La novela que leía el asesino de John Lennon

J. D. Salinger (Nueva York, 1919-Cornish, New Hampshire, 2010), en una imagen de 1952. / GETTY IMAGES / SAN DIEGO HISTORICAL SOCIETY

J. D. Salinger (Nueva York, 1919 – Cornish, New Hampshire, 2010), en una imagen de 1952. / Getty Images / San Diego Historical Society

No lo sabía, me enteré ayer. No sabía que el asesino de John Lennon, Mark David Chapman, cuando fue detenido tenía entre sus manos El guardián entre el centeno, la novela del invisible J.D. Salinger. Y reconozco que me impresionó: «No todos los escritores tienen la suerte de que un asesino, que acaba de cometer un crimen histórico, esté leyendo tu mejor novela en el momento de ser detenido».

Mark David Chapman disparó cinco balas de punta hueca por la espalda a John Lennon, después de pedirle un autógrafo, en el vestíbulo del edificio Dakota de NY, el 8 de diciembre de 1980 y una vez vaciado el cargador del revólver 38 especial se sienta tranquilamente en un bordillo de la acera a leer El guardián entre el centeno, esperando a que llegue la policía y en su descargo confiesa que él no había hecho otra cosa que acomodar su vida a la de Holden Caulfield, protagonista de la novela. “Esta es mi confesión”, exclamó Chapman exhibiendo el libro, mientras era esposado.

Lo cuenta otro escritor, Manuel Vicent, en un magnífico artículo publicado en El País en 2011: J.D. Salinger: cómo se engendra un monstruo, que recomiendo leer vivamente. Conocí a Manuel Vicent hace pocos años en el Instituto Cervantes de Nueva York donde mientras conversábamos con una copa de cava en la mano me dijo aquello de «coge cien folios y un bolígrafo». Entonces yo vivía en esa ciudad, a solo tres calles de donde el mostruo jugaba a ser Holden Caulfield. Y yo no lo sabía.

La mañana del crimen el asesino había visitado el lago de Central Park, que estaba helado, y como Holden Caulfield, se había preguntado adónde habrían ido a parar los patos.

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Lectura de amor y cólera en Nueva York

Portada de Arnoldo Mondadori Editori
Después de un Gabo enlacé con otro Gabo, así es como llegó el turno de leer «El amor en los tiempos del cólera» en una primera edición de Bruguera (Diciembre, 1985) de su colección Narradores de Hoy que, tengo que confesar, no sé de dónde salió.
“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”, así comienza la novela que “refiere la epopeya sentimental de un amante repudiado que en el curso de su larga vida, desde el furioso incendio juvenil hasta las brasas crepusculares de la vejez, ha mantenido una infidelidad inquebrantable a la antigua novia”. Así, de forma tan dramática, se resume en la solapa interior lo que uno encuentra en este libro de García Márquez. Y si a alguien le mueven a la curiosidad esas lineas lo mejor que puede hacer -yo lo recomiendo- es dejarse conmover por esta historia de amor en los tiempos del cólera. Hay muchas novedades en las librerías pero uno nunca se equivoca si prefiere dejarse seducir por el Nobel colombiano.

Algunas frases que subrayé mientras leía:

– “La miró de frente con los cinco sentidos para fijarla en su memoria como era en aquel instante: parecía un ídolo fluvial, impávida dentro del vestido negro, con los ojos de culebra y la rosa en la oreja”.
– “… y tan cerca de ella que percibió las grietas de su respiración y el hálito floral con que había de identificarla por el resto de su vida”.
– “Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos…”.
– Había una casa abajo, junto al estruendo de las olas desbaratándose contra los cantiles, donde el amor era más intenso porque tenía algo de naufragio”.
– “… y sólo entonces descubrió que se le estaba pasando la vida. Lo estremeció un escalofrío de las vísceras que lo dejó sin luz…”.
– “Sentía que el tiempo de la vejez no era un torrente horizontal, sino una cisterna desfondada por donde desaguaba la memoria”.
P.D.- «El amor en los tiempos del cólera» ha sido mi última lectura en los años que he vivido en Nueva York. Terminé de leer la novela recostado en una farola de la calle 77 -buscando la luz que una noche del mes de junio me robaba-, en la esquina con Columbus Avenue, sorteando inmóvil a los transeúntes del paso de cebra y al lado de la bulliciosa terraza de Isabella’s.

Apuntes IV (11 de Septiembre, 9/11)

11 de Septiembre (nine-eleven dicen los americanos). Esa es la fecha cuya sola mención es sinónimo del asombro -en seguida tornado en estupefaccón-, que todos sentimos mientras veíamos aquellas imágenes que no hemos olvidado 10 años después. La televisión nos sirvió en directo todo el horror que el ser humano es capaz de emplear contra otros seres humanos. Así lo vi yo -tras el escaparate y sin sonido-, en la pantalla plana y de alta definición de una tienda de Bang & Olufsen en Madrid.
De la estupefacción pasé a sentir una enorme tristeza; también a la pregunta de por qué y para qué servía todo aquello. Y aún no he encontrado esas respuestas. Aquel día jamás imaginé que unos años después viviría en esa ciudad gris de cenizas y dolor que veía por la televisión.
Hoy, en Nueva York, no quise ver la televisión sino salir a la calle. Acercarme al lugar de la tragedia con un cuaderno en la mano. Estas son, tal cual, las notas apresuradas que escribí:
«11 de septiembre, 2011. 10 A.M. La ciudad -quizá son cosas mías- está más en silencio que de costumbre, como si nadie quisiera romper el dolor del recuerdo. En el vagón del metro entran dos policías jóvenes en la estación de Times Square: uno de ellos es negro y en su placa plateada como de Sheriff leo su nombre: Reyes. Enfrente de mí una chica lee Animal Farm, de George Orwell y sentado a mí izquierda un hombre lee un diario chino donde aparece un titular imcomprensible sobre una fotografía de Rafa Nadal que juega estos días el US Open en Nueva York. Los dos policias también hablan de tenis. La próxima estación es Chamber St. A mi derecha una pareja de turistas jóvenes despliega un plano del metro. El silencio en el vagón sólo se rompe por los chirridos en la vía y el murmullo de voces que sale de la radio walkie-talkie del policía Reyes. Las calles que dan acceso a la Zona Cero están ya cortadas en Chamber St., y sólo se permite el acceso a los familiares de las víctimas. Me doy cuenta de que no hay nada que ver. Como yo, la gente merodea haciendo fotografías aquí y allá. Quizá todos esperemos ver o sentir algo que en realidad no sabemos lo que es, yo no lo sé. Se ven muchos policías uniformados de azul, cámaras y reporteros con su identificativo (PRESS) colgando del cuello. Hay quien vende banderas americanas (one dollar!) o quien te entrega diferentes estampas. Hasta un perturbado (?) muestra un cartel donde se lee “Fart Smeller Movement”, junto a unas fotografías de bastante mal gusto. Es un día gris aunque corre una brisa fresca. Donde estoy, cerca de la entrada de la iglesia de Saint Peter -donde se dio consuelo a las víctimas y descansaban bomberos y voluntarios en los primeros momentos de la tragedia- hay un grupo que grita pidiendo la verdad sobre lo que sucedió aquel día. Y justicia: “Ten years, no justices”, repiten a coro. Un hombre mayor recita imperturbable su propio speech rodeado por cámaras y micrófonos, mientras otro a su lado le increpa diciendo que la respuesta sólo la tiene Jesús, el Señor: ¡Jesus, Jesus -repite vehemente-, our Lord! Policías que hacen fotografías a otros policías. Aunque Church St. también está cortada al tráfico, al fondo se puede ver una pantalla gigante donde se escucha el recitar de los nombres de los fallecidos. Tengo la sensación de asistir en peregrinación a un lugar golpeado 10 años atrás. Escucho a un hombre voceando “American flags, American flags…”. Otros reparten folletos religiosos. No hay nada que ver, no hay nada que hacer. Me marcho. Cojo el metro en Chamber St. -la línea 3 Express- hasta 72nd St. 12:00 A.M.»
La vida continúa, no se detiene. 
P.D.- La ilustración, magnífica, del número especial de la revista The New Yorker es obra de la española Ana Juan.

Llámame Brooklyn

Otra vez la butaca de un avión (vuelo Delta 279 Nueva York – Las Vegas) me sirvió para comenzar la lectura de un libro, en esta ocasión “Llámame Brooklyn” (Ediciones Destino, 2006), la novela de Eduardo Lago -actual director del Instituto Cervantes de Nueva York-, ganadora del Premio Nadal en 2006.

Volábamos hacia la noche robándole la luz al día cada vez más deprisa.

Una obra bien tejida con Nueva York de nuevo como fondo (tras ‘Invisible’), con paisajes reconocibles, y unos personajes grises y marginales que transitan a lo largo de los años en torno al Oakland, un bar de marineros en Brooklyn que sirve de epicentro de la narración, con la historia de unos papeles (¡un cementerio de manuscritos!) a la espera de ser interpretados y reescritos como eje de la misma. En ciertos momentos se hace complicado seguir el hilo narrativo por la cantidad de personajes, tiempos e historias que se entrecruzan sin cesar.

En la entrada anterior de este mismo blog reflejaba el esfuerzo de un escritor (David Remnick) al levantarse a las 5:30 de la madrugada para escribir. En esta ocasión, el periodista que escribe la novela sobre los manuscritos encontrados lo hacía incluso antes: “Me levantaba a las cuatro y media de la madrugada, a fin de poder escribir un par de horas largas antes de irme a la redacción, y continuaba al final del día, como si la jornada de trabajo hubiera sido un paréntesis innecesario. Y seguía así durante los fines de semana y los días libres”.

Quien dejó las papeles dice también en un momento: “La verdad es que no tenía ni la más remota idea de lo que quería hacer con mi vida, pero el día de la ceremonia de graduación, cuando mi abuelo me preguntó si sabía qué quería hacer el resto de mi vida, le contesté resueltamente que quería ser escritor. No sé qué demonios me impulsó a darle aquella respuesta. Lo hice sin pensarlo, pero cuando aquella misma noche lo medité a fondo, me di cuenta de que le había dicho la verdad”.

También subrayé algunas otras frases:

– “Alcanzamos los límites de la ciudad cuando la mancha jabonosa del sol empezaba a despuntar por detrás de una hilera de casas bajas”.

– “Cuando la imagen se disolvió sentí un relámpago de deseo”.

– “Gracias a ti puedo decir que soy escritor. Antes de esto, siempre sentí que me quedaba grande la palabra”.

Eduardo Arranz-Bravo

Nunca pensé que llegaría a celebrar el Día de los Veteranos en Nueva York (celebrar significa no ir a trabajar), pero mucho menos que aprovechando la fiesta para visitar alguna galería de arte en el Soho, entraría en una (Franklin Bowles Galleries) donde precisamente se expone la obra de un pintor español: Eduardo Arranz-Bravo (“Life is not so bad”).

A mi pregunta de dónde era el pintor, el encargado de la galería (que se aprestó a mostrarme la lista de precios e introducirme en su obra), me contestó que de Cataluña. Ingenuamente le contesté que yo también era español pero que -lo dije con algo de vergüenza por mi ignorancia- nunca había oído hablar de él.

Como se puede leer en el catálogo: “Like all the Catallan masters who preceed him -Dalí, Picasso, Miró, Gaudí, Tàpies- the talent of Arranz-Bravo combines technical virtuosity and hard work with an irrepressible passion for change and innovation”.

The Seagull

Otra vez Chéjov, pero esta vez Nueva York (Walter Kerr Theater) y una actriz deslumbrante como Kristin Scott Thomas, para la representación de “The Seagull” (La Gaviota). Es cierto que ver una obra en otra lengua que no dominas es un inconveniente importante pero aún así fueron dos horas inolvidables. Un escenario escueto pero repleto de vida y una estrella brillando en el papel de Irina Arkadina, Kristin Scott Thomas. Me declaro admirador suyo desde que la vi en “El paciente inglés”, y verla en directo, esuchar su voz y saborear su actuación, ha sido un regalo impagable.

Muchas ciudades

Acabé ‘Nueva York, el deseo y la quimera’ con la sensación de que Nueva York sea una ciudad inabarcable, pero también con la convicción –y nunca he pisado sus calles- de que hay tantos Nueva York como visitantes o personas que viven allí. Y que tiene un imán que la hace deseable para vivir.

Alfonso Armada, que hace un esfuerzo sobrehumano por escribir este libro –“a medida que escribo siento el deseo de dejarlo todo y salir a la calle”– escribe que “aunque es una ciudad simbólica sobre la que se proyectan sueños y deseos acaso como en ninguna otra, está habitada, es real, y de su realidad parte también su capacidad emblemática, para convertirse en ciudad que otros han convertido en algo distinto de lo que en realidad es, aunque lo difícil sea descubrir qué es exactamente, en qué medida atiende a toda la serie de descripciones que se han hecho de ella, en qué medida son ajustados o ciertos los epítetos, y esa casi certeza de que es, más que una ciudad, muchas ciudades, todos los lugares y al mismo tiempo ningún lugar, capital y periferia”.

En otro momento del libro escribe también que “si Nueva York es hiperfamosa (ciudad/país de superlativos, que pierden gas o cobran fundamento en cuanto son lanzados al campo semántico de la realidad) y todo el mundo parece querer estar aquí: todo el mundo que sueña con sacar la cabeza por encima del resto del mundo y muchos que simplemente quieren sacar la cabeza del fango para respirar. Otra de sus falsas premisas que puede resultar cierta: inocula una adicción. Pero compartir ese sentimiento se ha vuelto un objetivo demasiado costoso. No hay por qué compartir ese sentimiento, sentir lo mismo”.