Los amigos que espiaban a la muerte

Uno de los libros que Irina Salabert, editora de Nocturna, trajo al Curso de Edición es «Los amigos», de Kazumi Yumoto (Tokio, 1959). Aunque en la cubierta leemos que es «Una novela sobre la muerte que defiende la alegría de vivir» creo que el propio título define mejor lo que después encontramos dentro. Como definió Marta Rivera de la Cruz (podcast) en COPE:

Una preciosa novela sobre la amistad y la iniciación en los misterios de la vida.

Me gusta mucho más esta definición. Una historia que protagonizan Kiyama, Kawabe y Yamashita, los tres amigos de doce años -compañeros del colegio-, que tras el funeral de la abuela de uno de ellos experimentan una súbita curiosidad por la muerte. Ese es el detonante que los lleva a apostarse en el jardín de un anciano esperando poder asistir al momento de su muerte.

Recuerdo que alguien mencionó su posible parecido con la novela de John Boyne, «El niño con el pijama de rayas», porque siendo ambas dirigidas a un público juvenil pueden ser leídas y apreciadas también por los lectores adultos. Si este punto puede ser cierto, además de que ambas comparten obvios elementos comunes como son la inocencia y la ternura de los niños, no es necesaria ni pertinente la comparación.

A mí me sirvió para «desengrasar» de otras lecturas, para volver a mirar con los ojos de un niño y para disfrutar de un texto bien escrito sobre una historia que cautiva.

Jóvenes y no tan jóvenes: pasen y lean, son solo 210 páginas y 14,90 €. Olvídense de que están leyendo a una escritora japonesa (si es que esto les da cierto repelús) y déjense sorprender por su primera novela -publicada en Japón en 1992-, que ha sido traducida después a 14 idiomas e incluso llevada a la gran pantalla en 1994. En este caso, la traducción -muy cuidada, por cierto- es de José Pazó Espinosa y la ilustración de cubierta de Ana Oncina (www.anaoncina.com).

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Literatura paliativa

Fotografía: Carolina Cebrino © 2015

SERGIO DEL MOLINO Fotografía: Carolina Cebrino © 2015

Para quien lee con asiduidad -pero también para quien escribe- la literatura, y los libros en general, pueden tener un efecto terapéutico: el disfrute que recibimos de la lectura puede ayudar al tratamiento de ciertas enfermedades o, al menos, a entretener o hacer olvidar sus perjuicios sobre la salud. Y en ocasiones son un remedio paliativo, una forma de superar -o al menos intentarlo- el enorme dolor por la pérdida de un ser querido. Este último podría ser un caso de literatura paliativa, cuyo protagonista es Sergio del Molino (Madrid, 1979) y La hora violeta (Literatura Random House, 2013). Su relato comienza exactamente así:

Este libro es un diccionario de una sola entrada, la búsqueda de una sola palabra que no existe en mi idioma: la que nombra a los padres que han visto morir a sus hijos. Los hijos que se quedan sin padres son huérfanos, y los cónyuges que cierran los ojos del cadáver de su pareja son viudos. Pero los padres que firmamos los papeles de los funerales de nuestros hijos no tenemos nombre ni estado civil.

Eso es la Hora violeta, la crónica de un padre que escribe sobre el dolor y la angustia del matrimonio que ve morir a su hijo. Es un libro duro, claro, pero donde la literatura encuentra el modo de paliar -si eso es posible- el horror de la pérdida para quien lo escribe, y también para quien lo lee conteniendo la respiración.

Mi hijo Pablo tenía diez meses cuando ingresó en el hospital, y estaba a punto de cumplir dos años cuando arrojamos sus cenizas.

«La muerte de un hijo atenta contra los principios biológicos de la vida», señala otro escritor, Ricardo Menéndez Salmón, autor de Niños en el tiempo (Narrativa Seix Barral, 2014). «Es algo realmente difícil de tolerar, una injusticia casi cósmica».

Sergio del Molino, y también Francisco Umbral en Mortal y rosa (escrito igualmente durante la agonía y muerte de su hijo), han podido utilizar la literatura para sacudirse el dolor o apartarlo al menos gritando a través de la escritura. Dice Sergio del Molino que «Mortal y Rosa es, con mucho, el libro más bello, hondo y suicida que he sufrido». Y añade: «Nunca imaginé que fuera a entender tan intensamente Mortal y rosa sin recurrir a la literatura, ni que algún día lo usaría como un espejo demasiado claro y profundo para mirarlo mucho rato sin sentir las retinas inflamadas».

Sin embargo, otros escritores como James Salter (Nueva York, 1925) no han podido escribir sobre ello: «Yo, desde luego, no puedo usarlo como material narrativo. No puedo escribir de la muerte de mi propia hija [Allan falleció electrocutada en la casa del escritor en Aspen. Salter encontró su cuerpo]».

P.D.- Puedes seguir el Blog de Sergio del Molino aquí.

La lluvia amarilla

la-lluvia-amarillaMe gusta la puntualidad y la practico. No me gusta llegar tarde a los sitios y hacer esperar. Sin embargo esto, que en la vida ordinaria no tiene ningún mérito, es lo contrario a lo que me sucede con los libros, que siempre tengo la sensación de que llego tarde: leo mucho después lo que tantos han leído ya hace mucho tiempo. Eso es lo que me ha pasado con «La lluvia amarilla» (Seix Barral), de Julio Llamazares, que rescaté de la Feria del Libro antiguo de Madrid como conté aquí hace pocas semanas. Y aunque la novela se publicó en 1988, el retraso ha compensado con creces la espera.

La lluvia amarilla es el relato en primera persona del último habitante de Ainielle, un pequeño pueblo del pirineo aragonés, hasta su propia muerte. Andrés, que nos cuenta en primer lugar la muerte de su mujer, Sabina -«a partir de ese día, la memoria fue ya la única razón y el único paisaje de mi vida»-, es testigo del abandono y muerte del propio pueblo.

Parecía como si un extraño viento hubiera atravesado de repente estas montañas provocando una tormenta en cada corazón y en cada casa. Como si un día, de pronto, las gentes hubieran levantado sus cabezas de la tierra, después de tantos siglos, y hubieran descubierto la miseria en que vivían y la posibilidad de remediarla en otra parte. Nadie volvió jamás.

La lluvia a la que se refiere Llamazares, la lluvia amarilla -un título bellísimo en mi opinión-, es el olvido, es la muerte, es el pasado, es el silencio, es la pátina que todo lo envuelve, que borra «la memoria y la luz de los ojos queridos»:

Es la misma de todos los otoños. La misma que sepulta las casas y las tumbas. La que envejece a los hombres. La que destruye poco a poco sus rostros y sus cartas y sus fotografías. La misma que una noche, junto al río, entró en mi alma para no volver ya nunca a abandonarme el resto de los días de mi vida.

El libro es de una belleza deslumbrante, no sólo por la triste historia de la desaparición de un pueblo de nuestra geografía -ejemplo de tantos otros y, sobre todo, signo de la desaparición de la sociedad rural que conocieron nuestros abuelos o bisabuelos-, sino por la técnica y el lenguaje que utiliza Julio Llamazares para narrar esa historia. «La lluvia amarilla confirma en Llamazares el léxico vivo, preciso y genuino, la autenticidad artística y las dotes de creación de un clima poético y un universo personal que acreditan en él a uno de nuestros más valiosos narradores», leemos en la contraportada.

Pura literatura. Puro gozo para el lector que guste de saborear las palabras y las imágenes que estas evocan. Anielle y sus habitantes, sus casas, la montaña, la niebla, la nieve, la iglesia, el musgo y las zarzas, la cama de barrotes, las tapias de piedra, la cocina, el fuego, el viento y el silencio (quizá la palabra que más se repite en todo el libro) cobran vida y se convierten en decorado y personajes reales que, a mí, me hicieron sentir la soledad y el abandono de Andrés y de Ainielle.

Ya es tarde para todo. La lluvia está borrando la luna de mis ojos y, en el silencio de la noche, escucho ya un murmullo lejano, vegetal, desolado, como de ortigas que se pudren en el río de mi sangre. Es el murmullo de la muerte que se acerca.

La novela que leía el asesino de John Lennon

J. D. Salinger (Nueva York, 1919-Cornish, New Hampshire, 2010), en una imagen de 1952. / GETTY IMAGES / SAN DIEGO HISTORICAL SOCIETY

J. D. Salinger (Nueva York, 1919 – Cornish, New Hampshire, 2010), en una imagen de 1952. / Getty Images / San Diego Historical Society

No lo sabía, me enteré ayer. No sabía que el asesino de John Lennon, Mark David Chapman, cuando fue detenido tenía entre sus manos El guardián entre el centeno, la novela del invisible J.D. Salinger. Y reconozco que me impresionó: «No todos los escritores tienen la suerte de que un asesino, que acaba de cometer un crimen histórico, esté leyendo tu mejor novela en el momento de ser detenido».

Mark David Chapman disparó cinco balas de punta hueca por la espalda a John Lennon, después de pedirle un autógrafo, en el vestíbulo del edificio Dakota de NY, el 8 de diciembre de 1980 y una vez vaciado el cargador del revólver 38 especial se sienta tranquilamente en un bordillo de la acera a leer El guardián entre el centeno, esperando a que llegue la policía y en su descargo confiesa que él no había hecho otra cosa que acomodar su vida a la de Holden Caulfield, protagonista de la novela. “Esta es mi confesión”, exclamó Chapman exhibiendo el libro, mientras era esposado.

Lo cuenta otro escritor, Manuel Vicent, en un magnífico artículo publicado en El País en 2011: J.D. Salinger: cómo se engendra un monstruo, que recomiendo leer vivamente. Conocí a Manuel Vicent hace pocos años en el Instituto Cervantes de Nueva York donde mientras conversábamos con una copa de cava en la mano me dijo aquello de «coge cien folios y un bolígrafo». Entonces yo vivía en esa ciudad, a solo tres calles de donde el mostruo jugaba a ser Holden Caulfield. Y yo no lo sabía.

La mañana del crimen el asesino había visitado el lago de Central Park, que estaba helado, y como Holden Caulfield, se había preguntado adónde habrían ido a parar los patos.

Relatos que llegan al corazón

Fotografía de Tatsuo Suzuki

Fotografía de Tatsuo Suzuki

No estará en las mesas de novedades de las librerías pero sin embargo podría hacerse un hueco si tuviera una edición más cuidada de lo habitual. Se trata de un volumen que recoge los relatos de cuatro autores diferentes y extranjeros aunque pertenecientes a una misma generación -probablemente no llegan a los 40 años de edad-, presentados de forma correlativa y que nos cuentan prácticamente las mismas historias aunque bajo una óptica particular. Son relatos breves en su mayoría, algunos contados en apenas unos pocos párrafos, aunque también se incluyen historias de medio recorrido como la que de alguna forma se sitúa como eje principal de todas las demás. Como digo, los relatos tienen algo de repetitivo pues los cuatro autores escriben sobre los mismos temas y los mismos escenarios, como si hubieran apostado entre ellos quién fuera capaz de escribir el relato más redondo. Todo el volumen o algunos de estos, por cierto, han dado lugar a diferentes versiones cinematográficas de cierta calidad y repercusión.

Otro denominador común entre ellos es que no son escritores profesionales -estos son sus primeras obras publicadas-, pero han decidido abandonar sus oficios respectivos para dedicarse plenamente a la tarea de reflejar los temas de los que son testigos directos o sobre otros que tienen más que ver con deseos o quimeras insatisfechas. En las páginas de este volumen podemos encontrar historias que se situan en lugares tan dispares como la ciudad, el desierto o las montañas, en situaciones tan cotidianas o especiales como la celebración de una boda o la desaparición de un cadáver, historias pobladas generalmente de personajes marginales como enfermos y tullidos, prostitutas, soldados, amos y sirvientes, seres enfrentados por lo general a la miseria o, en algunos casos también, por jueces, reyes, ciudadanos sin escrúpulos e incluso por algún joven de ideas un tanto revolucionarias. Personajes todos ellos que son protagonistas directos en historias de amor, de muerte, algunas plenamente sobrenaturales, de incomprensión y sufrimiento pero, fundamentalmente, de esperanza.

El estilo narrativo de todos ellos -seguramente por su falta de experiencia literaria- es muy directo, casi notarial y normalmente utilizando la tercera persona, lo que les da un valor testimonial muy interesante. Por ello ofrecen muy pocas concesiones a las florituras, salvo cuando recurren a ciertos símiles que se incrustan en el propio relato para explicar ciertas situaciones tomando todo el protagonismo.

Aunque algunas historias se siguen unas a otras, el libro puede leerse también sin un orden determinado, ni siquiera agrupando los cuentos de cada autor, pues cada relato suele tener vida propia. Aunque hay muchos que merecen la pena, este que dejo a continuación como muestra -escrito por Lucas, ese es su nombre- siempre me gustó especialmente por su brevedad, por el personaje entrañable de la viuda y por el fondo que contiene:

En aquel tiempo, alzando la mirada, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas, y dijo: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir»

Pero hay otros que también son de una belleza y una plasticidad especial, como este escrito por Mateo, tal es el nombre del autor:

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina»

Hay muchos más, historias únicas a la espera de ser descubiertas por lectores con la curiosidad suficiente para leer también (por poco dinero) otro tipo de relatos, algunos que llegan al corazón y lo traspasan.

P.D.- Los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles -relatos con forma de historia- son parte de la colección de veintisiete escritos de diversos estilos  que forman parte del libro llamado Nuevo Testamento. Otros son o se llaman cartas, y uno, el Apocalipsis, contiene una revelación hecha a Juan.

Night train

Me encontré en la calle 46 con una de las bibliotecas (Grand Central Branch) que forman parte de la New York Public Library. Está apenas a una calle de distancia de mi trabajo. Entré y salí con mi carnet de socio totalmente gratuito (sólo hay que mostrar que vives en la ciudad) que me permite acceder tanto a los libros, DVD’s o CD’s de música, como disfrutar de la sala de lectura o utilizar sus ordenadores y disfrutar de conexión a Internet a través de WiFi gratuito.

Pero no salí sólo con el carnet sino con el primer libro de préstamo: “Night train” de Martin Amis (Vintage Books, Random House, New York. 1997). Se trata de una pequeña novela policíaca que, más allá del argumento y su resolución, es una historia que habla de un mal para mí incomprensible e indescifrable como es el suicidio. En este caso el suicidio de Jennifer Rockwell (she had everything that Mike -the police officer- does not: youth, beauty, a loving family and a secure grip on happiness).

Me sobrecoge la idea de la muerte siendo joven, y si ya una muerte prematura por un accidente o una catástrofe es una tragedia difícil de aceptar, la sóla idea de pensar en alguien que, aparentemente lleno de vida, se la quita asímismo, es algo increiblemente difícil de aceptar y totalmente sobrecogedor. Seguramente una enfermedad que los psiquiatras puedan explicar con oscuros o preclaros razonamientos -es lo mismo-, pero de una brutalidad apabullante.

Aún así me gustó el libro, aunque como siempre, leyendo en inglés, probablemente haya perdido bastante de la profundidad del texto de este autor británico que conocía pero del que no había leído nada hasta ahora.

Respecto a los libros de una biblioteca pública tengo que decir que tienen un gran inconveniente: no puedo marcarlos ni subrayarlos como a mí me gusta hacer y que, al final, salvo que los compre, tampoco pueden formar parte de mi biblioteca personal.

Mientras leía ‘Night train’, en la sección de Obituario del New York Times, encontré la siguiente noticia:

Lucy Gordon, 28, British Actress
PARIS (AP)- Lucy Gordon, a British actress, who appeared in ‘Spider-Man 3’, was found dead in her Paris apartment, the French police said on Thursday. She was 28. An autopsy has been ordered to determine the cause of death, though it appeared to be a suicide, a Paris police official said.

La noticia, que continúa con algunos datos biográficos y declaraciones de su padre (“she has been the most beautiful daughter. We are obviously devastated”) está acompañada por una pequeña fotografía de la actriz en 2007. Es el rostro de una mujer joven, una mujer preciosa.

Una brizna de hierba seca

Eran jóvenes y guapas. Rabiosamente jóvenes y rabiosamente guapas. Con una sonrisa y un gesto muy lejos del sufrimiento y de la idea de la muerte. Pero su vida se apagó esta semana sin remedio, para recordarnos una vez más -en medio de un pasmo y un dolor intenso-, que somos frágiles como una brizna de hierba seca.
Madeline Linn viajaba en el avión (Continental Connection Flight 3407) que se estrelló en el estado de Nueva York, tenía 24 años y había sido jugadora de hockey en la St. Mary’s University de Winona. Eluana Englaro tuvo un accidente de tráfico en 1992, cuando tenía 22 años, que le dejó en estado vegetativo en un hospital de la localidad de Lecco, al norte de Italia. Murió 17 años después en medio de una agria polémica sobre el derecho a morir.

“Entonces, dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán. Por tanto, manteneos despiertos pues no sabéis qué día va a llegar vuestro Señor.
Ya comprendéis que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se quedaría en vela y no lo dejaría abrir un boquete en su casa. Pues estad también vosotros preparados, que cuando menos lo penséis llegará el Hombre”. (Mateo, 24 40-44).

A bullet through his head

Harriet, mi profesora de inglés, trajo este poema que siempre le ha gustado y que de forma sintética habla directamente de la condición humana. No será tan popular como la Canción del Pirata de Espronceda, pero debe de tener bastante predicamento en la cultura americana. En cualquier caso, e incluso en inglés, se reconoce fácilmente la belleza de las palabras y la poesía de Edwin Arlington Robinson (1869–1935).

Richard Cory
Whenever Richard Cory went down town,
We people on the pavement looked at him:
He was a gentleman from sole to crown,
Clean favored, and imperially slim.

And he was always quietly arrayed,
And he was always human when he talked;
But still he fluttered pulses when he said,
“Good-morning,” and he glittered when he walked.

And he was rich—yes, richer than a king,
And admirably schooled in every grace:
In fine, we thought that he was everything
To make us wish that we were in his place.

So on we worked, and waited for the light,
And went without the meat, and cursed the bread;
And Richard Cory, one calm summer night,
Went home and put a bullet through his head.

Born in 1962

Supe de la muerte de David Foster Wallace porque leí la noticia en un pequeño sumario del periódico. No le conocía, no había leído nunca nada suyo pero sabía que era escritor. Ni siquiera sabía su edad ni conocía su apariencia. Al domingo siguiente, en un artículo del suplemento ‘Week in Review’ del The New York Times me enteré de la razón de su muerte y de su edad: “The temptation to regard Mr. Wallace’s suicide last weekend as anything other than a private tragedy must be resisted”.

David Foster Wallace se había suicidado. Tenía 46 años y había nacido en 1962 (born in 1962). Yo también nací en ese año. Sólo pensé en qué es lo que puede llevar a un hombre a quitarse la vida, y sólo se me ocurre que es el resultado de una terrible enfermedad que acaba con quien la padece, como si fuera un infarto o un cáncer instantáneo.

“Mr. Wallace was the kind of literary figure whose career was emblematic of his age. He may not have been the most famous novelist of his time, but more than anyone else, he exemplified and articulated the defining anxieties and attitudes of his generation”.

David Foster Wallace escribió su primera novela a los 24 años -‘The Broom of the System’- con la que obtuvo un gran éxito, aunque su éxito definitivo llegó con ‘La broma infinita’ (Infinite Jest, 1996), una novela de culto de más de mil páginas.

What am I going to say? How am I going to say it?

Pero lo que más me llamó la atención del artículo que escribe A. O. Scott fue lo siguiente:

“But he was not only preoccupied with staking out a position in relation to other writers. Again and again, he returned to a basic, perhaps the basic, philosophical question facing anyone with a blanck screen and a story to tell. What am I going to say? How am I going to say it? It’s never an easy question, but perhaps no one illustrated its difficulty with so much energy, good humor and conceptual rigor”.

Tokio blues

Comencé 2007 leyendo ‘Tokio blues, Norwegian Wood’ (Tusquets editores), una novela escrita por el japonés Haruki Murakami en 1987. Por entonces había aparecido en las librerías ‘Kafka en la orilla’ -un libro de 2002, pero no quería conocer su escritura sin pasar por el que había sido su auténtico éxito (Tokio blues) y por el que había sido reconocido como un autor de culto.

Y no me defraudó. Fue una sorpresa maravillosa. Es una novela de iniciación, de la adolescencia de unos personajes (Watanabe, Naoko, Kizuki, Midori) que buscan su sitio en el mundo a finales de los años sesenta en Tokio.

“La muerte no se opone a la vida, la muerte está incluida en nuestra vida”

En un momento, al final casi de la novela, Watanabe, el protagonista, ofrece una de las claves del libro: “Maduraré. Me convertiré en un adulto. Debo hacerlo. Hasta ahora había deseado permanecer eternamente en los diecisiete o dieciocho años. Pero ya no lo pretendo. Ya no soy un adolescente. Tengo sentido de la responsabilidad”. Y desde luego habla del amor, del sexo, de la amistad (“tampoco entendía por qué me había escogido como amigo. Yo era una persona corriente a quien le gustaba estar a solas leyendo o escuchando música, no tenía nada que pudiera llamarle la atención a alguien como Kizuki”) y de la muerte (“aquella misma noche …… se había suicidado y, a partir de entonces, una corriente de aire helado se había interpuesto entre el mundo y yo. Me pregunté qué había representado ……. para mí. No hallé respuesta. Lo único que sabía era que, con su muerte, había perdido para siempre una parte de mi adolescencia. Podía percibirlo con toda claridad. Pero discernir qué significado podía tener o qué consecuencias podía conllevar era algo que no alcanzaba a ver”). También sobre la muerte reflexiona después Watanabe: “La muerte no se opone a la vida, la muerte está incluida en nuestra vida”.

Además, y fue una más de las razones que me llevaron a su lectura posterior, el protagonista comenta que “Yo iba correctamente vestido, me había afeitado aquella misma tarde y, además, estaba absorto en la lectura de La montaña mágica, de Thomas Mann”. Sumergirse en ‘Tokio blues’ es dejarse llevar por una lectura absorbente y sorprendente que yo recomiendo vivamente. Puede que ahora sea ya el tiempo de leer ‘Kafka en la orilla’, ‘Crónica del pájaro que da cuerda al mundo ‘ o ‘After dark’.

Me gustó ‘Tokio blues’ también porque pude imaginar algunas de las calles o percibir a alguno de los paisajes y aromas que yo mismo descubrí en aquella ciudad hace algunos años (la foto de Tokio la hice yo en aquellos días del mes de junio de 2003).