La propaganda de un libro

 

Christy Turlington

Christy Turlington. Instagram: @cturlington

[…] Lo trivial ha anegado la vida literaria contemporánea hasta cobrar, a lo que parece, más importancia que los libros. La propaganda de un libro es más importante que el libro en sí; tal como la foto del autor en la solapa es más importante que el contenido, y la apariencia del autor en los diarios de gran tirada y en la televisión es más importante que lo que el autor haya escrito realmente.
[…]
El mercado literario exige de las personas que se adapten a las normas de la producción. Por lo general, no tolera a los artistas desobedientes, así como no tolera la experimentación, las subversiones artísticas, o a los partidarios de las estrategias extrañas en un texto literario. Recompensa a los diligentes, a quienes respetan las normas literarias. El mercado literario no tolera la idea anticuada de una obra de arte como algo único, irrepetible, como un acto artístico hondamente individual. En la industria literaria, los escritores son obreros sumisos, un mero eslabón más en la cadena de producción.
[…]
Cuando a Robert Mitchum le preguntaron qué pensaba de sí mismo como estrella de cine, su respuesta fue: «Nada. Sobre todo cuando pienso en que Rin Tin Tin también es una estrella». Si hoy se me ocurriera preguntar a un escritor qué piensa de sí mismo como escritor, la respuesta podría ser: «Nada. Sobre todo cuando pienso que si Rin Tin Tin siguiera vivo, sus memorias se convertirían en un superventas.»

Gracias por no leer (fragmento)
Dubravka Ugresic

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Siempre nos quedarán los libros

Arenas movedizas_Henning Mankell

El año llega a su fin y también las lecturas que lo han jalonado, como si fueran puntos kilométricos marcados con letras y palabras. En este cuaderno digital han quedado registradas algunas de esas lecturas, aunque no todas. Libros que me han acompañado en diferentes momentos y lugares a lo largo de 2015. El último de ellos me lo ha regalado mi amigo invisible, que sabía que, en mi caso, con un libro siempre es fácil acertar. Ese libro ha sido «Arenas movedizas», de Henning Mankell (Estocolmo, 1948). Comencé leyendo pensando que se trataba de la última de sus novelas policiacas protagonizada por el inspector Kurt Wallander. Pero mi sorpresa fue enorme. En vez de la intriga de un caso por resolver, me encontré con las ideas y memorias de un hombre, el propio Mankell, al que le diagnostican un cáncer.

Cuando supe que tenía cáncer, ese miedo volvió. Me afectó igual que la primera vez, ahora lo comprendo. La sensación que experimenté fue precisamente esa, el pavor que me causaban las arenas movedizas. Me resistía a que tiraran de mí y me tragaran.

El cáncer es el detonante y el hilo conductor de su escritura, pero en absoluto es un libro depresivo centrado en la enfermedad. Al contrario, sirve para que Mankell se desnude de forma pudorosa y nos ofrezca los apuntes, muchos de ellos cargados de positividad, de una vida tan interesante como poco convencional.

Entre todas las cosas que disfruté, dejo aquí dos de los subrayados que hice, que se refieren a su idea sobre la escritura y los libros, y que me parecieron maravillosos.

Escribir, me dije, era iluminar con la linterna los rincones en penumbra y, en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder.

Dice Mankell que cuando al cabo de varias semanas logró salir arrastrándose de las arenas movedizas, empezó a ofrecer resistencia al golpe mortal que significaba el diagnóstico del cáncer. Y para él era obvio cuál sería la mejor herramienta para ello: los libros.

Coger un libro y perderme en el texto en los momentos difíciles ha sido siempre mi modo de buscar alivio, consuelo o, al menos, un respiro. Cuando los asuntos amorosos se torcían, echaba mano de un libro. Como consuelo después de un fracaso en el trabajo teatral o con textos con cuyo final se me resistía, siempre he tenido los libros. Como linimento, pero más aún como instrumentos para desviar los pensamientos hacia otro lugar. Para hacer acopio de fuerzas.

Me pareció un magnífico colofón a este año que se va. Siempre nos queda la esperanza. Y los libros.

P.D.- El autor de este blog les desea, por supuesto, un año nuevo muy feliz y lleno de buenas lecturas.

 

Lisboa y la vida

Libro-de-crónicas

Portugal y España, que comparten 1214 kilómetros de frontera (conocida de forma coloquial como La Raya, o A Raia en portugués), fueron una vez parte de la monarquía hispánica en aquel imperio en el que no se ponía el sol. En la actualidad, cuando ambos países forman parte de la Unión Europea y comparten la misma moneda (adiós a escudos y pesetas), y dos de los más famosos futbolistas del mundo juegan cada uno en campo contrario (sí, Cristiano Ronaldo en el Real Madrid e Iker Casillas en el Oporto), el sueño de unir Madrid y Lisboa con un tren de alta velocidad sigue siendo eso, solo un sueño. Quizá una señal de que somos dos vecinos bien avenidos pero que prefieren seguir viviendo de espaldas.

Por eso creo que a pesar de que a los españoles nos gusten sus vinos, sus playas, sus ciudades o sus fados, la conexión entre ambos países –como la del AVE– no es todavía plena. Me refiero a una conexión emocional sin complejos, que descarte recelos y prejuicios en los dos lados.

Algo así intuía ya Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935) –que por cierto solo viajó a España una vez para visitar las Islas Canarias–, cuando hacía referencia al mito de Iberia:

Se diría que los dos países se han dado cuenta por fin del hecho aparentemente evidente de que una frontera, si separa, también une, y que si dos naciones vecinas son dos por ser dos, pueden moralmente ser casi una por ser vecinas.

Para activar al menos esa conexión emocional valdría al menos algo tan simple como leernos los unos a los otros. Una buena forma de hacerlo, seguro que hay muchas más, es empezar por el «Libro de crónicas» de António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), el escritor que afirma que sus libros «nacen de la basura».

Crecí en los suburbios de Lisboa, en Benfica, por aquel entonces pequeñas quintas, travesías, casas bajas, oyendo a las madres que llamaban a la hora del crepúsculo.

Este ha sido mi bautizo lector con Lobo Antunes antes de sumergirme en alguna de sus novelas (creo que empezaré por la primera, Memoria de elefante, publicada en 1979). El libro, que recoge los artículos publicados por el escritor desde 1993, y durante cinco años, para el diario O Publico portugués, está constituido por piezas de no más de dos o tres páginas, como teselas de un bello mosaico que cobran mayor belleza en su conjunto. Leer sus crónicas es ver pasar Lisboa y la vida a través de los ojos de un auténtico orfebre de la escritura.

Nunca me di cuenta de cuando se deja de ser pequeño para convertirse en mayor. Probablemente cuando la pariente rubia comienza a ser mencionada, en portugués, como la desvergonzada de Luísa. Probablemente cuando sustituimos los paraguas de chocolate por bistecs bárbaros. Probablemente cuando nos empieza a gustar ducharnos. Probablemente cuando nos ponemos tristes. Pero no estoy seguro: no sé si soy mayor.

En espera del AVE, la literatura también sirve para tender puentes, invisibles pero sólidos y muy duraderos.

«Cabaret Biarritz», teoría y práctica de una novela

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Editorial Destino. Barcelona, 2015. 456 páginas.

La tentación siempre está ahí, al acecho. Oculta y esperando pacientemente el momento de actuar. Eso es escribir, la eterna tentación de tanta gente; incluso –sí, también- la mía. Uno es débil, qué le vamos a hacer (je suis perdu…). En cualquier caso, creo que nunca asistiría a un taller de escritura de los muchos que últimamente han florecido -como ahora las setas en otoño-, para aplacar, imagino, ese frenesí escritor que recorre todo el planeta y hacer caja al mismo tiempo. Y no lo haría por la soberbia de pensar que yo no lo necesito (escribir ficción literaria no es lo mismo que redactar, ya lo he dicho alguna vez más en este blog), ni por dudar de la capacidad y las skills (que palabro tan bueno para no decir habilidades) de quienes los imparten, sino porque soy un convencido –y no invento nada nuevo- de que la mejor escuela de escritura es la lectura.

«No era fácil escribir historias», dijo Vargas Llosa en su discurso al recibir el Premio Nobel. Y sin embargo afirma que quienes le revelaron «los secretos del oficio de contar» fueron los escritores a los que leyó en su juventud: «Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo».

Fue la curiosidad, y la suscripción mensual que mantengo con Nubico, lo que hizo que me encontrara con un manual de los que tanto abundan también para los aprendices de escritor. Se llama «Escribir ficción» (Guía práctica de la famosa escuela de escritores de Nueva York), publicado en 2003. Se refiere al Gotham Witer’s Workshop, que empezó siendo una clase que se impartía en un cuarto de estar en el Upper West Side de Nueva York y que, después, ha crecido hasta convertirse en escuela on-line: www.writingclasses.com (We teach the craft of writing in a way that is clear, practical, and inspiring).

En Escribir ficción se tratan los temas habituales: personajes, trama, punto de vista, descripciones, diálogo, escenarios, ritmo y voz, tema o incluso el negocio de escribir (volverte loco por escribir y por los dividendos). Esta última sección, y algunos otros aspectos de la obra, «ha sido modificada adaptándose al mercado en lengua española» por la editorial Alba.

Pues sí, lo leí. ¿Puedo empezar ya a escribir como lo hace un (buen) escritor? No, creo que escribiría exactamente igual a como lo hacía antes de leerlo. ¿Ha sido una pérdida de tiempo? No, en absoluto. Algo me llevo, entre otras cosas la lectura de «Catedral», un relato de Raymond Carver que se incluye como apéndice, y que utilizan los autores para ilustrar con ejemplos algunas de las cuestiones que se plantean en el libro.

Pero lo que me interesa en esta ocasión es uno de esos aspectos, concretamente el del punto de vista:

«Las cosas se ven de una manera diferente depende de quién las está mirando y desde qué perspectiva las mire. El punto de vista, al igual que los microscopios y los telescopios, nos puede revelar cosas que de otra manera pasarían desapercibidas».

Uno de los puntos de vista que señala Valerie Vogrin es el de la primera persona con una visión múltiple, como el que normalmente utiliza la técnica epistolar. «Por lo general hay un único narrador que utiliza la primera persona pero también puede haber narradores múltiples. En los cuentos cortos, limitados por su espacio, contar con más de un narrador seguramente afectaría a la capacidad del autor para crear una historia conexa y coherente. Pero un novelista que trabaje con suficiente espacio podría decidir que su historia mejoraría si hubiese más de un testigo describiendo los acontecimientos de su relato».

‘Cabaret Biarritz’ mezcla magistralmente investigación criminal y parodia social. EL PAÍS

Esto es precisamente lo que piensa y hace José C. Cavales, autor de «Cabaret Biarritz» -Premio Nadal 2015-, aunque es seguro que él no necesitó leer el manual del Gotham Witer’s Workshop. Al contrario, deberían utilizar su novela como el máximo exponente de esa técnica: un acontecimiento -el cadáver de una joven de Biarritz aparece sujeto a una argolla del muelle- contado años después por una treintena de personas de distintos estratos sociales que de manera más o menos directa estuvieron relacionadas con la joven. Ese carácter polifónico, de coro con voces de muchos registros, es lo que hace verdaderamente valiosa la novela. «Una de las principales virtudes del punto de vista de visiones múltiples en primera persona es la implicación intelectual del lector, que no le permite sentarse y dejar que le cuenten qué es lo que debe pensar y sentir».

«Es el lector el que debe relacionar las cosas por sí mismo y eso constituye una interesante experiencia de lectura».

Esa implicación intelectual del lector es más que evidente (puedo dar fe de ello) en el caso de Cabaret Biarritz, si bien la técnica narrativa que emplea –nada fácil por cierto- no sea por supuesto su único mérito, ni la garantía de que la novela funcione por sí sola. Sin embargo, funciona a la perfección, y el resultado es una interesante trama criminal insertada en la glamourosa sociedad de la localidad francesa de Biarritz durante un verano de los felices años veinte.

Sin conocer con antelación absolutamente nada de la novela (es la manera de que no haya expectativas que frustrar), y sin que la cubierta me sedujera especialmente (sí, yo soy de los que me dejo influenciar por detalles como ese en mi decisión de lectura, y esta me pareció edulcorada en exceso), encontrar el libro en mi iPad por gentileza de Nubico Premium (mi suscripción mensual de 8,99 €, IVA incluido), y con la garantía del «sello» Premio Nadal, me decidieron a embarcarme en su lectura. Y no me arrepiento, al contrario. Ahora la teoría ya la conocen, quien borda la práctica es José C. Cavales.

Mi recomendación es que pasen y lean ‘Cabaret Biarritz’.

Para saber más: Aquel espantoso verano, es el título de la reseña que escribió Francisco Solano en El País.

El Tour, la piscina y la autopublicación en ABC Cultural

ABC Cultural

Nº 1197. Sábado, 25 de julio de 2015.

Tras ver el Tour en la televisión –la épica etapa de ascensión al Alpe D’Huez- leo el suplemento de ABC Cultural (@ABC_Cultural) en la piscina. Entre chapuzón y chapuzón, en una cadencia que el sol abrasador marca de forma implacable, aprovecho para ver qué hay de interesante. El reportaje de portada sobre el fenómeno de la autopublicación, «La revolución de los ilustres desconocidos», promete, pero una vez que comienzo a leer la expectativa de aprender algo nuevo se desinfla. Lo que hace su autora, Laura Revuelta (@laamigade), redactora jefe del suplemento, es coger el rábano por las hojas. Es decir, extraer  un dato de la encuesta realizada por Kindle que dice que «al 67 por ciento de los españoles les gustaría escribir un libro» (el porcentaje podría ser el mismo o mayor si nos preguntaran si nos gustaría viajar a las islas Seychelles) y, con esa excusa, rellenar tres páginas del último suplemento antes de las vacaciones. Todo lo demás es anécdota y ceder un espacio gratuito a Koro Castellano, directora de Kindle en español, para relatar los casos de éxito de algunos «ilustres desconocidos», como ella los define, que han triunfado en la red: un infórmático, un abogado o una madre. Bueno, y también clasificar en tres las razones que mueven a tanto esfuerzo:

«Hay autores a los que simplemente les importa llegar al mayor número de lectores. Otros buscan ganar dinero y otros quieren que les fiche una editorial al uso».

Sin embargo, lo que más interés tiene, en mi opinión, es la idea que vierte Antonio Fontana (@afontanagallego), coordinador de Libros del mismo suplemento, en el artículo que a modo de faldón acompaña al reportaje: «La literatura no es democrática». Lo explica muy bien en muy pocas líneas:

No, la literatura no es democrática. No, no todo lo que se publica es literatura. Y no, no todos los que publican son escritores, aunque se lo crean, se llamen a sí mismo escritores y vayan presumiendo por ahí (y por aquí). Que quede claro: una cosa es considerarse escritor (o guapo o graciosos o inteligente, ya que estamos); otra muy distinta, serlo.

Y remata Fontana: «El hecho de publicar, pagándoselo uno de su propio bolsillo o no, no es una varita mágica. Con otras palabras: el hecho de publicar tampoco convierte a nadie en escritor».

Otro chapuzón y aún con el cuerpo mojado leo otro artículo. Esta vez una interesante entrevista de Inés Martín Rodrigo (@imartinrodrigo) al escritor argentino César Aira. Y sorprendentemente parece que hubiera leído el reportaje anterior y quisiera meter baza reivindicando su propia manera de escribir:

Publicar se ha vuelto mucho más fácil. Escribir también, a juzgar por la cantidad de gente que escribe y publica. Por eso predico la escritura manuscrita: va más lento, y así se escribe menos, y mejor; da más tiempo para pensar, permite el placer de tachar. Y en lo posible escribir en cafés, donde uno puede levantar la vista, distraerse, darle aire al pensamiento. El que se encierra en un cuarto frente al ordenador puede despachar 20 páginas en media hora, con lo que no hará más que contribuir al anegamiento literario que nos está desalentando tanto.

El calor aprieta de nuevo y tengo que abandonar la silla para zambullirme otra vez. Ya más fresco leo las recomendaciones de lectura para las vacaciones que hacen los redactores, críticos y colaboradores del suplemento para pasar página y encontrarme con el artículo de Juan Gómez Jurado (@JuanGomezJurado): «El “ludita” frente al “e-book”». Gómez Jurado nos explica que luditas son aquellos que se oponen al progreso, y que en nuestros tiempos «el neoludita es un individuo opuesto a la industrialización, automatización, computerización, digitalización o a las nuevas tecnologías». Una bonita introducción para lanzar un dardo envenenado a los editores:

Tenemos la actitud ludita básica de editor, la de no lanzar el libro en e-book al mismo tiempo que el libro en papel, creyendo que la maravillosa obra que acaban de publicar es tan poderosa y atractiva que vencerá por sí misma todas las objeciones de precio, formato e incomodidad, y que como está maravillosamente editada, no habrá lector que se resista a ella –y evitará que Jeff Bezos se haga más rico en el proceso.

Claramente Gómez Jurado no es un neoludita sino todo lo contrario, es el gran adalid de las nuevas tecnologías y el e-book. Y yo me pregunto: ¿Por qué no le pide a los bodegueros que además de embotellar un buen vino en botella de cristal lo hagan al mismo tiempo en una de plástico?

En fin, saquen ustedes sus propias conclusiones sobre las oportunidades de la autopublicación y las nuevas tecnologías en el mundo editorial. Créanme al menos si les digo que el ciclismo, el sol, el baño y la lectura fueron una magnífica combinación para disfrutar de una calurosa tarde de verano en Madrid. Lo que no sé es que haré ahora para entretener otras muchas tardes hasta que regresen el ciclismo con la Vuelta a España y las páginas de cultura del suplemento de ABC. Siempre me quedará la piscina…

P.D.- Por cierto, que no se me olvide confesar -ahora que como dice Aira, escribir y publicar es mucho más fácil- que yo también me he autopublicado: «Apóstoles intrépidos». Aunque no tengo ninguna duda de que lo que dice Fontana es rigurosamente cierto, que no todos los que publicamos somos escritores.

Y felices vacaciones.

Escribir y editar: el caso práctico de «Apóstoles intrépidos»

Portada4.1_250px   No soy escritor y tampoco editor. Sin embargo, he escrito y editado una obra que tiene por título «Apóstoles intrépidos». Esta práctica puede remitir a términos como autopublicación o autoedición, aunque yo preferiría referirme a ello mejor como «autoedición profesional», pues para llevar adelante su edición -aún siendo una versión electrónica- he acudido a una empresa de servicios editoriales (El Taller Editorial).

He escrito y editado por varias razones. Primero porque, aunque no sea una novela ni un texto que trate de un tema muy “sexy”, tenía ganas de escribir sobre ello y un motivo importante para hacerlo. Y segundo, editarlo yo mismo, porque no quería hacer un producto malo y ramplón: publicar un ebook no es colgar un Word en cualquier plataforma digital. El lector merece un respeto y si el contenido es importante -y para mí lo es-, también la forma de presentarlo.

Por curiosidad profesional quería igualmente conocer desde dentro -y de principio a fin- cómo es el proceso de edición y publicación de una obra. Para ello, qué mejor manera que hacer uno mismo de conejillo de indias en ambos papeles: autor y editor.

Con la empresa de servicios editoriales contraté la composición y el diseño del libro electrónico, incluyendo servicios como la corrección de estilo, la corrección tipográfica, los diseños de portada e interior, así como la composición en los formatos epub y mobi (Kindle). El trabajo fue suyo, la supervisión de todo el proceso fue mía. Hubo un constante y rico intercambio de opiniones.

Me dejé aconsejar y aprendí mucho de Jaume Balmes (@jaumebalmes), responsable de El Taller Editorial, que desde el principio dejó claro que el editor era yo, y a mí me correspondía la decisión final sobre cada aspecto del proceso.

Uno de ellos -el registro de la obra en la Agencia del ISBN– fue sin embargo de mi entera responsabilidad, pues aunque no es estrictamente necesario sí es recomendable. El ISBN de los libros es como la matrícula de los coches, que identifica a cada uno de ellos, aunque en el caso de los libros debe ser distinto para las versiones en papel o digital. Obviamente, tanto los servicios editoriales que empleé como el número de ISBN tienen un coste, otro de los motivos para poder hablar en este caso de autoedición profesional.

El siguiente paso, la publicación en alguna tienda de libros on-line, es algo que acometí también en solitario. Aunque no es un proceso difícil sí es laborioso, además de que es el momento de fijar el precio. En mi caso subí directamente cada uno de los archivos a las librerías de Amazon y Kobo a través de sus correspondientes plataformas de autopublicación: Kindle Direct Publishing y Kobo Writing Life. Hay que estar atento y completar cada paso con cuidado. Si todo está bien hecho el libro aparecerá en la tienda entre las 48 ó 72 horas siguientes, si bien en el caso de Amazon el libro estaba disponible a las 24 horas de completar el proceso.

Apóstoles intrépidos «ya está en la calle» y se puede adquirir en ambas librerías, aunque esto por sí mismo no garantiza ninguna venta. Al ser un libro electrónico autoeditado la distribución tradicional y su exposición en librerías físicas obviamente no existe.

Dar visibilidad a la obra en el mundo virtual es una tarea imprescindible: lo que no se ve no existe. Por eso no voy a ocultar que este mismo post forma parte de la modesta «campaña de promoción» que como autor y editor he puesto en marcha para incentivar las ventas, al igual que el Blog y la página de Facebook que he creado. También como experimentación y aprendizaje, pues no se trata de hacer negocio sino de intentar al menos recuperar parte de la inversión.

En cualquier caso, navegar por todo el proceso de escritura y edición ha sido realmente interesante. Uno de los objetivos era aprender, y he aprendido. También disfrutar, y he disfrutado. Y aunque al principio dije que no soy escritor ni editor nada impide que no lo sea en un futuro. Alguna de las dos cosas o ambas a la vez. El tiempo lo dirá.

P.D.- Si te interesa conocer el resultado, puedes comprar el libro en Amazon haciendo clic aquí o en Kobo haciendo clic aquí. Y que no se me olvide: Feliz 2015 para todos los seguidores de La Palabra Infinita.

¿Quién se atreve a ser Cervantes?

Firma de MIGUEL DE CERVANTES

Rúbrica de Miguel de Cervantes (1547-1616).

Leyendo «Letra herida» (Alfaguara, 1998), un conjunto de ensayos, apuntes íntimos, relatos y reflexiones sobre literatura de la escritora Nuria Amat (Barcelona, 1950), no he podido resistirme a transcribir uno de estas piezas, que ella titula Contra lo correcto. Aun escrito hace ya algunos años -en el siglo pasado concretamente- me ha parecido que, quizá, pocas cosas han cambiado desde entonces. Juzguen ustedes.

«Cuando se habla de escritores da la impresión, a veces, de estar asistiendo a una competición hípica. Con todo mi respeto hacia los caballos, los escritores se transforman en altas cabezas sagradas más preocupadas por la velocidad de la carrera que por la elegancia, música y majestuosidad del paso.

Los editores, resignados muchos de ellos a la ley de todo vale, se convierten en agresivos corredores de apuestas, azuzados por los periodistas ávidos de manjar y premio. Comunicadores y gremios universitarios los preferirán jóvenes, mujeres, étnicos, gays, jubilados. Todo varía y depende. Todo vale. La puja del mercado obliga a las etiquetas. El escritor, con sus orejeras puestas, ya no sabe si lo importante es participar en la competición u observar el espectáculo desde la barrera y dejar que escriban otros. Lo oportuno sería abandonar al escritor tranquilo y salvaje en su zoo particular comiendo pasto y masticando sueños. Al fin y al cabo, un escritor puede ser cualquier cosa menos un animal doméstico.

Mientras tanto, el crítico masculla para la posteridad su demoníaco canon literario.

Con semejante panorama, ¿quién se atreve a ser Cervantes?»

El escritor es un señor que compra tomates

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«El escritor suele ser visto por los lectores como un ser mitológico, que realiza complejos sortilegios abracadabrantes en completa soledad, a resulta de los cuales se produce una obra que por arte de birlibirloque aparece en las estanterías cada cierto tiempo. La distancia, la menor exposición del escritor ante la opinión pública -que decrece a diario, puesto que los escritores no venden periódicos ni revistas, ni suben la audiencia-, y el cariño por la obra multiplican la importancia del autor a los ojos del lector».

«Sin embargo, la realidad es más descarnada y sencilla. Un escritor es un señor normal y corriente que lleva una vida normal y corriente. Va al supermercado, compra los tomates, se sube a casa y se sienta delante de un ordenador, amontonando palabras de la mejor forma que puede, intentando cumplir con la fecha de entrega que le ha impuesto la editorial. No es muy distinto de cualquiera de ustedes. No trata a diario con grandes estrellas de Hollywood, como un director, ni tiene dones especiales que deslumbren a distancia, como un cantante o un actor de cine. Suele ser un individuo gris, en ocasiones apocado, y en el 90 por ciento de los casos que yo conozco, entre los que me incluyo, ni siquiera es un buen orador».

Pero, y esta es una conjunción importante, cuando sus dedos tocan un teclado pasan cosas.

Se generan ideas que transforman vidas, surgen mundos en que vivirlas, nuevos universos aparecen de la nada. Hay una ingente cantidad de talento, de trabajo y de esfuerzo consciente para alcanzar ese resultado, pero siempre queda una parte que ningún autor puede comprender. Un hechizo incomprensible, una magia extraña, un juego de la mente, llámenlo como gusten. Quien ha escrito conoce esos momentos escasos pero especiales en los que las palabra surgen de ninguna parte.

«Y cuando la magia termina y la ficción ha sido enviada a la editorial para su empaquetado, el señor vuelve a comprar sus tomates, a limpiarse los zapatos y a hacer la colada. Va al fútbol, a buscar a sus hijos al colegio o a colgar unas cortinas a casa de su cuñado».

Fragmento de un artículo (El juego de Orson) de Juan Gómez-Jurado en ABC Cultural donde se pregunta qué es más importante, si el autor o la obra.

La vida se vive, no se escribe

Herta Müller nació el 17 de agosto de 1953 en Niţchidorf (Rumanía).

Herta Müller nació el 17 de agosto de 1953 en Niţchidorf (Rumanía).

«No sé muy bien por qué escribe uno. No siempre he creído en ello, pero a pesar de todo, lo hago, posiblemente para ayudarme a mí misma, para encajar tantas cosas, enfrentarme a tantas cosas. Es un trabajo terriblemente duro, porque es artificial completamente».

La vida se vive, no se escribe, afortunadamente. Y la vida no espera a que tú la hayas descrito o apuntado, afortunadamente.

«Yo, de alguna forma, intento llevar lo uno a lo otro, fundir lo uno con lo otro. Pero trasladar lo vivido a la palabra es un proceso totalmente artificial, y es algo que me da miedo de vez en cuando, y al mismo tiempo siento adicción por ello. Es muy complejo. Algo parece que me obliga a hacerlo, y es aquello que te da miedo, aquello que crees que no eres capaz de hacer».

Herta Müller -Premio Nobel de Literatura 2009- en la entrevista de Laura Revuelta (@laamigade) publicada en ABC Cultural.

Si una noche de inverno un viajero

Si una noche de invierno un viajero_Italo Calvino

Dice Italo Calvino (1923-1985) que en este libro –Si una noche de inverno un viajero (publicado en 1979)- llevó hasta el extremo el intento de escribir novelas «apócrifas», imaginando que están escritas por un autor que no es él mismo y que no existe. Y añade: «Es una novela sobre el placer de leer novelas; el protagonista es el lector, que empieza diez veces a leer un libro que por vicisitudes ajenas a su voluntad no consigue acabar. Tuve que escribir, pues, el inicio de diez novelas de autores imaginarios, todos en cierto modo distintos de mí y distintos entre sí».

Después es también el propio Calvino quien, en uno de los textos incluídos, en boca de uno de sus personajes -escritor-, ofrece alguna clave sobre el comienzo de los libros:

La fascinanción novelesca que se da en estado puro en las primeras frases del primer capítulo de muchísimas novelas no tarda en perderse al continuar la narración: es la promesa de un tiempo de lectura que se extiende ante nosotros y que puede acoger todos los desarrollos posibles. Quisiera escribir un libro que fuese sólo un incipit, que mantuviese en toda su duración la potencialidad del inicio, la espera aún sin objeto. Pero ¿cómo podría estar construido, semejante libro? ¿Se interrumpiría después del primer párrafo? ¿Prolongaría indefinidamente los preliminares? ¿Ensamblaría un comienzo de narración con otro, como Las mil y una noches?

Supe que después de la aventura de leer El barón rampante, una de sus novelas más conocidas, volvería a encontrarme con Calvino. Y aunque Si una noche de inverno un viajero es otro tipo de novela (¡!) -una novela sobre las novelas y sus lectores-, es muy recomendable para aquellos a quienes interese el hecho de la escritura y se sientan verdaderos protagonistas como lectores.

Cada nuevo libro que leo entra a formar parte de ese libro total y unitario que es la suma de mis lecturas.

La novela como un magnetófono a orillas del camino. Miguel Delibes

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Miguel Delibes tras un paseo en bicicleta por los parajes del Pinar de Antequera. Fotografía: Centro Virtual Cervantes.

Los cambios operados en la novela de los últimos cincuenta años son considerables. Y si algunos pueden obedecer al capricho o a la moda y, en tal sentido, van y vuelven, como las faldas largas o cortas, otros, por ser fruto de una reflexión profunda, acaban adquiriendo carta de naturaleza, porque, como dice Bernard Pingaud, «los novelistas de todos los tiempos buscan la manera de dar la imagen más verdadera del suyo». Y uno de estos cambios, a mi entender irreversible, es éste:

El novelista actual considera impertinente su intromisión en la trama, y, entonces, para hacer su novela más verosímil opta por salir de ella.

No hace muchos años, la presencia del novelista en la narración era inevitable. El narrador era un ser ubicuo y omnipotente. No solo dirigía a los personajes, sino que además juzgaba e interpretaba sus actos; sabía más que ellos y se vanagloriaba de su sabiduría ante los ojos del lector a quien exhortaba frecuentemente con interpolaciones subjetivas: «Dejamos a nuestro héroe…», o bien, «dedicaremos unas líneas a Fulanito de Tal que ha de jugar un papel importante en el curso de esta historia», o bien «¡Qué lejos estaba Mengano de sospechar que era esta la última vez que vería a Zutano». En una palabra, el novelista participaba de las inquietudes y sentimientos de sus criaturas y, además, se permitía el lujo de anticiparnos sus destinos. En nuestro días, el novelista, se muestra más modesto. Movido por un sentimiento de pudor adopta dos decisiones: no inmiscuirse en las acciones que relata y respetar la intimidad de sus personajes. Se refuerza así la posición objetiva del narrador que, más o menos acusada, domina en la novela moderna. Esta actitud se extrema a veces de forma que el novelista, mediante un enfoque externo, no capte ni comunique al lector más de lo que captaría y comunicaría al espectador una cámara cinematográfica. El autor ya no solo renuncia al derecho de vaticinar el futuro de sus criaturas sino que, en ocasiones, ni siquiera las define. Son ellas mismas, a través de sus palabras y conducta, conforme preconiza Ortega, las que nos dicen cómo son.

De este modo el subjetivismo narrativo va pasando a la historia. Aun puede darse -y de hecho se da con relativa frecuencia- una presencia orientadora, más o menos solapada, del autor en la obra, pero no se trata en ningún caso del gobierno autocrático de antaño. La objetividad empieza a manifestarse en España en la novela de posguerra, se acentúa con la irrupción del grupo behaviorista, y llega a extremos de auténtico virtuosismo con la publicación, en 1956, de la admirable novela de Sánchez Ferlosio, El Jarama.

En este ejercicio límite de novela objetiva, el autor crea su mundo, le infunde vida y, luego, discretamente, se coloca al margen.

José María Castellet anotó en su día que este cambio de orientación no obedecía a la moda sino a una serie de razones históricas, culturales y sociales a las cuales la literatura no era ajena. Y no le faltaba razón. El novelista empieza a perder autoridad sobre sus personajes al tiempo que se debilita la del padre sobre los hijos, la del maestro sobre los discípulos o la del capitán frente a sus soldados. El novelista que aspira a ser fiel a su tiempo, no debe entrometerse en la acción, sino limitarse a constatar los actos y conversaciones de sus personajes. El lector descubrirá el sentido del problema planteado a través de las acciones y diálogos que el novelista le brinda.

La novela, por tanto, al tiempo que un espejo empieza a ser un magnetófono a orillas del camino.

 Miguel Delibes, «Pegar la hebra» (Novela divertida y novela interesante), 1990.

 

El inspector que ordeñaba vacas

No hay título ni certificado alguno que otorgue la condición de escritor. Ni de escritor en el sentido general y más amplio ni de escritor de cualquiera de las especialidades posibles: escritor de poesía, de ciencia ficción o de ensayo, por ejemplo. Por eso cualquiera que quiera escribir y tenga algo interesante que contar puede convertirse en escritor -sin olvidar nunca la delgada línea que hay entre redactar y escribir-, pero aún así son muy pocos los que logran hacer de la escritura su forma de sustento. Hay profesionales de muchos sectores que sienten la llamada de la escritura pero que por supuesto siguen siendo abogados, veterinarios (el caso de mi amigo Gonzalo Giner), arquitectos, historiadores o policías. Y existen también empresas que aun no siendo editoriales compran libros para regalar a sus clientes.

Pues bien, toda esta introducción sirve para contar que mi última lectura de 2013 fue «El inspector que ordeñaba vacas», precisamente la primera novela de un policía, el inspector jefe Luis J. Esteban Lezáun (Zaragoza, 1972), que me envió una consultora de comunicación –Inforpress– como regalo de Navidad, con unas cubiertas diferentes donde poner su sello.

Algo había escuchado sobre el éxito de la novela de cierto policía, pero no era desde luego el tipo de libro que yo hubiera comprado, ni por esa circunstancia y porque tampoco soy lector habitual de novela policíaca. El caso es que pensé que merecía una oportunidad: no tenía lectura a la vista, sería con toda seguridad una lectura ligera y, esto sí me ocurre siempre, siento una enorme curiosidad por los primeros trabajos de autores noveles. Y también porque me parece que un libro que no encuentra lector no llega a cumplir la misión para la que fue creado.

Dos por uno

Lo que leí me sorprendió y superó mis expectativas. Luis J. Esteban ofrece dos historias paralelas: el caso de corrupción y pederastia a resolver por el inspector jefe Ignacio Azcona, responsable de la sección de Estupefacientes de la Brigada Judicial de Barcelona, cuya determinación le lleva a romper una relación afectiva y afrontar una nueva vida escondido en una granja en el sur de Brasil. La tensión que acarrea la investigación hace que el inspector Azcona -y aquí el autor fuerza la verosimilitud del argumento para encajar la segunda historia- acuda como paciente invitado a las reuniones del denominado Club de Estudio del Equilibrio Emocional. Esto es lo que da pie al autor, en las sucesivas sesiones del club que describe conforme avanza el caso, a demostrar sus conocimientos -no sé si propios o adquiridos para la ocasión- sobre psicología y coaching. Así, el protagonista se someterá a un programa centrado en tres tareas: «lograr un cuerpo sano, construir una mentalidad positiva y forjar un espíritu vigoroso».

Ambos hilos argumentales, el caso policíaco y las sesiones de coaching, forman una extraña combinación (¿verdad?), si bien una vez que el autor admite el artificio todo funciona mejor. La historia policiaca, con elementos propios del género -un confidente, policías corruptos, una banda de rusos o un policía vocacional- engancha, está bien construida y dosificada. La otra parte de “manual para una vida feliz” podría haber funcionado como tal de forma separada, porque ni siquiera el autor disimula esta cuña didáctica empleando otro lenguaje que no sea el académico puesto en boca de unos supuestos especialistas.

La conclusión es que quien lea El inspector que ordeñaba vacas se lleva un auténtico «dos por uno», aunque a mí me gustaría que Luis J. Esteban se centrara, en una segunda novela, únicamente en un caso policíaco. Tiene el conocimiento y los mimbres para hacer un buen producto. Y si llega esa segunda novela, me tendrá otra vez como lector.