El inmenso tapiz de «Un viaje a la India»

© La Palabra Infinita

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Un viaje a la India (Seix Barral, 2014) es el largo poema que ha escrito un profesor de Teoría de la Ciencia en la Universidad de Lisboa (y novelista), llamado Gonçalo M. Tavares (Luanda, Angola 1970). Decir que es un extenso poema no es retórico pues el libro está dividido en diez Cantos, cada uno de ellos compuesto por alrededor de un centenar de poemas numerados.

Permítame que me presente: me llamo Bloom.
Busco una mujer o algo que me haga dejar
de buscarla. No sé si me entiende.
Busco la sabiduría, en definitiva. Y llegar a la India.

¿Novela en verso? ¿Poema novelado? No sé cómo se puede definir lo que escribe Tavares -siempre la necesidad de etiquetar el producto-, sin duda una forma de literatura desacostumbrada pero literatura al fin y al cabo: «Mucho más que contar una historia. Es algo que tiene que dejar un eco en el lector, un rumor que le acompañe».

Y lo consigue con creces. Una vez pasada la sorpresa inicial y acostumbrado el nódulo lector a la singular estructura del libro, la narrativa fluye sin problemas. El viaje de Bloom a la India -«el único país donde el agua embriaga más que el vino y seduce tanto como las mujeres jóvenes»- es la excusa que le sirve a Gonçalo M. Tavares para mostrar su virtuosismo y amor por el lenguaje. La historia parece quedar en un segundo plano porque lo importante de la historia que teje el autor son los hilos coloridos y trenzados que dan forma a este inmenso tapiz: «Invulnerables a la muerte sólo son los muertos y, temporalmente, los que aman». «La mayor invención de los hombres es, de lejos, el beso». «Siempre hay que huir solo, es lo que enseguida aprende un hombre al que le gustan los libros».

No sé si como un día dijo el portugués José Saramago, Tavares ganará algún día el Premio Nobel que él ya consiguió, porque «no tiene derecho a escribir tan bien con sólo treinta y cinco años. Dan ganas de pegarle». Sin tanta violencia puedo reconocer, al menos, que ha sido una sorpresa para mí descubrir a un escritor que ha conseguido que el rumor de su literatura se instale en mi cabeza.

La vida es un objeto rudimentario, tosco,
deforme, y los hombres nunca
han sabido como asirla.
Ni siquiera han comprendido aún cuál es la parte superior
de ese extraño objeto.
Justo acabas de echarle mano a la vida, cuando la vida ya ha echado fuertemente mano de ti.

Canto IV, 50.

P.D.- Compré Un viaje a la India en La puerta de Tannhäuser, la sorprendente librería-café de Plasencia (Cáceres) que desde 2011 regentan sus promotores, Álvaro y Cristina // La traducción del portugués es de Rosa Martínez-Alfaro // Gonçalo M. Tavares recibió en Francia el premio al mejor libro extranjero publicado en aquel país en 2010, por su obra Aprender a rezar en la era de la técnica.

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Los jefes y Los cachorros

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Reconozco que siento cierta predilección por Vargas Llosa, como escritor desde luego pero también como persona, y sobre esto último no estrictamente por sus ideas o posiciones políticas -muchas veces lo único que sirve para engrandecer o denostar a un escritor-, sino porque me parece una figura muy singular: una persona normal, cercana y muy afable; que vive de, por y para la literatura. Un auténtico artesano en su oficio y, al mismo tiempo, un caballero de las letras (de vez en cuando me gusta volver a su discurso de aceptación del Premio Nobel de 2010: Elogio de la lectura y la ficción). Un autor consagrado y de muchos registros del que, sin embargo, siempre hay algo que aprender o algo que te puede sorprender.

Un ejercicio que me gusta mucho es leer las primeras obras de este tipo de autores, los textos de cuando no eran nadie, de cuando nadie había escuchado hablar de ellos, de cuando también a ellos les era difícil publicar. Lo he hecho con Saramago -leyendo Claraboya– y quería hacer lo mismo con Vargas Llosa leyendo «Los jefes», su primer libro de relatos publicado en 1957, cuando aun la fama de La ciudad y los perros o La casa verde no le había llegado.

Y lo he leído en un volumen de la Biblioteca Vargas Llosa (Alfaguara) donde aparece junto a otro relato o novela corta, «Los cachorros», publicado diez años después. En ambos casos, son relatos que nos hablan de adolescentes que descubren el mundo y se lo quieren comer. De amigos del colegio o del barrio que forman bandas o pandillas y que se reúnen a beber y a pavonearse entre ellos o delante de las chicas. Historias urbanas de juventud que suceden – a mediados del siglo pasado- en Lima, en los lugares transitados muchas veces por Vargas Llosa en su literatura: el parque Central de Miraflores, San Isidro, el parque Salazar, la avenida Pardo, la Plaza San Martín, La Herradura, o el Malecón de Chorrillos y la playa.

Todas son piezas sobresalientes pero en Los jefes marqué como especiales El hermano menor o Día domingo.

La pequeña playa hervía de animación desde la mañana hasta el crepúsculo. Ahora el agua ocupaba el declive y no había sombrillas de colores vivísimos, ni muchachas elásticas de cuerpos tostados, no resonaban los cuerpos melodramáticos de los niños y las mujeres cuando una ola conseguía salpicarlos antes de regresar arrastrando rumorosas piedras y guijarros, no se veía ni un hilo de playa, …

Los cachorros es un relato delicioso que tiene por protagonista al joven Cuéllar, apodado Pichulita después de un desgraciado percance, que disfruté tanto por sus peripecias como por las resonancias de ese otro español tan español como es el nuestro:

Que se escogiera una hembrita y le cayera, le decíamos, te haremos el bajo, lo ayudaríamos y nuestras enamoradas también.

Espiando a la disimulada a las parejas que tiraban plan.

Así serían cinco parejas y saldrían a la patota todo el tiempo.

Tardamos una semana en hacerlos amistar.

En el Malecón de Chorrillos un cachaco los paró, íbamos a más de cien…

Ceniceros repletos de puchos

Cholitos que te lustran los zapatos en la plaza San Martín.

A partir de estos relatos, escritos por aquel joven futuro Premio Nobel, Vargas Llosa no ha dejado de demostrar su amor por la literatura.

«Claraboya», la primera-última novela de Saramago

Otra vez un avión ha servido como la mejor sala de lectura posible para leer, en esta ocasión, la primera y a la vez novela póstuma de José Saramago. Escrita hace 50 años, el después Premio Nobel de Literatura envió el manuscrito de «Claraboya» cuando tenía 31 años. Nunca recibió contestación hasta que en 1999 la editorial encontró el manuscrito: “Para la editorial sería un honor publicar el manuscrito encontrado en una mudanza de las instalaciones”, pero Saramago no permitió su publicación mientras él viviera.
Quise leer «Claraboya» (Alfaguara, 2011) -“libro escrito en las horas nocturnas tras jornadas de trabajo en empleos que no eran fáciles”– porque nunca había leído a Saramago (otro escritor en la Lista de Autores Desconocidos) y porque me pareció un fantástica oportunidad comenzar precisamente por su primera novela de juventud, escrita cuando su nombre no significaba nada e intentaba dar sus primeros pasos como escritor.
El resultado me ha parecido inmejorable y me ha hecho pensar precisamente en las razones de la editorial para no publicarlo y, aún más, en la madurez, por algunos de los temas que aborda, de aquel joven de treinta años. “Claraboya es una novela de personajes -dice Pilar del Río, su viuda, en el prólogo-. Se sitúa en Lisboa, en los años cuarenta, cuando la Segunda Guerra ha terminado, no la dictadura salazarista, que aparece como una sombra o un silencio que todo lo envuelve”, aunque no es en absoluto una novela política.
Sin duda es una novela de personajes, los vecinos de una misma casa, a quienes podemos observar a través del microscopio de su mirada y conocer sus deseos y miserias. No en balde Saramago hace toda una declaración de intenciones cuando comienza la novela -que dedica a la memoria de su abuelo- con una cita de Raul Brandâo:
«En toda las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido».
Recordaré ese vuelo y recordaré esta novela con un buen sabor de boca, el que deja la buena literatura y la pasión por escribir de un escritor novel que llegaría a ser, con el paso de los años, premio Nobel.

Algunas frases que subrayé mientras leía:

– «El viejo reloj de la sala, que Justina heredó a la muerte de los padres, tocó nueve campanadas gangosas, tras un trajín de maquinaria cansada».
– «Luchaban, sin desfallecimiento, uno y otro, el sonido contra la obstinación de la desesperanza y la certeza de la muerte, el silencio contra el desdén de la eternidad».
– «El tiempo se deslizaba, incesante, con ese rumor sedoso que tiene la arena que cae de una esfera».
– «Lo que cada uno de nosotros tenga que ser en la vida, no lo será por las palabras que oye ni por los consejos que admite. Tendremos que recibir en la propia carne la cicatriz que nos transforma en verdaderos hombres».
– «¿Para esto vivimos? ¿Para hacer hijos y lanzarlos a la batalla? ¿Para construir ciudades y arrasarlas? ¿Para desear la paz y tener la guerra?»
P.D.- En el avión -además de Claraboya- también viajaron conmigo las novelas de otras dos mujeres: «Nadie me verá llorar», de Cristina Rivera Garza, y «El verano sin hombres», de Siri Hustvedt.