Nada se opone a la noche

Nada se opone a la noche

El 13 de noviembre se celebró en España, por quinto año consecutivo y bajo el lema «Leer es viajar», el Día de las Librerías que impulsa la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). En 2014 el reclamo fue aún más incisivo: «¿Cómo va a sobrevivir la ignorancia si está rodeada de libros?». En cualquier caso, razones -además de un descuento del 5%- para acercarse a la librería, comprar un libro y cumplir dos objetivos: el fomento de la lectura y proteger un negocio en vías de extinción. Por cierto que respecto a las iniciativas para el fomento de la lectura, resulta muy ilustrativo lo que decía recientemente Fernando Savater (San Sebastián, 1947) en una entrevista en The Cult:

Las pasiones no se pueden enseñar. El verbo leer no soporta el imperativo. No se puede decir a nadie “Lee”, porque eso es contraproducente. Las pasiones se contagian. La pasión de la lectura también se contagia.

Pero me he desviado del tema, no era de esto de lo que quería hablar. Solo era un preámbulo para contar que con las ganas de aportar mi granito de arena fui ese día a mi librería de referencia –Librería Benedetti– a comprar mi ejemplar, casi como si se tratara de apadrinar a un pobre animal abandonado. No tenía claro el título que quería; por eso tiré de teléfono móvil (smartphone), abrí la aplicación de Notas/Libros y repasé la lista de deseos que de vez en cuando anoto para no fiarlo todo a la memoria. Y allí estaba un libro publicado hace ya algunos años pero que, paciente, esperaba su momento. Lo busqué y se lo mostré a Óscar, mi librero de referencia. Sonrió y dijo: «Muy bueno». Lo hubiera comprado de igual forma pero su afirmación fue confirmación para mí y la garantía de que me llevaba una buena pieza: «Nada se opone a la noche» (Anagrama, 2012), de la escritora francesa Delphine de Vigan (1966). Una novela que como dijo Marcos Ordoñez en su blog en El País, «ha sido un éxito de público y de crítica porque tiene corazón y tiene tono, mirada». Y añade:

El equilibrio de este libro es portentoso. Y el talento narrativo de su autora, y su honestidad: un verdadero triunfo del tono. Debería enseñarse en los talleres de escritura. Serviría de modelo e inspiración para quienes intentan abordar dolorosas historias familiares sin autocompasión, sin delectación mórbida, y convertirlas en relato, en gran relato.

Por eso me recordó tanto a «También esto pasará», de Milena Busquets. Al igual que la novela de la hija de Esther Tusquets, Delphine de Vigan «convierte una historia durísima en un relato al que apetece volver cada día». Pero yo me quedo con esta última, no tengo ninguna duda, y con su ejercicio de autenticidad. La propia de Vigan lo explica en la novela:

Incapaz de alejarme por completo de la realidad, produzco una ficción involuntaria, busco el ángulo que me permita acercarme más, más cerca, cada vez más cerca, busco un espacio que no sea ni la verdad ni la fábula, sino los dos a la vez.

Lo confieso: también compré el libro porque me sedujo la fotografía de la cubierta. Es en realidad la fotografía de una bellísima mujer, Lucile, la madre de la escritora, que murió a los sesenta y un años. Y así es cómo la describe en las últimas páginas:

Lucile aparece de perfil, lleva un jersey de cuello vuelto negro, sostiene un cigarrillo en la mano izquierda, parece mirar a algo o a alguien, pero probablemente no mira nada, su sonrisa es de una oscura dulzura.

Terminé de leer la novela el 26 de noviembre, otro día emblemático, el Día de Acción de Gracias. Después de vivir varios años en Nueva York, en casa nos gusta celebrar esta tradición americana cocinando un gran pavo. Esa misma noche terminé de leer Nada se opone a la noche. Di las gracias por el pavo y por la novela. Literatura en estado puro.

 

Para saber más:

De Vigan descubre sus fantasmas familiares, en LA VANGUARDIA.

Todo sobre mi madre, en PÁGINA 12 (Radar Libros).

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Leer para vivir (ya lo dijo Flaubert)

En la cama con Chejov (50 x 100 cm, acrílico sobre lienzo). Pintura de Pablo Gallo.

En la cama con Chejov (50 x 100 cm, acrílico sobre lienzo). Pintura de Pablo Gallo.

Varias lecturas precisamente sobre la lectura y los libros han llamado mi atención durante los últimos días, al punto de que me ha parecido interesante traerlas a este cuaderno digital que es La Palabra Infinita. En concreto, son las opiniones del filósofo español Fernando Savater (San Sebastián, 1947) y de Jaime Fernández Martín, periodista, escritor y autor de ensayos literarios que, además, escribe un magnífico blog de ideas sobre cultura literaria: En lengua propia.

Dice Savater en un artículo de El País con ocasión de la publicación de su último libro, Figuraciones mías. Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar (Ariel), que «una cosa es leer y otra es leer libros», en referencia al aumento de la lectura debido a Internet y la proliferación de dispositivos electrónicos. Señala igualmente que los pedagogos -obsesionados con logros pasajeros- olvidan que «la lectura es ante todo placer, se contagia, no se impone» y que la mejor forma de crear lectores es «no convertirla en una obligación académica. No dogmática. La idea es que el niño y el joven entren por cualquier parte al libro». Respecto al debate sobre si analógico o digital, Savater afirma que «hay que desmitificar el libro de papel o los periódicos impresos. No hay que obsesionarse con eso».

Sobre esto mismo, las posibles diferencias entre lectores tradicionales y aquellos que leen en dispositivos electrónicos, escribe Jaime Fernández en No solo el fuego destruye libros, una entrada de su blog que no tiene desperdicio, poniendo de manifiesto algunas dudas:

«El auge de las redes sociales, del libro electrónico y de la lectura vertical en la pantalla del monitor o en la tableta ha configurado un supuesto prototipo de lector, del que aún no se tiene una idea definitiva -todavía es pronto para ello-, y al que se intenta comparar con el de libros editados en papel, como si fuesen muy distintos. Habría que preguntarse, en primer lugar, si realmente estamos ante un prototipo de lector y, en caso de admitir su existencia, si difiere del lector clásico, o sea, el que dedica más tiempo de lectura al papel que al texto editado en formato digital».

Libros insulsos

Pero todavía llamó mucho más mi atención que en la misma entrada Jaime Fernández declare como enemigos internos de los libros -«menos agresivos pero también dañinos a su manera»- a los libros inútiles y a los lectores que leen por leer, junto a otros dos también: las ediciones descuidadas y las traducciones traidoras. Estos enemigos internos se suman en su opinión a los tres verdaderos y grandes enemigos de los libros, «tan antiguos como ellos», como son la ignorancia, la censura y el fuego.

De los tres enemigos atávicos del libro, la censura y el fuego permanecen en letargo, esperemos que por mucho tiempo; no así la ignorancia, que al fin y al cabo los abarca. Cuando se los perseguía con la censura y se los exterminaba con el fuego, los inquisidores al menos se molestaban en conocerlos o habían oído hablar de ellos. En nuestro tiempo, ni siquiera eso.

«Los libros que se persiguen en la novela de Bradbury -Los viajes de Gulliver, los cuatro evangelios, el Eclesiastés, La República de Platón, las Analectas de Confucio, el Libro de Job, las obras de Shakespeare, de Byron, Maquiavelo y Schopenhauer-, han sido expulsados de las escuelas y universidades en nombre de la eficiencia económica y languidecen en las estanterías de las librerías, cada vez más pobres en fondos. Aun siendo accesibles a través de la red, no “venden”. La lógica del mercado, con su publicidad abrumadora, los mantiene a raya, mientras se promocionan legiones de libros insulsos que adormecen las mentes y los espíritus más de lo que están».

«¿Cuántos lectores no podrán acceder a estos libros y autores por culpa de la censura implícita que pesa sobre ellos? No será el fuego el causante de su ausencia sino el olvido, el objetivo común de los viejos enemigos y de los bomberos incendiarios de Fahrenheit 451».

En una entrada distinta –Consejo de amigo-, Fernández se refiere a otro tipo de lector, esta vez de best-sellers, cuya abundancia «ha propiciado la masificación análoga de un lector al que en un artículo periodístico el escritor colombiano Ricardo Cano Gaviria calificaba de ”lobotomizado” e incapaz “de detectar valores literarios” en una novela». Era este escritor quien recordaba el consejo que Gustave Flaubert, el autor de Madame Bovary, dio a una amiga en una de sus cartas:

No lea como leen los niños, para divertirse, ni como lo hacen los ambiciosos, para instruirse. No, lea para vivir. Bríndele a su alma una atmósfera intelectual compuesta por la emanación de todos los grandes espíritus.

Hagamos caso, pues, a Flaubert y sigamos leyendo para seguir viviendo. Leer es un placer. Viviremos mejor.

P.D.- Sobre este mismo tema quizá te interese también una entrada de hace algún tiempo: El placer de la lectura no admite terceros.

Modos de leer y derechos del lector

La lectora (G. M. Ceballos)
Esta semana me he encontrado con dos textos que hablan sobre la lectura y los lectores, dos partes de la misma ecuación. El primero  de ellos -sobre el modo de leer- en ojosdepapel.com Se trata de una reseña de hace ya varios años sobre una biografía de Borges escrita por Fernando Savater, «Jorge Luis Borges, la ironía metafísica» (Ediciones Omega, Barcelona 2002). El segundo -sobre los derechos del lector- en una entrada en El Taller Literario-Blog para escritores, titulada Los 10 derechos imprescriptibles del lector de Daniel Pennac, de quien después he sabido que es un escritor francés.

Aunque recomiendo leer ambos textos, me permito transcribir aquí alguna de las partes que más me llamaron la atención en cada uno de ellos: 

¿Qué significa tener todos los libros leídos?

«Leer todos los libros no es especializarse perezosamente en una competencia para así agotar los volúmenes de esa materia; leer todos los libros no es aherrojarse, no es contentarse con un plan o un itinerario de obras y de textos, parejos y comunes, no es marcarse los ejemplares en un orden sucesivo y previsible para evitar decepciones y sorpresas. El mejor modo de leer, aquel en el que acto es formativo hasta volverse propiamente un arte, es el del riesgo, la indisciplina, la intuición errabunda, la reconstrucción tentativa de un camino, de los atajos y senderos. No hay un plan, hay un tanteo que nos lleva a la gran literatura sin orden, en un continuo vaivén, buscando que aquel libro posterior fertilice la lectura del anterior, buscando que las referencias múltiples y contradictorias nos llenen el interior. Ése era el modo paradójico de lectura que proponía Borges.
[…] Leer desordenadamente es hedonismo, es entusiasmo y es placer, es buscar resonancias, es acceder a las obras para dejarse sorprender, para hallar a nuestros interlocutores, para hacer y rehacer nuestros modelos de excelencia y de deleite»

Los derechos del lector

«Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos —y en este caso con el derecho a no leer—, sin lo cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa viciosa. Para comenzar, la mayoría de los lectores se conceden a diario el derecho a no leer. Mal que le pese a nuestra reputación, entre un buen libro y una mala película de televisión, la segunda sale ganando con más frecuencia de lo que nos gustaría confesar».

P.D.- Ya he entrado en la recta final de «Libertad», de Jonathan Franzen. 

«El valor de educar», un acto de coraje y valentía

Después de Umberto Eco, Edmundo Paz Soldán y Antonio Muñoz Molina le llegó el turno, en un cambio de tercio interesante, a Fernando Savater y «El valor de educar» (Ariel, 2010). Un cambio de tercio suave en cualquier caso pues tras la pura ficción de El cementerio de Praga y Norte, Ventanas de Manhattan ya transcurría por el terreno del ensayo aún cuando pudiéramos llamarlo literario. Con Savater ya se puede hablar de puro ensayo, pero que nadie se asuste porque no se trata de ningún texto abstracto e infumable sino una reflexión muy bien escrita y entretenida sobre el valor de educar, como explica el propio autor, “en el doble sentido de la palabra «valor»: quiero decir que la educación es valiosa y válida, pero también que es un acto de coraje, un paso al frente de la valentía humana”.

Descubrí El valor de educar gracias a @VinceBobadilla, y la curiosidad que siempre he sentido por la Educación con mayúscula, en el sentido de aquello que nos hace avanzar, nos enriquece y nos hace -normalmente- ser mejores personas y profesionales, hizo el resto.

Desde luego lo explica mucho mejor que yo Savater, con una prosa fina y una ironía magnífica, en este libro escrito hace ya la friolera de 14 años pero que, para bien o para mal, no ha perdido un ápice de actualidad. Por ello, probablemente interese todavía no sólo a los profesionales que se ocupan de esta materia sino a todos los que quieran profundizar algo más sobre la educación y responder, por ejemplo, algunas de las preguntas que formula Savater: “¿Debe la educación preparar aptos competidores en el mercado laboral o formar hombres completos”.

En el libro se abordan capítulos como El aprendizaje humano (“Ser humano consiste en la vocación de compartir lo que ya sabemos entre todos, enseñando a los recién llegados al grupo cuanto deben conocer para hacerse socialmente válidos”); Los contenidos de la enseñanza -donde se puede leer acerca de la contraposición entre educación e instrucción (“separar la educación de la instrucción no sólo resulta indeseable sino también imposible, porque no se puede educar sin instruir ni viceversa”); El eclipse de la familia -sobre la autoridad de los padres o el papel del Estado, la ética y la religión, la educación sexual y unas deliciosas páginas sobre los efectos de la televisión-; La disciplina de la libertad (“es preciso recordar que no es posible ningún proceso educativo sin algo de disciplina. […] La propia etimología latina de la palabra (que proviene de discipulina, compuesto a su vez de discis, enseñar, y la voz que nombra a los niños, pueripuella) vincula directamente a la disciplina con la enseñanza”); ¿Hacia una humanidad sin humanidades? (“Supongo que nadie sostiene en serio que estudiar matemáticas o física son tareas menos humanistas, no digamos menos «humanas», que dedicarse al griego o a la filosofía”), o Educar es universalizar (“Es importante que en la escuela se enseñe a discutir pero es imprescindible dejar claro que la escuela no es ni un foro de debates ni un púlpito”).

  •  Algunas otras frases (muchas) que subrayé mientras leía, con las que -eso sí- se puede estar o no de acuerdo:

– “Hacernos intelectualmente dignos de nuestras perplejidades es la única vía para empezar a superarlas”.
– “Si lo que nos ofende o preocupa es remediable debemos ponernos manos a la obra y si no lo es resulta ocioso deplorarlo, porque este mundo carece de libro de reclamaciones”.
– “La función de la enseñanza está tan esencialmente enraizada en la condición humana que resulta obligado admitir que cualquiera puede enseñar, lo cual por cierto suele sulfurar a los pedantes de la pedagogía que se consideran al oírlo destituidos en la especialidad docente que creen monopolizar”.
Fernando Savater

– Afirmaba Goethe que da más fuerza saberse amado que saberse fuerte: la certeza del amor, cuando existe, nos hace invulnerables”.

– “La autoridad no consiste en mandar: etimológicamente la palabra proviene de un verbo latino que significa algo así como «ayudar a crecer»”.
– “El objetivo de la educación es aprender a respetar por alegre interés vital lo que comenzamos respetando por una u otra forma de temor”.
– “El problema no estriba en que la televisión no eduque lo suficiente sino en que educa demasiado y con fuerza irresistile; lo malo no es que transmita falsas mitologías y otros embelecos sino que dismitifica y disipa sin miramientos las nieblas cautelares de la ignorancia que suelen envolver a los niños para que sigan siendo niños”.
– “Sólo cuando se martiriza a un niño se le ve replegarse sobre sí mismo, igual que años después el inevitable martirio de la vida nos hace a todos un poco introspectivos”.
– “No olvidemos que el mejor maestro sólo puede enseñar, pero es el niño quien realiza siempre el acto genial de aprender”.
– “El propósito de la enseñanza escolar es preparar a los niños para la vida adulta, no confirmarles en los regocijos infantiles”.
– “¡Cuántas veces la vocación del alumno se despierta más por la adhesión a un maestro preferido que a la materia misma que éste imparte!”.
– “Yo creo que la principal causa de la ineficacia docente es la pedantería pedagógica. No se trata de un trastorno psicológico de unos cuantos, sino de la enfermedad laboral de la mayoría. Después de todo, la palabra «pedante» es voz italiana que quiere decir «maestro»”.
– “Oscar Wilde: «La educación es algo admirable, pero de vez en cuando conviene recordar que las cosas que verdaderamente importa saber no pueden enseñarse»”.

Vive la vida en la calle y en el silencio de tu biblioteca

Estaba anoche enfrascado en la lectura de «El valor de educar», de Fernando Savater, cuando al final del capítulo que leía –¿Hacia una humanidad sin humanidades?-, me topé sin esperarlo con esta poesía de Luis Alberto de Cuenca. Savater la utiliza en su libro como respuesta a la pregunta que él mismo se hace y que transcribo a continuación por dos razones: la primera, simplemente porque me gustó al leerla y, la segunda, porque hace muy poco comentaba aquí mismo acerca de la poesía (El pulmón para respirar la literatura) y tenía ganas de incluir alguna. Por eso no he querido dejar pasar esta oportunidad.

¿Humanidades, en fin? -se pregunta Savater-. Sólo hay una en el fondo y la descripción de esa asignatura total haremos mejor pidiéndosela al poeta que al pedagogo:

Vive la vida. Vívela en la calle
y en el silencio de tu biblioteca.
Vívela con los demás, que son las únicas
pistas que tienes para conocerte.
Vive la vida en esos barrios pobres
hechos para la droga o el deshaucio
y en los grises palacios de los ricos.
Vive la vida con sus alegrías
incomprensibles, con sus decepciones
(casi siempre excesivas), con su vértigo.
Vívela en madrugadas infelices
o en mañanas gloriosas, a caballo
por ciudades en ruinas o por selvas
contaminadas o por paraísos,
sin mirar hacia atrás.
Vive la vida.
Luis Alberto de Cuenca
«Por fuertes y fronteras»