hace al monje» y que, en el caso de los libros, sucede lo mismo: una cubierta no hace, por sí sola, bueno o malo a un libro; pero yo sí soy un convencido de que un buen diseño editorial y de cubierta hace un mejor producto y, por lo tanto, más atractivo para quien lo compra y para quien lo lee.

Por eso me quedo con la definición que de diseñador gráfico hacía Enric Huguet, cartelista y diseñador catalán, en la revista del Colegio de Diseñadores Gráficos de Cataluña:

Un diseñador gráfico es un poeta y un lingüista de las imágenes visuales del mundo. La poesía aporta emoción y calor al mensaje. La lógica del lingüista introduce claridad a través de la correcta articulación del mensaje. En toda obra debe haber emoción, sentimiento y claridad.

Pero el diseño gráfico español no vive solo de su historia, sino que sigue cosechando éxitos. Es el caso de uno de sus diseñadores más importantes, Manuel Estrada, que recibió a principios de año el Premio Good Design 2014 gracias a las cubiertas de La Odisea y La Iliada, de Homero, para Alianza Editorial. El premio fue en la categoría de «Graphics and Packaging» y lo concede el Museo Athenaeum de Arquitectura y Diseño de Chicago desde 1950.

cubiertas de La Odisea y La Iliada, por Manuel Estrada.

Cubiertas de La Odisea y La Iliada, por Manuel Estrada.

 

P.D.- No lo olviden. Pasen y vean: http://pionerosgraficos.com/

El Tour, la piscina y la autopublicación en ABC Cultural

ABC Cultural

Nº 1197. Sábado, 25 de julio de 2015.

Tras ver el Tour en la televisión –la épica etapa de ascensión al Alpe D’Huez- leo el suplemento de ABC Cultural (@ABC_Cultural) en la piscina. Entre chapuzón y chapuzón, en una cadencia que el sol abrasador marca de forma implacable, aprovecho para ver qué hay de interesante. El reportaje de portada sobre el fenómeno de la autopublicación, «La revolución de los ilustres desconocidos», promete, pero una vez que comienzo a leer la expectativa de aprender algo nuevo se desinfla. Lo que hace su autora, Laura Revuelta (@laamigade), redactora jefe del suplemento, es coger el rábano por las hojas. Es decir, extraer  un dato de la encuesta realizada por Kindle que dice que «al 67 por ciento de los españoles les gustaría escribir un libro» (el porcentaje podría ser el mismo o mayor si nos preguntaran si nos gustaría viajar a las islas Seychelles) y, con esa excusa, rellenar tres páginas del último suplemento antes de las vacaciones. Todo lo demás es anécdota y ceder un espacio gratuito a Koro Castellano, directora de Kindle en español, para relatar los casos de éxito de algunos «ilustres desconocidos», como ella los define, que han triunfado en la red: un infórmático, un abogado o una madre. Bueno, y también clasificar en tres las razones que mueven a tanto esfuerzo:

«Hay autores a los que simplemente les importa llegar al mayor número de lectores. Otros buscan ganar dinero y otros quieren que les fiche una editorial al uso».

Sin embargo, lo que más interés tiene, en mi opinión, es la idea que vierte Antonio Fontana (@afontanagallego), coordinador de Libros del mismo suplemento, en el artículo que a modo de faldón acompaña al reportaje: «La literatura no es democrática». Lo explica muy bien en muy pocas líneas:

No, la literatura no es democrática. No, no todo lo que se publica es literatura. Y no, no todos los que publican son escritores, aunque se lo crean, se llamen a sí mismo escritores y vayan presumiendo por ahí (y por aquí). Que quede claro: una cosa es considerarse escritor (o guapo o graciosos o inteligente, ya que estamos); otra muy distinta, serlo.

Y remata Fontana: «El hecho de publicar, pagándoselo uno de su propio bolsillo o no, no es una varita mágica. Con otras palabras: el hecho de publicar tampoco convierte a nadie en escritor».

Otro chapuzón y aún con el cuerpo mojado leo otro artículo. Esta vez una interesante entrevista de Inés Martín Rodrigo (@imartinrodrigo) al escritor argentino César Aira. Y sorprendentemente parece que hubiera leído el reportaje anterior y quisiera meter baza reivindicando su propia manera de escribir:

Publicar se ha vuelto mucho más fácil. Escribir también, a juzgar por la cantidad de gente que escribe y publica. Por eso predico la escritura manuscrita: va más lento, y así se escribe menos, y mejor; da más tiempo para pensar, permite el placer de tachar. Y en lo posible escribir en cafés, donde uno puede levantar la vista, distraerse, darle aire al pensamiento. El que se encierra en un cuarto frente al ordenador puede despachar 20 páginas en media hora, con lo que no hará más que contribuir al anegamiento literario que nos está desalentando tanto.

El calor aprieta de nuevo y tengo que abandonar la silla para zambullirme otra vez. Ya más fresco leo las recomendaciones de lectura para las vacaciones que hacen los redactores, críticos y colaboradores del suplemento para pasar página y encontrarme con el artículo de Juan Gómez Jurado (@JuanGomezJurado): «El “ludita” frente al “e-book”». Gómez Jurado nos explica que luditas son aquellos que se oponen al progreso, y que en nuestros tiempos «el neoludita es un individuo opuesto a la industrialización, automatización, computerización, digitalización o a las nuevas tecnologías». Una bonita introducción para lanzar un dardo envenenado a los editores:

Tenemos la actitud ludita básica de editor, la de no lanzar el libro en e-book al mismo tiempo que el libro en papel, creyendo que la maravillosa obra que acaban de publicar es tan poderosa y atractiva que vencerá por sí misma todas las objeciones de precio, formato e incomodidad, y que como está maravillosamente editada, no habrá lector que se resista a ella –y evitará que Jeff Bezos se haga más rico en el proceso.

Claramente Gómez Jurado no es un neoludita sino todo lo contrario, es el gran adalid de las nuevas tecnologías y el e-book. Y yo me pregunto: ¿Por qué no le pide a los bodegueros que además de embotellar un buen vino en botella de cristal lo hagan al mismo tiempo en una de plástico?

En fin, saquen ustedes sus propias conclusiones sobre las oportunidades de la autopublicación y las nuevas tecnologías en el mundo editorial. Créanme al menos si les digo que el ciclismo, el sol, el baño y la lectura fueron una magnífica combinación para disfrutar de una calurosa tarde de verano en Madrid. Lo que no sé es que haré ahora para entretener otras muchas tardes hasta que regresen el ciclismo con la Vuelta a España y las páginas de cultura del suplemento de ABC. Siempre me quedará la piscina…

P.D.- Por cierto, que no se me olvide confesar -ahora que como dice Aira, escribir y publicar es mucho más fácil- que yo también me he autopublicado: «Apóstoles intrépidos». Aunque no tengo ninguna duda de que lo que dice Fontana es rigurosamente cierto, que no todos los que publicamos somos escritores.

Y felices vacaciones.