Un alto en Butcher’s Crossing en espera de «Stoner»

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Il Tavolo Verde. Foto: © D.R.

Nos vimos hace ya algún tiempo (ella un té, yo un café) en Il Tavolo Verde, un refugio muy cerca de la Puerta de Alcalá, en Madrid, donde al entrar uno se traslada a otro mundo y cambia fácilmente de humor. Astrid vive en Berlín, pero siempre tiene un pie puesto en Barcelona, donde nació. Cuando su trabajo la lleva a Madrid, al terminar su jornada y antes de partir de nuevo en el AVE hacia la Ciudad Condal, nos vemos para ponernos al día de nuestros proyectos, los que salen y los que no. Pero también para hablar de libros y lecturas, de lo que yo escribo en este cuaderno digital (ella escribe un blog sobre gestión y diversidad cultural). Astrid me pregunta qué leo o qué he leído (recuerdo que le hablé de «Un hombre enamorado», de Karl Ove Knausgård) porque en cuestión de libros y también de otras cosas, dice, «tenemos gustos parecidos». Esta vez fue ella quien me reveló su último descubrimiento: «Stoner», la novela de John Williams que estaba leyendo en ese momento –en inglés– me dijo, para no perder ningún matiz del lenguaje. Me habló del libro con verdadera emoción, como de algo fuera de lo común y un valor incalculable.

Ustedes ya conocerían a John Williams y su Stoner, pero yo entonces no había oído hablar de él –mi ignorancia es amplia en muchos sentidos–, un escritor estadounidense que murió en 1994 a los 72 años de edad.  Ahora sé que es su novela más aclamada, aunque permaneciera prácticamente desconocida durante décadas después de publicarse en 1965: una obra maestra ignorada, como la calificó Enrique Vilá-Matas hace algunos años. Si él se sorprendió entonces, también entiendo la sorpresa más reciente de Astrid.

Prometí a Astrid leer Stoner, pero todavía no he cumplido mi palabra. Fui a mi librería virtual por suscripción (Nubico) pero allí no estaba. Me encontré sin embargo con otra de sus novelas, «Butcher’s Crossing», escrita en 1960. Y me dije ¿por qué no?  Reconozco que siento una especial predilección por aquellos textos que de alguna forma han quedado ensombrecidos por el brillo que la fama ha otorgado a alguno de sus hermanos, una cierta pena que me mueve a leerlos y, de alguna manera, volverles a dotar del sentido para el que fueron creados. Y eso fue lo que hice con Butcher’s Crossing:

Butcher's CrossingCorren los años setenta del siglo XIX y el joven Will Andrews, recién graduado en la universidad de Harvard, decide dejar todo lo que una gran ciudad puede ofrecerle y emprender un viaje hacia el Oeste, donde espera encontrar un lazo de unión con la naturaleza. Ya de camino, Will recala en un pequeño pueblo de Kansas llamado Butcher’s Crossing, donde la única diversión es tomar copas con hombres que parecen haber perdido ya muchas batallas y acariciar mujeres cansadas de tanto traficar con el placer.

Un pueblo polvoriento, las rodaduras de un carromato en el camino, las praderas de bisontes, el cruce del río, la nieve y el frío de las montañas, tipos duros en el bar… Nunca hubiera creído que una «novela del Oeste» me cautivara en la forma en que lo hizo Butcher’s Crossing. Precisamente porque no es solo una típica novela de vaqueros. Toda una sorpresa, todo un descubrimiento.

Querida Astrid,

Hace algunos meses que me hablaste de Stoner. Fui a buscarlo pero hice un alto en el camino para visitar Butcher’s Crossing, ya sabes, un pequeño pueblo perdido de Kansas. Stoner sigue en mi horizonte, como un destino que, aunque lejano, uno sabe que algún día llegará porque en realidad nos está esperando. Dame tiempo y, si vuelves por Madrid, hablaremos de las novelas de John Williams y de nuestros últimos proyectos.

 

La tierra de David Vann

DAVID-VANN_by Marta Fernández

David Vann en una fografía de Marta Fernández.

David Vann (Alaska, 1966) es un escritor que no es cualquier escritor, y que escribe novelas que no son cualquier novela. Esto, que puede parecer una simpleza, es una forma de expresar que David Vann tiene algo que le hace especial. Fundamentalmente dos cosas: los temas que trata y, lo más importante, cómo escribe.

Tierra_David Vann

Literatura Mondadori. 2013.

Desde que hace ya cinco años (¡dios mío!) leyera Sukwan Island, donde el autor afronta el suicidio de su padre, tenía ganas de volver a él. Y lo he hecho con «Tierra» (Literatura Mondadori, 2013), una novela que cambia de paisaje –de la fría Alaska a la calurosa California— y de registro –de dos personajes, padre e hijo–, a una relación familiar también pero de más miembros. Son Galen, el protagonista, y su madre; su prima Jennifer y su tía Helen, además de la abuela. La oscura relación entre ellos, el paisaje –la tierra—, el calor, la violencia, el primer amor y la pérdida de la virginidad son los elementos que David Vann maneja a la perfección para provocar en el lector una mezcla de atracción y rechazo, una atmósfera opresiva que, en mi opinión, define muy bien su estilo y el atractivo de la novela.

Galen se detuvo y sintió su conexión con el suelo, se quitó las botas y los calcetines, concentrado en sentirse más liviano. Dejar que la energía de la tierra le subiera a través de las plantas de los pies. Echó a andar otra vez pero intentando que todo fuera improvisado, que sus movimientos fueran auténticos, trató de caminar con suavidad sin pensar en que caminaba con suavidad. Estaba empezando a aprender lo que era el Movimiento Auténtico, no lo dominaba aún.

Galen, que lee Siddhartha y El profeta, de Kahil Gibran, es el joven que desea ir a la universidad y salir del mundo opresivo en el que su madre ha convertido su existencia: «su madre había hecho de él, su propio hijo, una especie de esposo». Y es su prima Jennifer –que le considera un indeseable— quien sin embargo le hace trascender ese estrecho mundo para conocer sin preámbulos la primera forma del amor:

Todo cuanto había leído en Hustler, Playboy y Penthouse se hacía realidad. El clítoris estaba allí donde decían, nudoso y altivo, como una erección en miniatura…

Como único contrapunto al desamparo del joven protagonista, Vann se atreve a trenzar varias escenas de un erotismo absolutamente perturbador y descarnado que, si siempre suponen un desafío para cualquier escritor, él sabe resolver con mucha destreza para integrarlas en la novela sin que sean simplemente un reclamo fácil para el lector.

La novela posee una tremenda intensidad y belleza en los dos primeros tercios del libro, los que corresponden a la introducción y el nudo –donde Vann lo borda–, mientras que una vez alcanzado el punto álgido, como si hubiera quedado exhausto después de derrochar tanto talento, el desenlace fuera innecesario. Un final mal resuelto que se le puede perdonar porque, como decía al principio, David Vann no es cualquier escritor. Tiene un don, una mirada especial que posa sobre todos sus personajes y los convierte en seres irrepetibles.

Dice Manuel de la Fuente, de ABC (y lo subraya la propia editorial en la contraportada), que «Como Melville, Faulkner y McCarthy, Vann ya es un grande de la literatura americana de hoy». No sé si será cierto, pero da igual. Créanme a mí al menos. Lean a David Vann, no se arrepentirán. Yo seguiré haciéndolo aunque pasen, otra vez, algunos años.

Y no se pierdan la interesante entrevista de Inés Martín Rodrigo (ABC) con el autor: «No busco escribir la gran novela americana».

P.D.- Leí Tierra en la versión e-book de Nubico.

UN PERRO, de Alejandro Palomas

UN PERRO, novela de Alejandro Palomas from La Palabra Infinita on Vimeo.

[Disculpad la calidad del audio. Mejorará en próximas ediciones].

 

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Un perro no es solo el retrato del fascinante vínculo entre un hombre y su perro, sino también un remolino de emociones en el que confluyen una mirada tierna y cruda al universo familiar y un homenaje al amor en todas sus manifestaciones.[Ediciones Destino]

Nada se opone a la noche

Nada se opone a la noche

El 13 de noviembre se celebró en España, por quinto año consecutivo y bajo el lema «Leer es viajar», el Día de las Librerías que impulsa la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). En 2014 el reclamo fue aún más incisivo: «¿Cómo va a sobrevivir la ignorancia si está rodeada de libros?». En cualquier caso, razones -además de un descuento del 5%- para acercarse a la librería, comprar un libro y cumplir dos objetivos: el fomento de la lectura y proteger un negocio en vías de extinción. Por cierto que respecto a las iniciativas para el fomento de la lectura, resulta muy ilustrativo lo que decía recientemente Fernando Savater (San Sebastián, 1947) en una entrevista en The Cult:

Las pasiones no se pueden enseñar. El verbo leer no soporta el imperativo. No se puede decir a nadie “Lee”, porque eso es contraproducente. Las pasiones se contagian. La pasión de la lectura también se contagia.

Pero me he desviado del tema, no era de esto de lo que quería hablar. Solo era un preámbulo para contar que con las ganas de aportar mi granito de arena fui ese día a mi librería de referencia –Librería Benedetti– a comprar mi ejemplar, casi como si se tratara de apadrinar a un pobre animal abandonado. No tenía claro el título que quería; por eso tiré de teléfono móvil (smartphone), abrí la aplicación de Notas/Libros y repasé la lista de deseos que de vez en cuando anoto para no fiarlo todo a la memoria. Y allí estaba un libro publicado hace ya algunos años pero que, paciente, esperaba su momento. Lo busqué y se lo mostré a Óscar, mi librero de referencia. Sonrió y dijo: «Muy bueno». Lo hubiera comprado de igual forma pero su afirmación fue confirmación para mí y la garantía de que me llevaba una buena pieza: «Nada se opone a la noche» (Anagrama, 2012), de la escritora francesa Delphine de Vigan (1966). Una novela que como dijo Marcos Ordoñez en su blog en El País, «ha sido un éxito de público y de crítica porque tiene corazón y tiene tono, mirada». Y añade:

El equilibrio de este libro es portentoso. Y el talento narrativo de su autora, y su honestidad: un verdadero triunfo del tono. Debería enseñarse en los talleres de escritura. Serviría de modelo e inspiración para quienes intentan abordar dolorosas historias familiares sin autocompasión, sin delectación mórbida, y convertirlas en relato, en gran relato.

Por eso me recordó tanto a «También esto pasará», de Milena Busquets. Al igual que la novela de la hija de Esther Tusquets, Delphine de Vigan «convierte una historia durísima en un relato al que apetece volver cada día». Pero yo me quedo con esta última, no tengo ninguna duda, y con su ejercicio de autenticidad. La propia de Vigan lo explica en la novela:

Incapaz de alejarme por completo de la realidad, produzco una ficción involuntaria, busco el ángulo que me permita acercarme más, más cerca, cada vez más cerca, busco un espacio que no sea ni la verdad ni la fábula, sino los dos a la vez.

Lo confieso: también compré el libro porque me sedujo la fotografía de la cubierta. Es en realidad la fotografía de una bellísima mujer, Lucile, la madre de la escritora, que murió a los sesenta y un años. Y así es cómo la describe en las últimas páginas:

Lucile aparece de perfil, lleva un jersey de cuello vuelto negro, sostiene un cigarrillo en la mano izquierda, parece mirar a algo o a alguien, pero probablemente no mira nada, su sonrisa es de una oscura dulzura.

Terminé de leer la novela el 26 de noviembre, otro día emblemático, el Día de Acción de Gracias. Después de vivir varios años en Nueva York, en casa nos gusta celebrar esta tradición americana cocinando un gran pavo. Esa misma noche terminé de leer Nada se opone a la noche. Di las gracias por el pavo y por la novela. Literatura en estado puro.

 

Para saber más:

De Vigan descubre sus fantasmas familiares, en LA VANGUARDIA.

Todo sobre mi madre, en PÁGINA 12 (Radar Libros).

«La buena reputación», y los líos de familia

La buena reputación

Una de las medidas que se me ocurren para determinar el éxito de una novela, no ya en términos de ventas sino de satisfacción para su lector, es la perdurabilidad de su recuerdo.

Por supuesto, un recuerdo placentero que nos haga añorar los buenos ratos pasados e, incluso, a sus personajes, cuyo espectro suele acompañarnos durante algún tiempo después de cerrar el libro. Pues esto mismo, que a muchos de ustedes ya les habrá sucedido en alguna ocasión, es lo que me ha ocurrido a mí después de leer «La buena reputación» (Seix Barral. Barcelona, 2014), de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960).

Claro que en este caso el resultado jugaba con ventaja pues la novela mereció recientemente el Premio Nacional de Narrativa 2015, obra que el jurado definió como:

Un retrato del mundo judeo-español en Melilla en la época del Protectorado y el complejo desarrollo de una red de relaciones familiares en el marco de un relato extenso muy fiel a la tradición novelesca.

Es cierto que algunos premios literarios han dejado de ser garantía de calidad literaria pero no así el Nacional de Narrativa, del que me fío desde hace ya muchos años, cuando en 1990 me llevó a leer Juegos de la edad tardía, la magnífica novela de Luis Landero que también obtuvo el Premio de la Crítica ese mismo año.

Nunca antes había leído a Martínez de Pisón, y mi intención era comenzar por su más conocida Carreteras secundarias (1996). Pero descubrir que su última novela premiada también estaba disponible en Nubico, y que precisamente venía de leer otro de los premios importantes del año, el Nadal –otorgado a Cabaret Biarritz-, me hizo cambiar de opinión.

La buena reputación es una larga novela de familia que –entre los años cincuenta y los años ochenta del siglo pasado-, y en tres escenarios –las ciudades de Melilla, Málaga y Zaragoza- nos presenta las vidas y las complejas relaciones de cinco de sus miembros mientras como telón de fondo transcurre la historia de aquellos años en los que España se incorporaba a la modernidad. Así se manifestaba el autor respecto a la familia como tema:

Me gustan mucho los temas atemporales y universales, los grandes temas, y la familia es uno de ellos. La Biblia y la tragedia griega están llenas de historias de familia. Imagino que dentro de tres mil años, si sigue habiendo escritores, hablarán de conflictos entre padres e hijos y maridos y mujeres.

Es a través de sus cinco protagonistas entre los abuelos, una madre y los dos nietos, como Martínez de Pisón divide la narración en otras tantas novelas hasta completar un pentágono de lados y ángulos perfectos. Es, esencialmente, una novela de personajes (Samuel, Mercedes, Miriam, Elías y Daniel) completamente de carne y hueso, a los que al final añoramos porque durante algunos días se han convertido en parte de nuestra propia familia. Ese es el mérito del autor, situarnos en el centro y hacernos testigos directos de sus vicisitudes y miserias, recordándonos cuan fuertes son los lazos de sangre y que no hay familia que se libre de estas por más que en la superficie todo sea un mar brillante y en calma. Martínez de Pisón escribe, aparentemente, de una manera muy sencilla. Como señaló el crítico de Babelia:

Con un vigoroso estilo casi invisible, muy apreciado por los maestros del XIX, a cuya estirpe tardíamente se acoge Ignacio Martínez de Pisón con este caudaloso novelón familiar, confiado en obtener de aquellas sombras una aceptación absolutoria.

Han sido 640 páginas que, aunque leídas en formato digital, nunca se hicieron largas. Pero alcanzado el final, y con un magnífico sabor de boca, es hora de pasar a otras historias que esperan ahí fuera su oportunidad de ser leídas.

Para saber más:

Crítica que Babelia publicó de la novela en 2014.

Entrevista a Ignacio Martínez de Pisón en Letras Libres, en abril de 2013.

«Cabaret Biarritz», teoría y práctica de una novela

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Editorial Destino. Barcelona, 2015. 456 páginas.

La tentación siempre está ahí, al acecho. Oculta y esperando pacientemente el momento de actuar. Eso es escribir, la eterna tentación de tanta gente; incluso –sí, también- la mía. Uno es débil, qué le vamos a hacer (je suis perdu…). En cualquier caso, creo que nunca asistiría a un taller de escritura de los muchos que últimamente han florecido -como ahora las setas en otoño-, para aplacar, imagino, ese frenesí escritor que recorre todo el planeta y hacer caja al mismo tiempo. Y no lo haría por la soberbia de pensar que yo no lo necesito (escribir ficción literaria no es lo mismo que redactar, ya lo he dicho alguna vez más en este blog), ni por dudar de la capacidad y las skills (que palabro tan bueno para no decir habilidades) de quienes los imparten, sino porque soy un convencido –y no invento nada nuevo- de que la mejor escuela de escritura es la lectura.

«No era fácil escribir historias», dijo Vargas Llosa en su discurso al recibir el Premio Nobel. Y sin embargo afirma que quienes le revelaron «los secretos del oficio de contar» fueron los escritores a los que leyó en su juventud: «Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo».

Fue la curiosidad, y la suscripción mensual que mantengo con Nubico, lo que hizo que me encontrara con un manual de los que tanto abundan también para los aprendices de escritor. Se llama «Escribir ficción» (Guía práctica de la famosa escuela de escritores de Nueva York), publicado en 2003. Se refiere al Gotham Witer’s Workshop, que empezó siendo una clase que se impartía en un cuarto de estar en el Upper West Side de Nueva York y que, después, ha crecido hasta convertirse en escuela on-line: www.writingclasses.com (We teach the craft of writing in a way that is clear, practical, and inspiring).

En Escribir ficción se tratan los temas habituales: personajes, trama, punto de vista, descripciones, diálogo, escenarios, ritmo y voz, tema o incluso el negocio de escribir (volverte loco por escribir y por los dividendos). Esta última sección, y algunos otros aspectos de la obra, «ha sido modificada adaptándose al mercado en lengua española» por la editorial Alba.

Pues sí, lo leí. ¿Puedo empezar ya a escribir como lo hace un (buen) escritor? No, creo que escribiría exactamente igual a como lo hacía antes de leerlo. ¿Ha sido una pérdida de tiempo? No, en absoluto. Algo me llevo, entre otras cosas la lectura de «Catedral», un relato de Raymond Carver que se incluye como apéndice, y que utilizan los autores para ilustrar con ejemplos algunas de las cuestiones que se plantean en el libro.

Pero lo que me interesa en esta ocasión es uno de esos aspectos, concretamente el del punto de vista:

«Las cosas se ven de una manera diferente depende de quién las está mirando y desde qué perspectiva las mire. El punto de vista, al igual que los microscopios y los telescopios, nos puede revelar cosas que de otra manera pasarían desapercibidas».

Uno de los puntos de vista que señala Valerie Vogrin es el de la primera persona con una visión múltiple, como el que normalmente utiliza la técnica epistolar. «Por lo general hay un único narrador que utiliza la primera persona pero también puede haber narradores múltiples. En los cuentos cortos, limitados por su espacio, contar con más de un narrador seguramente afectaría a la capacidad del autor para crear una historia conexa y coherente. Pero un novelista que trabaje con suficiente espacio podría decidir que su historia mejoraría si hubiese más de un testigo describiendo los acontecimientos de su relato».

‘Cabaret Biarritz’ mezcla magistralmente investigación criminal y parodia social. EL PAÍS

Esto es precisamente lo que piensa y hace José C. Cavales, autor de «Cabaret Biarritz» -Premio Nadal 2015-, aunque es seguro que él no necesitó leer el manual del Gotham Witer’s Workshop. Al contrario, deberían utilizar su novela como el máximo exponente de esa técnica: un acontecimiento -el cadáver de una joven de Biarritz aparece sujeto a una argolla del muelle- contado años después por una treintena de personas de distintos estratos sociales que de manera más o menos directa estuvieron relacionadas con la joven. Ese carácter polifónico, de coro con voces de muchos registros, es lo que hace verdaderamente valiosa la novela. «Una de las principales virtudes del punto de vista de visiones múltiples en primera persona es la implicación intelectual del lector, que no le permite sentarse y dejar que le cuenten qué es lo que debe pensar y sentir».

«Es el lector el que debe relacionar las cosas por sí mismo y eso constituye una interesante experiencia de lectura».

Esa implicación intelectual del lector es más que evidente (puedo dar fe de ello) en el caso de Cabaret Biarritz, si bien la técnica narrativa que emplea –nada fácil por cierto- no sea por supuesto su único mérito, ni la garantía de que la novela funcione por sí sola. Sin embargo, funciona a la perfección, y el resultado es una interesante trama criminal insertada en la glamourosa sociedad de la localidad francesa de Biarritz durante un verano de los felices años veinte.

Sin conocer con antelación absolutamente nada de la novela (es la manera de que no haya expectativas que frustrar), y sin que la cubierta me sedujera especialmente (sí, yo soy de los que me dejo influenciar por detalles como ese en mi decisión de lectura, y esta me pareció edulcorada en exceso), encontrar el libro en mi iPad por gentileza de Nubico Premium (mi suscripción mensual de 8,99 €, IVA incluido), y con la garantía del «sello» Premio Nadal, me decidieron a embarcarme en su lectura. Y no me arrepiento, al contrario. Ahora la teoría ya la conocen, quien borda la práctica es José C. Cavales.

Mi recomendación es que pasen y lean ‘Cabaret Biarritz’.

Para saber más: Aquel espantoso verano, es el título de la reseña que escribió Francisco Solano en El País.

La casa del mirador ciego

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Es muy poco probable que a las pocas semanas de terminar de leer una novela recuerde sus detalles. Me refiero al conjunto de sus personajes, a la trama (más allá de una vaga idea), a su desenlace, o si, por ejemplo, estaba escrita en primera o tercera persona. Algo que es independiente de si aquel libro me gustó más o menos, aunque es indudable que cuanto más disfrutas de algo mejor recuerdo te queda. Si aun así no consigo retener esos detalles solo se debe a la increíble fragilidad de mi memoria. Un defecto, sin embargo, sobre el que a estas alturas ya he dejado de preocuparme.

Lo que sí me llevo, incluso varios años después de leer esa misma novela, es la atmósfera que el escritor ha creado con su texto. Esa atmósfera es lo que perdura en mi memoria después de exprimir lo leído y pasar todos los filtros del cerebro.

De La casa del mirador ciego (1981), la primera novela de la escritora noruega Herbjørg Wassmo (Vesterålen, 1942), me quedaré con el frío, el mar y la noche, el calor de la modesta cocina o el trabajo en la fábrica de pescado pero, sobre todo, con el temor y la angustia de una niña víctima de abusos por su padrastro.

Una novela «heladora y deslumbrante».

Para saber más sobre Wassmo y su novela:

Lectores reos de la actualidad

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Termino de leer Alabanza (Literatura Random House, 2014) de Alberto Olmos (Segovia, 1975), una interesante novela sobre literatura, que en el año 2019 ya se da por desaparecida. Sebastian Bel, seudónimo del protagonista y alter ego del autor, es un escritor literario que se traiciona a sí mismo escribiendo un best seller (El misterio del mapa o El mapa del misterio, nunca lo recuerda) que se convierte en un tremendo éxito editorial, pero que recibe el engolado y venenoso desprecio del crítico de turno:

«Los que aún confiamos en la condición artística de la palabra escrita, en su valor como conocimiento y legado, no podemos callar ante un atentado contra la dignidad creadora como ha sido la aparición de El mapa del misterio, no podemos no señalar con el dedo a su autor y perderle literal y literariamente todo respeto, ni podemos amilanarnos ante la pequeña vileza que se nos adjudicará si afirmamos que Sebastian Bel es ya un autor al que no hay que tener en cuenta».

Sebastian Bel se retira con su novia a un pueblo casi abandonado y sin conexión a internet, para recobrar la inspiración y la cordura literaria y escribir Las amadas, una colección de relatos sobre las mujeres que han jalonado su biografía (incluidos los escarceos sexuales) antes de conocer a Claudia.

En un momento de la novela, recordando su paso por la universidad durante la década de los noventa, el autor relata cómo Sebastian privilegiaba lo nuevo frente a lo consabido:

«Reo de actualidad, sus querencias lectoras reiteraban su deseo de participar en la conversación del presente. Prefería leer la novela de la que todos estaban hablando que la novela de la que todos seguirían hablando dentro de dos siglos. Si la cultura era un tren al que uno se subía, resultaba que muchas estaciones importantes ya habían quedado atrás cuando se iniciaba el propio viaje; pero qué desgana le daba preocuparse por esas estaciones ya pasadas cuando se sentía en marcha, anhelando la llegada de lo próximo».

¿Se puede expresar mejor el vano deslumbramiento que muchas veces provoca en los lectores esa querencia irrefrenable por la última novedad publicada?

Para gustos, los colores. Como siempre digo, lo importante es leer. A los muertos, a los vivos o a los que acaban de nacer al superpoblado mercado editorial.

Sin embargo, Alberto Olmos y/o su protagonista no se resiste a la esperanza y cree que no todo está perdido:

Y pensó también que quizá la literatura no había muerto, no había sido destruida, sino que sólo estaba replegada, acogida en el regazo de un lector único para un escritor único, que tenía algo importante que decirle.

Para saber algo más:

♦  Entrevista con Alberto Olmos en ABC: Mi jefa de prensa me ha dicho que no diga burradas.

♦  Reseña de Alabanza en el blog La medicina de Tongoy.

Yo fui la primera vez de Laura Freixas

Mientras vivíamos en Nueva York hace algunos años, la sede del Instituto Cervantes en la ciudad se convirtió para nosotros en un punto de encuentro frecuente con autores españoles en viaje o con intereses profesionales en Estados Unidos. También para una gran gesta deportiva: allí vimos, en pantalla gigante y en medio de una exaltación patriótica desmedida, la final de la Copa del Mundo de Fútbol que ganó España en 2010. Y para dos de mis hijas, el lugar donde realizaron su examen de Selectividad.

Pero volviendo a los escritores, allí, en aquel auditorio de la calle 49, tuvimos la ocasión de escuchar y conversar por ejemplo con Manuel Vicent, Elvira Lindo (a quien podías ver también haciendo la compra en Fairway) y su marido Antonio Muñoz Molina, Eduardo Mendoza o la inolvidable Ana María Matute.

Y también a Laura Freixas (Barcelona, 1958). Pero ese día yo no pude asistir, aunque sí mi mujer. Fue ella quien compró su última novela entonces que pidió que me dedicara, a lo que accedió amablemente la escitora. Esa novela era «Los otros son más felices», que he leído ahora varios años después.

Para Javier -creo que es la primera vez que una mujer me pide una dedicatoria para su marido- ¡siempre es al revés!

los-otros-son-mas-felices_9788423345533Laura FreixasAsí me convertí en la primera vez para Laura Freixas, la primera vez que dedicaba una novela a un hombre por encargo de una mujer. Eso sucedió hace tres años, en Nueva York, en mayo de 2012. Igualmente, la novela dedicada de forma tan original ha sido mi primera vez con su autora, aunque espero que tampoco la última. Los otros son más felices es una estupenda novela sobre el verano de una joven madrileña en la casa de unos familiares en la Costa Brava, cuando todavía vivía Franco. Los descubrimientos que allí realiza la protagonista sobre el arte, la belleza, la diferencia de clases, el estilo, la política o la cultura sirven a Laura Freixas para hilvanar una historia muy interesante y bien escrita. No creo que sea una novela para mujeres ni una novela feminista. Lo que sí merece es una buena película.

Los amigos que espiaban a la muerte

Uno de los libros que Irina Salabert, editora de Nocturna, trajo al Curso de Edición es «Los amigos», de Kazumi Yumoto (Tokio, 1959). Aunque en la cubierta leemos que es «Una novela sobre la muerte que defiende la alegría de vivir» creo que el propio título define mejor lo que después encontramos dentro. Como definió Marta Rivera de la Cruz (podcast) en COPE:

Una preciosa novela sobre la amistad y la iniciación en los misterios de la vida.

Me gusta mucho más esta definición. Una historia que protagonizan Kiyama, Kawabe y Yamashita, los tres amigos de doce años -compañeros del colegio-, que tras el funeral de la abuela de uno de ellos experimentan una súbita curiosidad por la muerte. Ese es el detonante que los lleva a apostarse en el jardín de un anciano esperando poder asistir al momento de su muerte.

Recuerdo que alguien mencionó su posible parecido con la novela de John Boyne, «El niño con el pijama de rayas», porque siendo ambas dirigidas a un público juvenil pueden ser leídas y apreciadas también por los lectores adultos. Si este punto puede ser cierto, además de que ambas comparten obvios elementos comunes como son la inocencia y la ternura de los niños, no es necesaria ni pertinente la comparación.

A mí me sirvió para «desengrasar» de otras lecturas, para volver a mirar con los ojos de un niño y para disfrutar de un texto bien escrito sobre una historia que cautiva.

Jóvenes y no tan jóvenes: pasen y lean, son solo 210 páginas y 14,90 €. Olvídense de que están leyendo a una escritora japonesa (si es que esto les da cierto repelús) y déjense sorprender por su primera novela -publicada en Japón en 1992-, que ha sido traducida después a 14 idiomas e incluso llevada a la gran pantalla en 1994. En este caso, la traducción -muy cuidada, por cierto- es de José Pazó Espinosa y la ilustración de cubierta de Ana Oncina (www.anaoncina.com).

El libro que llegó por sorpresa

Nunca digas «de este agua no beberé». En ningún orden de la vida. Ni siquiera sobre lo que leerás en el futuro, porque es posible que el destino te juegue malas pasadas. O buenas.

En el caso de los libros eres tú quien normalmente los elige, pero no siempre: hay ocasiones en que sin saberlo, te eligen ellos a ti.

El nombre del vientoEso fue lo que me sucedió esta pasada Navidad, que el destino se disfrazó de amigo invisible y me regaló un libro desconocido. Una novela en la que además -estoy seguro- jamás habría reparado. Rompí el papel de regalo y encontré un ejemplar de bolsillo, gordo y blandito, con una portada tenebrosa de grandes letras doradas, un sello de best seller y el nombre de un autor desconocido para mí: «El nombre del viento», de Patrick Rothfuss. ¿Qué podía hacer? Disimulé mi decepción y agradecí el regalo esbozando mi mejor sonrisa.

Soy de la opinión de que los libros permanecen en una suerte de limbo y no cobran vida hasta que encuentran un lector que los lee.

Y allí estaba aquel libro, en la mesilla de noche, mirándome fijamente a la espera de su oportunidad. Entonces respiré hondo, lo rescaté de la mesilla y comencé a leer. El nombre del viento (que algunos comparan con El señor de los anillos) ha sido la lectura que me ha acompañado a caballo entre 2014 y 2015. Resultado: muy positivo. Me ha proporcionado horas de lectura placentera (intrascendente, sí, pero lectura) y no me arrepiento de haberme sumergido en las 880 páginas de un libro -primero de una trilogía- que llegó por sorpresa en el momento adecuado. Además, está bien escrito. «Una estupenda y fuera de lo común novela de aventuras fantásticas. Una celebración del gusto de contra historias», según se lee en la contraportada.

«Algún día nos lo contaremos todo», de Daniela Krien, Premio Palabra Infinita 2014

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     Madrid, 15 de diciembre 2014.- La novela de la escritora alemana Daniela Krien, «Algún día nos lo contaremos todo», publicada en 2013 por la editorial Salamandra, ha sido la obra ganadora de la segunda edición del Premio Palabra Infinita de Lectura que concede este blog del mismo nombre. El jurado -compuesto por el lector y autor del blog, que son la misma persona- ha seleccionado la novela de Krien – que transcurre en una pequeña localidad de la antigua Alemania del Este al poco tiempo de la reunificación alemana-, como la mejor lectura del año que termina.

Se da la circunstancia de que el jurado leyó la novela por recomendación de otra escritora, Marta Rivera de la Cruz (@MartaRiveraCruz), a quien por supuesto queda profundamente agradecido. En la edición de 2013 el premio correspondió a «Yo confieso», de Jaume Cabré.

El fallo del jurado, conocido hoy, otorga el premio a la novela:

     Por su calidad literaria y su capacidad de conmover al lector creando una atmósfera cargada de sensualidad en torno a su protagonista –Maria-, una joven que despierta al amor y la pasión.

Daniel Krien

© Gerald von Foris / Graf Verlag

     Por la belleza de la propia autora (de ojos verdes) y el mérito añadido de tratarse de su primera novela.

El premio Palabra Infinita de Lectura está dotado con una invitación a café para el escritor de la obra ganadora (en el lugar que este elija), además de la modestísima e innecesaria notoriedad que pueda significar su concesión y la publicación del resultado en el blog.

La novela de Daniela Krien (Neukaliss, Alemania, 1975) ha obtenido el premio en 2014 en dura competencia con las otras dos obras finalistas: Una mujer difícil, de John Irving, y La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides.

El premio Palabra Infinita reconoce anualmente una obra literaria -seleccionada entre los libros leídos durante el año- que de forma especial haya conseguido hacer disfrutar al autor de este blog con su lectura. Concedido por lo tanto por un solo lector -ajeno a cualquier influencia que no sea su gusto personal-, este premio trata de reivindicar la figura del lector, principal y único destinatario de la obra literaria.