Siempre nos quedarán los libros

Arenas movedizas_Henning Mankell

El año llega a su fin y también las lecturas que lo han jalonado, como si fueran puntos kilométricos marcados con letras y palabras. En este cuaderno digital han quedado registradas algunas de esas lecturas, aunque no todas. Libros que me han acompañado en diferentes momentos y lugares a lo largo de 2015. El último de ellos me lo ha regalado mi amigo invisible, que sabía que, en mi caso, con un libro siempre es fácil acertar. Ese libro ha sido «Arenas movedizas», de Henning Mankell (Estocolmo, 1948). Comencé leyendo pensando que se trataba de la última de sus novelas policiacas protagonizada por el inspector Kurt Wallander. Pero mi sorpresa fue enorme. En vez de la intriga de un caso por resolver, me encontré con las ideas y memorias de un hombre, el propio Mankell, al que le diagnostican un cáncer.

Cuando supe que tenía cáncer, ese miedo volvió. Me afectó igual que la primera vez, ahora lo comprendo. La sensación que experimenté fue precisamente esa, el pavor que me causaban las arenas movedizas. Me resistía a que tiraran de mí y me tragaran.

El cáncer es el detonante y el hilo conductor de su escritura, pero en absoluto es un libro depresivo centrado en la enfermedad. Al contrario, sirve para que Mankell se desnude de forma pudorosa y nos ofrezca los apuntes, muchos de ellos cargados de positividad, de una vida tan interesante como poco convencional.

Entre todas las cosas que disfruté, dejo aquí dos de los subrayados que hice, que se refieren a su idea sobre la escritura y los libros, y que me parecieron maravillosos.

Escribir, me dije, era iluminar con la linterna los rincones en penumbra y, en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder.

Dice Mankell que cuando al cabo de varias semanas logró salir arrastrándose de las arenas movedizas, empezó a ofrecer resistencia al golpe mortal que significaba el diagnóstico del cáncer. Y para él era obvio cuál sería la mejor herramienta para ello: los libros.

Coger un libro y perderme en el texto en los momentos difíciles ha sido siempre mi modo de buscar alivio, consuelo o, al menos, un respiro. Cuando los asuntos amorosos se torcían, echaba mano de un libro. Como consuelo después de un fracaso en el trabajo teatral o con textos con cuyo final se me resistía, siempre he tenido los libros. Como linimento, pero más aún como instrumentos para desviar los pensamientos hacia otro lugar. Para hacer acopio de fuerzas.

Me pareció un magnífico colofón a este año que se va. Siempre nos queda la esperanza. Y los libros.

P.D.- El autor de este blog les desea, por supuesto, un año nuevo muy feliz y lleno de buenas lecturas.

 

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La esperanza oculta en «Daisy Sisters»

Me siento a escribir cuando no ha pasado media hora desde que he terminado de leer «Daisy Sisters» (Tusquets, 2011), de Henning Mankell, en este domingo soleado de febrero. En ese preciso momento en el que al pasar la última página uno queda noqueado -al menos así me siento yo ahora- queriendo saber cómo continuará la vida de Eivor, esa joven sueca que has conocido desde su nacimiento y que abandonas cuando ya tiene cuarenta años y tres hijos y de nuevo quiere volver a empezar, cuando comprende realmente que sólo podemos «morir después de un esfuerzo que haya tenido sentido».
Quise leer Daisy Sisters para aproximarme de una forma diferente a un escritor popular en todo el mundo por sus novelas policiacas del inspector Kurt Wallander, de las que yo no había leído ninguna. Y ahora, cuando cierro el libro, pienso que fue una decisión acertada aunque me sienta de alguna forma abandonado por el personaje de Eivor después del maratón de lectura de este fin de semana que me ha hecho meterme en la novela como no lo había conseguido hasta la mitad de sus páginas cuando sólo había podido leer a salto de mata vencido por el sueño cada noche.
Por eso la lectura ha tenido dos partes bien diferenciadas: un arranque interesante pero intermitente al que siguió cierto rechazo por la forma en que escribe Mankell, desde una tercera persona fría y distante, como una sucesión de fotogramas exhibidos con aparente desinterés que van dando cuenta de la vida de Elna -una de las dos amigas adolescentes, las Daisy Sisters, que en 1941 quieren ver la guerra desde la frontera noruega- y, sobre todo, de su hija Eivor. En un segundo momento, ya inmerso de lleno en la lectura y por lo tanto más familiarizado con la narrativa de Mankell, vemos crecer a Eivor tropezando donde lo hizo su madre, su lucha por sobrevivir y soñar a pesar de los hombres que aparecen en su vida y sus reiterados fracasos. Una y otra vez se levanta reconociendo que «es imposible ir hacia atrás en el tiempo pensando que podemos recoger algo que hemos dejado olvidado», y buscando sin saberlo la felicidad, esa palabra que «siempre está flotando alrededor, fugaz como una pluma».
Henning Mankell ha querido si duda enviar un mensaje de esperanza a través de esta novela que nos habla de la amargura de la vida. Y consigue que, a través de la literatura, le creamos.