Un alto en Butcher’s Crossing en espera de «Stoner»

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Il Tavolo Verde. Foto: © D.R.

Nos vimos hace ya algún tiempo (ella un té, yo un café) en Il Tavolo Verde, un refugio muy cerca de la Puerta de Alcalá, en Madrid, donde al entrar uno se traslada a otro mundo y cambia fácilmente de humor. Astrid vive en Berlín, pero siempre tiene un pie puesto en Barcelona, donde nació. Cuando su trabajo la lleva a Madrid, al terminar su jornada y antes de partir de nuevo en el AVE hacia la Ciudad Condal, nos vemos para ponernos al día de nuestros proyectos, los que salen y los que no. Pero también para hablar de libros y lecturas, de lo que yo escribo en este cuaderno digital (ella escribe un blog sobre gestión y diversidad cultural). Astrid me pregunta qué leo o qué he leído (recuerdo que le hablé de «Un hombre enamorado», de Karl Ove Knausgård) porque en cuestión de libros y también de otras cosas, dice, «tenemos gustos parecidos». Esta vez fue ella quien me reveló su último descubrimiento: «Stoner», la novela de John Williams que estaba leyendo en ese momento –en inglés– me dijo, para no perder ningún matiz del lenguaje. Me habló del libro con verdadera emoción, como de algo fuera de lo común y un valor incalculable.

Ustedes ya conocerían a John Williams y su Stoner, pero yo entonces no había oído hablar de él –mi ignorancia es amplia en muchos sentidos–, un escritor estadounidense que murió en 1994 a los 72 años de edad.  Ahora sé que es su novela más aclamada, aunque permaneciera prácticamente desconocida durante décadas después de publicarse en 1965: una obra maestra ignorada, como la calificó Enrique Vilá-Matas hace algunos años. Si él se sorprendió entonces, también entiendo la sorpresa más reciente de Astrid.

Prometí a Astrid leer Stoner, pero todavía no he cumplido mi palabra. Fui a mi librería virtual por suscripción (Nubico) pero allí no estaba. Me encontré sin embargo con otra de sus novelas, «Butcher’s Crossing», escrita en 1960. Y me dije ¿por qué no?  Reconozco que siento una especial predilección por aquellos textos que de alguna forma han quedado ensombrecidos por el brillo que la fama ha otorgado a alguno de sus hermanos, una cierta pena que me mueve a leerlos y, de alguna manera, volverles a dotar del sentido para el que fueron creados. Y eso fue lo que hice con Butcher’s Crossing:

Butcher's CrossingCorren los años setenta del siglo XIX y el joven Will Andrews, recién graduado en la universidad de Harvard, decide dejar todo lo que una gran ciudad puede ofrecerle y emprender un viaje hacia el Oeste, donde espera encontrar un lazo de unión con la naturaleza. Ya de camino, Will recala en un pequeño pueblo de Kansas llamado Butcher’s Crossing, donde la única diversión es tomar copas con hombres que parecen haber perdido ya muchas batallas y acariciar mujeres cansadas de tanto traficar con el placer.

Un pueblo polvoriento, las rodaduras de un carromato en el camino, las praderas de bisontes, el cruce del río, la nieve y el frío de las montañas, tipos duros en el bar… Nunca hubiera creído que una «novela del Oeste» me cautivara en la forma en que lo hizo Butcher’s Crossing. Precisamente porque no es solo una típica novela de vaqueros. Toda una sorpresa, todo un descubrimiento.

Querida Astrid,

Hace algunos meses que me hablaste de Stoner. Fui a buscarlo pero hice un alto en el camino para visitar Butcher’s Crossing, ya sabes, un pequeño pueblo perdido de Kansas. Stoner sigue en mi horizonte, como un destino que, aunque lejano, uno sabe que algún día llegará porque en realidad nos está esperando. Dame tiempo y, si vuelves por Madrid, hablaremos de las novelas de John Williams y de nuestros últimos proyectos.

 

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La tierra de David Vann

DAVID-VANN_by Marta Fernández

David Vann en una fografía de Marta Fernández.

David Vann (Alaska, 1966) es un escritor que no es cualquier escritor, y que escribe novelas que no son cualquier novela. Esto, que puede parecer una simpleza, es una forma de expresar que David Vann tiene algo que le hace especial. Fundamentalmente dos cosas: los temas que trata y, lo más importante, cómo escribe.

Tierra_David Vann

Literatura Mondadori. 2013.

Desde que hace ya cinco años (¡dios mío!) leyera Sukwan Island, donde el autor afronta el suicidio de su padre, tenía ganas de volver a él. Y lo he hecho con «Tierra» (Literatura Mondadori, 2013), una novela que cambia de paisaje –de la fría Alaska a la calurosa California— y de registro –de dos personajes, padre e hijo–, a una relación familiar también pero de más miembros. Son Galen, el protagonista, y su madre; su prima Jennifer y su tía Helen, además de la abuela. La oscura relación entre ellos, el paisaje –la tierra—, el calor, la violencia, el primer amor y la pérdida de la virginidad son los elementos que David Vann maneja a la perfección para provocar en el lector una mezcla de atracción y rechazo, una atmósfera opresiva que, en mi opinión, define muy bien su estilo y el atractivo de la novela.

Galen se detuvo y sintió su conexión con el suelo, se quitó las botas y los calcetines, concentrado en sentirse más liviano. Dejar que la energía de la tierra le subiera a través de las plantas de los pies. Echó a andar otra vez pero intentando que todo fuera improvisado, que sus movimientos fueran auténticos, trató de caminar con suavidad sin pensar en que caminaba con suavidad. Estaba empezando a aprender lo que era el Movimiento Auténtico, no lo dominaba aún.

Galen, que lee Siddhartha y El profeta, de Kahil Gibran, es el joven que desea ir a la universidad y salir del mundo opresivo en el que su madre ha convertido su existencia: «su madre había hecho de él, su propio hijo, una especie de esposo». Y es su prima Jennifer –que le considera un indeseable— quien sin embargo le hace trascender ese estrecho mundo para conocer sin preámbulos la primera forma del amor:

Todo cuanto había leído en Hustler, Playboy y Penthouse se hacía realidad. El clítoris estaba allí donde decían, nudoso y altivo, como una erección en miniatura…

Como único contrapunto al desamparo del joven protagonista, Vann se atreve a trenzar varias escenas de un erotismo absolutamente perturbador y descarnado que, si siempre suponen un desafío para cualquier escritor, él sabe resolver con mucha destreza para integrarlas en la novela sin que sean simplemente un reclamo fácil para el lector.

La novela posee una tremenda intensidad y belleza en los dos primeros tercios del libro, los que corresponden a la introducción y el nudo –donde Vann lo borda–, mientras que una vez alcanzado el punto álgido, como si hubiera quedado exhausto después de derrochar tanto talento, el desenlace fuera innecesario. Un final mal resuelto que se le puede perdonar porque, como decía al principio, David Vann no es cualquier escritor. Tiene un don, una mirada especial que posa sobre todos sus personajes y los convierte en seres irrepetibles.

Dice Manuel de la Fuente, de ABC (y lo subraya la propia editorial en la contraportada), que «Como Melville, Faulkner y McCarthy, Vann ya es un grande de la literatura americana de hoy». No sé si será cierto, pero da igual. Créanme a mí al menos. Lean a David Vann, no se arrepentirán. Yo seguiré haciéndolo aunque pasen, otra vez, algunos años.

Y no se pierdan la interesante entrevista de Inés Martín Rodrigo (ABC) con el autor: «No busco escribir la gran novela americana».

P.D.- Leí Tierra en la versión e-book de Nubico.

Nada se opone a la noche

Nada se opone a la noche

El 13 de noviembre se celebró en España, por quinto año consecutivo y bajo el lema «Leer es viajar», el Día de las Librerías que impulsa la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). En 2014 el reclamo fue aún más incisivo: «¿Cómo va a sobrevivir la ignorancia si está rodeada de libros?». En cualquier caso, razones -además de un descuento del 5%- para acercarse a la librería, comprar un libro y cumplir dos objetivos: el fomento de la lectura y proteger un negocio en vías de extinción. Por cierto que respecto a las iniciativas para el fomento de la lectura, resulta muy ilustrativo lo que decía recientemente Fernando Savater (San Sebastián, 1947) en una entrevista en The Cult:

Las pasiones no se pueden enseñar. El verbo leer no soporta el imperativo. No se puede decir a nadie “Lee”, porque eso es contraproducente. Las pasiones se contagian. La pasión de la lectura también se contagia.

Pero me he desviado del tema, no era de esto de lo que quería hablar. Solo era un preámbulo para contar que con las ganas de aportar mi granito de arena fui ese día a mi librería de referencia –Librería Benedetti– a comprar mi ejemplar, casi como si se tratara de apadrinar a un pobre animal abandonado. No tenía claro el título que quería; por eso tiré de teléfono móvil (smartphone), abrí la aplicación de Notas/Libros y repasé la lista de deseos que de vez en cuando anoto para no fiarlo todo a la memoria. Y allí estaba un libro publicado hace ya algunos años pero que, paciente, esperaba su momento. Lo busqué y se lo mostré a Óscar, mi librero de referencia. Sonrió y dijo: «Muy bueno». Lo hubiera comprado de igual forma pero su afirmación fue confirmación para mí y la garantía de que me llevaba una buena pieza: «Nada se opone a la noche» (Anagrama, 2012), de la escritora francesa Delphine de Vigan (1966). Una novela que como dijo Marcos Ordoñez en su blog en El País, «ha sido un éxito de público y de crítica porque tiene corazón y tiene tono, mirada». Y añade:

El equilibrio de este libro es portentoso. Y el talento narrativo de su autora, y su honestidad: un verdadero triunfo del tono. Debería enseñarse en los talleres de escritura. Serviría de modelo e inspiración para quienes intentan abordar dolorosas historias familiares sin autocompasión, sin delectación mórbida, y convertirlas en relato, en gran relato.

Por eso me recordó tanto a «También esto pasará», de Milena Busquets. Al igual que la novela de la hija de Esther Tusquets, Delphine de Vigan «convierte una historia durísima en un relato al que apetece volver cada día». Pero yo me quedo con esta última, no tengo ninguna duda, y con su ejercicio de autenticidad. La propia de Vigan lo explica en la novela:

Incapaz de alejarme por completo de la realidad, produzco una ficción involuntaria, busco el ángulo que me permita acercarme más, más cerca, cada vez más cerca, busco un espacio que no sea ni la verdad ni la fábula, sino los dos a la vez.

Lo confieso: también compré el libro porque me sedujo la fotografía de la cubierta. Es en realidad la fotografía de una bellísima mujer, Lucile, la madre de la escritora, que murió a los sesenta y un años. Y así es cómo la describe en las últimas páginas:

Lucile aparece de perfil, lleva un jersey de cuello vuelto negro, sostiene un cigarrillo en la mano izquierda, parece mirar a algo o a alguien, pero probablemente no mira nada, su sonrisa es de una oscura dulzura.

Terminé de leer la novela el 26 de noviembre, otro día emblemático, el Día de Acción de Gracias. Después de vivir varios años en Nueva York, en casa nos gusta celebrar esta tradición americana cocinando un gran pavo. Esa misma noche terminé de leer Nada se opone a la noche. Di las gracias por el pavo y por la novela. Literatura en estado puro.

 

Para saber más:

De Vigan descubre sus fantasmas familiares, en LA VANGUARDIA.

Todo sobre mi madre, en PÁGINA 12 (Radar Libros).

Razones para leer los relatos de Ha Jin

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Hay dos razones por las que quería leer a Ha Jin: porque la biografía del escritor chino llamó mi atención y porque escribe cuentos o relatos. Probablemente las dos mismas razones por las que muchos otros –quizá usted mismo- no lo vayan a leer nunca.

¿Por qué leer a un escritor chino que escribe en inglés y precisamente cuentos?

Yo sí tenía ganas y mucha curiosidad de leer lo que escribe alguien tan aparentemente alejado de nuestra geografía y de nuestra propia concepción cultural. En primer lugar porque su peripecia vital lo hacía muy atractivo; entre otras cosas se hizo escritor casi por necesidad. El mismo Ha Jin, escritor de origen chino afincado desde 1985 en Estados Unidos, se definía al principio como «escritor que vive en América, que escribe en inglés, pero soy un escritor chino», aunque con el paso de los años ha reconocido que «China le queda cada vez más lejos» y que ahora se siente más cercano a los Estados Unidos, donde imparte clases de literatura y talleres de escritura creativa en la Universidad de Boston.

Pero es que además –y tiene mucho mérito-, siendo un joven soldado en el Ejército Popular de Liberación, Ha Jin tuvo tiempo para leer el Quijote y algunas novelas de los clásicos de la literatura rusa como Tolstoi, Dostoievski, Chéjov o Puskin.

Y en segundo lugar porque, aunque ya se han publicado con anterioridad en España, por Tusquets, algunas de sus primeras novelas, es la primera vez que se edita en nuestro país un volumen de ficción breve de este escritor. Si hasta ahora sus relatos no se han ganado el favor lectores y críticos en lengua castellana puede que sea, como dicen los editores, «posiblemente como consecuencia del prejuicio que todavía permanece de forma latente hacia este género literario». Si esto último es o no cierto, no lo sé, pero qué quieren que les diga. Yo soy lector de cuentos, y los de Ha Jin me parecen de primera.

«Una llegada inesperada y otros relatos» (Ediciones Encuentro, 2015), es una antología que reúne, en orden cronológico, trece de los cuentos más reseñables del escritor chino-americano nacido en 1956 en Liaoning, provincia del noreste de China que limita con Corea del Norte. Son cuentos que, como toda su narrativa breve, tratan de la experiencia vital del autor, «que abarca situaciones y recuerdos personales en China, su posterior emigración a los Estados Unidos y su adaptación final al mundo occidental».

«Esto es América, donde tenemos que aprender a confiar en nosotros mismos y no inmiscuirnos en los asuntos de los demás», escribe al final de uno de sus cuentos.

Es fácil adivinar en algunos de los relatos que sitúa en China resonancias de Chéjov, así como de la mejor narrativa norteamericana en los que escribe sobre las dificultades de la emigración, y que nos trasladan a Flushing, en el estado de Nueva York. Todos ellos -no estrictamente autobiográficos pero sí basados en hechos reales-, están escritos con una técnica y una emoción muy bien administradas:

Pequeñas dosis de literatura de la buena, especialmente indicadas para leer en el tren, delante de la chimenea, en la cama antes de dormir o donde al lector más le plazca.

En mi selección han quedado subrayados relatos como Vivo, La mujer de Nueva York, Avergonzado o La casa del cerezo llorón.

Háganme caso, por favor, olviden sus prejuicios sobre los autores orientales y los relatos y denle una oportunidad a Ha Jin. Yo les he dado mis razones, pero hay muchas más y ustedes encontraran las suyas propias. Sus relatos son deliciosos y dejan un poso especial. Tanto como para volver hacia sus novelas, por ejemplo hacia su primer gran éxito literario, Waiting (publicada en español como La espera), que recibió en 1999 el National Book Award y el PEN/Faulkner Award en 2000.

DISCLAIMER (aviso): Solicité el libro a Ediciones Encuentro, que tuvo la gentileza de hacérmelo llegar.

La casa del mirador ciego

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Es muy poco probable que a las pocas semanas de terminar de leer una novela recuerde sus detalles. Me refiero al conjunto de sus personajes, a la trama (más allá de una vaga idea), a su desenlace, o si, por ejemplo, estaba escrita en primera o tercera persona. Algo que es independiente de si aquel libro me gustó más o menos, aunque es indudable que cuanto más disfrutas de algo mejor recuerdo te queda. Si aun así no consigo retener esos detalles solo se debe a la increíble fragilidad de mi memoria. Un defecto, sin embargo, sobre el que a estas alturas ya he dejado de preocuparme.

Lo que sí me llevo, incluso varios años después de leer esa misma novela, es la atmósfera que el escritor ha creado con su texto. Esa atmósfera es lo que perdura en mi memoria después de exprimir lo leído y pasar todos los filtros del cerebro.

De La casa del mirador ciego (1981), la primera novela de la escritora noruega Herbjørg Wassmo (Vesterålen, 1942), me quedaré con el frío, el mar y la noche, el calor de la modesta cocina o el trabajo en la fábrica de pescado pero, sobre todo, con el temor y la angustia de una niña víctima de abusos por su padrastro.

Una novela «heladora y deslumbrante».

Para saber más sobre Wassmo y su novela:

Los amigos que espiaban a la muerte

Uno de los libros que Irina Salabert, editora de Nocturna, trajo al Curso de Edición es «Los amigos», de Kazumi Yumoto (Tokio, 1959). Aunque en la cubierta leemos que es «Una novela sobre la muerte que defiende la alegría de vivir» creo que el propio título define mejor lo que después encontramos dentro. Como definió Marta Rivera de la Cruz (podcast) en COPE:

Una preciosa novela sobre la amistad y la iniciación en los misterios de la vida.

Me gusta mucho más esta definición. Una historia que protagonizan Kiyama, Kawabe y Yamashita, los tres amigos de doce años -compañeros del colegio-, que tras el funeral de la abuela de uno de ellos experimentan una súbita curiosidad por la muerte. Ese es el detonante que los lleva a apostarse en el jardín de un anciano esperando poder asistir al momento de su muerte.

Recuerdo que alguien mencionó su posible parecido con la novela de John Boyne, «El niño con el pijama de rayas», porque siendo ambas dirigidas a un público juvenil pueden ser leídas y apreciadas también por los lectores adultos. Si este punto puede ser cierto, además de que ambas comparten obvios elementos comunes como son la inocencia y la ternura de los niños, no es necesaria ni pertinente la comparación.

A mí me sirvió para «desengrasar» de otras lecturas, para volver a mirar con los ojos de un niño y para disfrutar de un texto bien escrito sobre una historia que cautiva.

Jóvenes y no tan jóvenes: pasen y lean, son solo 210 páginas y 14,90 €. Olvídense de que están leyendo a una escritora japonesa (si es que esto les da cierto repelús) y déjense sorprender por su primera novela -publicada en Japón en 1992-, que ha sido traducida después a 14 idiomas e incluso llevada a la gran pantalla en 1994. En este caso, la traducción -muy cuidada, por cierto- es de José Pazó Espinosa y la ilustración de cubierta de Ana Oncina (www.anaoncina.com).

Una extraña casualidad literaria

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Fotograma de ‘Lolita’ basada en la novela de Vladimir Nabokov | Gettyimages

Una extraña casualidad podría ser –a mí me gusta- el título para una novela, pero lo es únicamente de esta entrada. Y lo es además literaria por evidenciar un extraño fenómeno: que mis cuatro últimas lecturas consecutivas compartieran (¿casualidad o destino?) el mismo tema. Ustedes lo comprenderán enseguida si digo que fueron de alguna forma cuatro Lolitas -sí, las de Nabokov- donde los protagonistas, de edad y sexo distinto, mantienen una «extraña» relación.

Las cuatro novelas fueron, por orden de llegada:

La comparación con «Lolita» puede parecer forzada pero es cierto que en todas ellas hay mucha sensualidad y algo perturbador, aunque los enfoques sean muy distintos y por supuesto aparezcan también otros temas. Algo así como la misma música pero con distinta letra. Sin embargo todas ellas son altamente recomendables (palabra de lector): disfruté muchísimo con Irving (un descubrimiento para mí), igual que con Eugenides– ambos norteamericanos-. La primera novela de la alemana Krien -la que más se acerca a la Lolita de Nabokov– se lee -yo la leí así- con la boca abierta y el alma en vilo; por cierto, de plena actualidad porque su autora sitúa la historia en un pequeño pueblo del Este de la Alemania recién reunificada. Y el irlandés Banville escribe una novela intimista y de alta tensión desde la primera línea:

Bill Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse.

Todo fue casualidad porque, antes de comenzar a leer, nada sabía de sus temáticas ni de sus autores. Aunque como hace muchos años escuché a Groucho Marx, y quedó desde entonces extrañamente grabado a fuego en mi memoria de pez:

Casualidad llaman los tontos al destino.

 

Cuentos reunidos. Clarice Lispector

Cuentos-reunidos-Clarice-LispectorTenía ganas desde hace tiempo de leer a esa autora de nombre y apellidos tan sonoros y origen tan pintoresco: Clarice Lispector (Tchetchelnik, Ucrania, 1920 – Río de Janeiro, 1977) que, en realidad, nunca llegó a pisar Ucrania pues su familia emigró a Brasil en 1922 huyendo de la revolución bolchevique. Y el detonante para hacerlo fue seguir la recomendación de Emma Rodríguez ( @emrobeltran) en su magnífica entrada –Un planeta llamado Clarice Lispector– en la revista Lecturas sumergidas: comenzar por sus cuentos y seguir por una de sus novelas, «La pasión según G. H.». Eso mismo he hecho, empezar leyendo «Cuentos reunidos» (Ediciones Siruela), «un volumen que recoge los tonos y ritmos de seis libros diferentes que dan idea de la multiplicidad de registros y ángulos de visión de Lispector». Según señala Miguel Cossío Woodward en el prólogo, estos cuentos «constituyen la parte más rica y variada de su obra, y revelan por completo el trazo incandescente que dejó la escritora brasileña en la literatura iberoamericana contemporánea».

«Yo te odio», le dijo a un hombre cuyo solo crimen era el de no amarla. «Yo te odio», dijo muy apresurada. Pero no sabía ni siquiera cómo se hacía. ¿Cómo cavar en la tierra hasta encontrar agua negra, cómo abrir paso en la tierra dura y jamás llegar a sí misma?

«Yo recomendaría a los no iniciados -escribe Rodríguez- empezar por aquí: acostumbrarse al clima del planeta recién descubierto, aprender su lengua, extasiarse frente a sus paisajes, ganar confianza ante sus peligrosos abismos y apreciar la belleza de sus plantas extrañas, nunca antes vistas». Sin embargo, y aunque soy capaz de reconocer la energía y honestidad de su escritura, no es fácil. No es sencillo acostumbrarse a transitar por la superficie de su original planeta, y el balance final ha sido desigual: hubo cuentos que me atraparon y otros que esperaba terminar con urgencia, sobre todo aquellos que hablan de animales, ya fueran estos gallinas, pollos, macacos o peces de colores. En cualquier caso, Lispector y quien esto escribe nos seguiremos conociendo a través de «La pasión según G.H.», que espera ya su turno en el montón de la mesilla de noche.

Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante.

 

La exuberancia de Madame Bovary

"A veces suprimo frases que me han costado días enteros".

“A veces suprimo frases que me han costado días enteros”.

Estaba en el cajón de fruta, junto a otros libros -algunos misales antiguos y textos de historia-, y me llamó la atención aquel volumen porque estaba encuadernado en un sencillo cartón color vino. En el lomo, escrito en letras doradas: GUSTAVE FLAUBERT. MADAME BOVARY. Fue lo que me llevé, por 3 euros, de aquella tienda de antigüedades que vende aperos de labranza, trillos y muebles viejos en Candelario, un precioso pueblo que se empina en la Sierra de Béjar (Salamanca).

Allí fue mi encuentro con un clásico que de otra manera no habría leído, como tantos otros que esperan encontrar a su lector. Un encuentro bastante menos glamuroso que el que tuvo Vargas Llosa, que compró la novela en una librería del barrio latino de París, y también con un resultado bastante diferente después de su lectura. Esperaba enamorarme perdidamente de Emma Bovary, como lo hizo el premio Nobel, y tuve la impresión de conocer a una mujer que no era mi tipo, un personaje que sufría de dudas y amor pero que a mí me parecía que no era de carne y hueso sino precisamente el estereotipo acartonado de la mujer atormentada de una novela romántica de fin de siglo. Comencé a leer sin ningún prejuicio pero terminé con la impresión de no haberme dejado «engañar» por Flaubert, de no haberme creído su personaje. No vibré como esperaba. Todo lo contrario al recuerdo que conservo de Teresa en la novela de Emile Zola –«Teresa Raquin»-, o de la magnífica Ana Ozores de «La Regenta», de Leopoldo Alas, con la que tantos puntos de semejanza han visto muchos.

En mi descargo, en el improbable caso de verme sometido a juicio por falta de sensibilidad literaria, podría alegar que aquellos días de Bovary fueron turbios días de lectura para mí por el trabajo y el cansancio, y que leer a pequeños sorbos no ayuda a captar y saborear en toda su plenitud los méritos de una novela «grande» como es Madame Bovary.

Nada personal contra Emma:

Emma era como toda las amantes, y al caer como un vestido el encanto de la novedad, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión, que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje.

Creía que el amor debía llegar pronto, con grandes resplandores y fulguraciones, huracán de los cielos que cae sobre sobre la vida, la sacude, arranca las voluntades como si fueran hojas y arrastra al abismo el corazón entero.

El rayo luminoso que subía directamente desde abajo tiraba del peso de su cuerpo hacia el abismo.

Y estaba seductora, con aquella mirada en la que temblaba una lágrima como el agua de una tormenta en un cáliz azul.

Ni nada personal contra su creador:

«Voy muy despacio -escribe Flaubert en una carta a Louis Bouilhet (Croisset, 7 junio 1855)-. Me cuesta un trabajo de mil demonios. A veces suprimo, al cabo de cinco o seis páginas, frases que me han costado días enteros. Me es imposible ver el efecto de ninguna antes de que esté terminada, rematada, limada. Es una manera de trabajar inepta, pero ¿qué hacer? Tengo la convicción de que las mejores cosas en sí son las que tacho. Sólo rechazando la exuberancia se logra efecto. Y esto es lo que me encanta, la exuberancia”.

Era a principios de abril, cuando se abren las primaveras, rueda sobre los arriates un viento tibio, y los jardines, como mujeres, parecen componerse para las fiestas del verano.

Estaba tan triste y tan serena, tan dulce y a la vez tan reservada, que, junto a ella, se sentía un encanto glacial, como ese estremecimiento que se siente en las iglesias bajo el perfume de las flores unido al frío de los mármoles.

La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.

P.D.- Terminé de leer Madame Bovary en el momento en que el vuelo de Lufthansa que me llevaba a Múnich posaba sus alas en la pista de aterrizaje.

De cómo Vargas Llosa se enamoró de Emma Bovary

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Mientras leo «Madame Bovary», de Gustave Flaubert, en una edición de Círculo de Lectores prologada por Mario Vargas Llosa, me ha parecido oportuno rescatar -por curioso y revelador- algún retazo de lo que escribe.

Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido.

«Aunque es verdad que cuando personajes de ficción y seres humanos son presente, contacto directo, la realidad de estos últimos prevalece sobre la de aquellos -nada tiene tanta vida como el cuerpo que se puede ver, palpar-, la diferencia desaparece cuando ambos tornan a ser pasado, recuerdo, y con ventaja considerable para los primeros sobre los segundos, cuya delicuescencia en la memoria es sin remedio, en tanto que el personaje literario puede ser resucitado indefinidamente, con el mínimo esfuerzo de abrir las páginas y detenerse en las líneas adecuadas».

En esa «pandilla de fantasmas amigos», como denomina Vargas Llosa a sus personajes favoritos, «ninguno más persistente y con el cual haya tenido una relación más claramente pasional que Emma Bovary».

Él mismo nos recuerda cómo fue su encuentro con el personaje de la novela de Flaubert. «El primer recuerdo que tengo de Emma Bovary es cinematográfico. Era 1952, una noche de verano ardiente, un cinema recién inaugurado en la Plaza de Armas alborotada de palmeras de Piura: aparecía James Mason encarnando a Flaubert, Rodolphe Boulanger era el espigado Louis Jordan y Emma Bovary tomaba forma en los gestos y movimientos nerviosos de Jennifer Jones».

La impresión no debió ser tan grande porque la película no me incitó a buscar el libro pese a que, precisamente en esa época, había empezado a leer novelas de manera desvelada y caníbal.

Fue más tarde cuando el premio Nobel quedó prendado de la novela y su personaje. «En el verano de 1959 llegué a París con poco dinero y la promesa de una beca. Una de las primeras cosas que hice fue comprar, en una librería del barrio latino, un ejemplar de Madame Bovary en la edición de Clásicos Garnier. Comencé a leerlo esa misma tarde, en un cuartito del Hotel Wetter, en las inmediaciones del Museo Cluny. Ahí empieza de verdad mi historia. Desde las primeras líneas el poder de persuasión del libro operó sobre mí de manera fulminante, como un hechizo poderosísimo. Hacía años que ninguna novela vampirizaba tan rápidamente mi atención, abolía así el contorno físico y me sumergía tan hondo en su materia. A medida que avanzaba la tarde, caía la noche, apuntaba el alba, era más efectivo el trasvasamiento mágico, la sustitución del mundo real por el ficticio».

Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona.

Las «Esquirlas» de Ismet Prcic

Esquirlas_Ismet_PrcicDurante la década que duró la Guerra de Yugoslavia (1991-2011) murieron más de 100.000 personas y hubo cuatro millones de desplazados. Uno de ellos fue Ismet Pricic, que abandonó su ciudad de nacimiento, Tuzla, cuando tenía 19 años. Pricic vive ahora con su mujer en Portland, Oregon, y «Esquirlas» (Blackie Books, 2013) es su primera novela, traducida al español por Carlos Milla e Isabel Ferrer.

La huida de aquel adolescente de aquel espanto es el material autobiográfico e inflamable que utiliza Prcic para construir su novela, entrelazando fragmentos de su propio diario con la historia de Mustafá Nalic, su alter ego. Mustafá es un joven bosnio de familia musulmana que obtiene permiso para abandonar Bosnia junto a los integrantes de su compañía de teatro para acudir como invitados a un festival de teatro en Edimburgo. En su escapada logrará llegar a San Diego, California. Allí está a salvo de la guerra, pero no libre de sus recuerdos ni del peso de su conciencia: «Tengo una doble mentalidad para todo: la cara A(mericana) y la cara B(osnia)», reconoce Prcic en su diario, que en las últimas páginas del libro nos da la clave definitiva:

A mí nunca me obligaron a comer testículos humanos ni a disparar a otro ser humano ni a ver cómo se comían los cerdos a mis conciudadanos. No. En lugar de eso, huí. Esa es mi «historia». Dejé atrás a mi madre, a mi padre, a mi hermano, a mi primer amor. Eso es todo. No hay más.

Pero Prcic no se recrea en la descripción de los horrores de la guerra, que utiliza como melodía de fondo del relato, sino que nos abre su corazón y sobre todo nos muestra la desconcertante lucha de quien siente la obligación de sobrevivir. Es el testimonio de quien podríamos haber sido cualquiera de nosotros o de nuestros hijos en una guerra sucedida hace tan solo 20 años, a una distancia de apenas dos mil kilómetros de donde escribo yo ahora, y que vimos por televisión sentados cómodamente en el sofá.

Ismet Prcic ha escrito un relato simplemente bello y estremecedor al mismo tiempo, «un singular conjunto de recuerdos, confesiones y ficciones». Yo lo he leído gracias a la recomendación de Óscar, mi librero de Benedetti, y gracias por supuesto al acierto de Blackie Books (@blackiebooks) al descubrirlo para los lectores en español. Por eso después de leer Esquirlas también yo me siento en la obligación de recomendarla por ser una de esas novelas «imperdibles» que, estando ahí -fuera del circuito-, se pierden para siempre si nadie las descubre para uno.

Mi pistola sabe a cubertería antigua, mati, pero la boca del cañón sabe a Bosnia.

P.D.- También sobre la Guerra de Yugoslavia leí hace algunos años una novela igualmente recomendable: «El Ministerio del Dolor», de la escritora croata Dubravka Ugresic.

Volver al Murakami del chico sin color

los-anos-de-peregrinacion-del-chico-sin-color-9788483837443«Los años de peregrinación del chico sin color» es un título demasiado largo para encabezar esta misma entrada. Por eso he preferido titular por su autor, Haruki Murakami (Kioto, 1949), y el hecho de regresar a la lectura de uno de sus libros. Tenía cierto empacho de Murakami, lo confieso, mezclado con algo de decepción después de leer la primera parte de 1Q84. Pero también porque no me gusta la reverencia y el fanatismo que muchos de sus lectores y, en gran parte los medios de comunicación, le dispensan. Por eso puse algo de distancia en espera de encontrar una nueva oportunidad; y esa oportunidad llegó en forma de regalo, lo que de alguna manera salvaba mi dignidad: quería volver a Murakami pero no ser yo quien diera el paso. Como intuía, la espera ha merecido la pena.

Pareciera que cuando uno comparte un tesoro -hasta entonces casi exclusivo- con multitud de personas, su valor fuera menor y por lo tanto se despojara de toda importancia. Dicho de otra forma, el hecho de banalizar lo que tiene éxito y al convertirse en popular pierde su carácter elitista y reservado, es lo que le sucede a los escritores que, como Murakami, han conseguido reclutar un extensísimo ejército de lectores. Un sentimiento que explica y combate Emma Rodríguez (@emrobeltran) en Lecturas sumergidas, en una entrada cuyo título –‘Encantada de ser una lectora más de Haruki Murakami’– no deja lugar a ninguna duda:

¿Por qué no alegrarnos de que algunas veces la buena literatura, la que indaga, la que profundiza en el ser humano, la que plantea preguntas, llegue a un gran número de gente, independientemente de las apetencias de cada cual? ¿Por qué no alegrarnos de que Auster o Murakami hayan sido capaces de tocar las fibras sensibles de hombres y mujeres en todo el mundo, teniendo en cuenta, además, que sus literaturas no son banales ni de lejos pueden considerarse best-sellers prefabricados, convencionales?

Si hay un autor con un sello personal claramente marcado, ese es, sin duda, el escritor japonés: «Murakami ha dado un giro a las letras niponas, las ha aderezado con un toque occidental sin olvidar ciertos rasgos que lo conectan con la tradición, al tiempo que ha abierto las puertas a un mundo onírico, irreal, lejos de la lógica, que en cierto modo atrapa el sentimiento permanente de pérdida y de búsqueda de sentido del hombre contemporáneo», explica Emma Rodríguez.

No hay duda de que es así aunque quizá Los años de peregrinación del chico sin color, aun sin perder sus señas de identidad, es una novela menos fantástica y más terrenal. Tsukuru Takazi es el protagonista, ese chico sin color que en su adolescencia sufre el rechazo repentino y rotundo, sin explicación, de sus cuatro amigos inseparables. Dieciséis años después, viviendo solo en Tokio y trabajando como ingeniero que diseña y construye estaciones de tren, quiere conocer las razones de aquella separación, por lo que se decide a buscar y visitar a sus antiguos amigos. A su alrededor, Murakami sitúa los personajes, los paisajes, el tempo y los temas que son marca de la casa: la soledad, la muerte, la pérdida de la juventud, el suicidio o los interrogantes sobre la vida. Y lo hace -marca de la casa- de una forma que atrapa y obliga a seguir leyendo. Me gustó especialmente la forma en que retrata y hace pensar a su protagonista:

– ¿Cómo decirlo? Era como si de pronto, en alta mar, me hubiesen arrojado por la borda en plena noche. -Al instante, Tsukuru se dio cuenta de que era lo que le había dicho Aka en Nagoya. Hizo una pausa antes de continuar-: Lo que no sé es si alguien me empujó o caí yo solo. El caso es que el barco siguió su rumbo y yo me quedé en el agua fría y oscura viendo cómo las luces de la cubierta se alejaban a toda velocidad. Nadie en el barco, ni los pasajeros ni la tripulación, sabía que había caído al mar. No tenía a lo que agarrarme. Todavía a veces revivo el pánico que sentí en esa época. El miedo a que de pronto se hubiera negado mi existencia y a verme solo en el mar, de noche, sin saber siquiera por qué me habían arrojado.

Es una buena novela aunque no la mejor, desde luego no a la altura de la sorprendente Tokio Blues o la fantástica Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Con todo, Murakami es un valor seguro, y este chico sin color también lo es. Quien me hizo este regalo, acertó de pleno.