Lisboa y la vida

Libro-de-crónicas

Portugal y España, que comparten 1214 kilómetros de frontera (conocida de forma coloquial como La Raya, o A Raia en portugués), fueron una vez parte de la monarquía hispánica en aquel imperio en el que no se ponía el sol. En la actualidad, cuando ambos países forman parte de la Unión Europea y comparten la misma moneda (adiós a escudos y pesetas), y dos de los más famosos futbolistas del mundo juegan cada uno en campo contrario (sí, Cristiano Ronaldo en el Real Madrid e Iker Casillas en el Oporto), el sueño de unir Madrid y Lisboa con un tren de alta velocidad sigue siendo eso, solo un sueño. Quizá una señal de que somos dos vecinos bien avenidos pero que prefieren seguir viviendo de espaldas.

Por eso creo que a pesar de que a los españoles nos gusten sus vinos, sus playas, sus ciudades o sus fados, la conexión entre ambos países –como la del AVE– no es todavía plena. Me refiero a una conexión emocional sin complejos, que descarte recelos y prejuicios en los dos lados.

Algo así intuía ya Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935) –que por cierto solo viajó a España una vez para visitar las Islas Canarias–, cuando hacía referencia al mito de Iberia:

Se diría que los dos países se han dado cuenta por fin del hecho aparentemente evidente de que una frontera, si separa, también une, y que si dos naciones vecinas son dos por ser dos, pueden moralmente ser casi una por ser vecinas.

Para activar al menos esa conexión emocional valdría al menos algo tan simple como leernos los unos a los otros. Una buena forma de hacerlo, seguro que hay muchas más, es empezar por el «Libro de crónicas» de António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), el escritor que afirma que sus libros «nacen de la basura».

Crecí en los suburbios de Lisboa, en Benfica, por aquel entonces pequeñas quintas, travesías, casas bajas, oyendo a las madres que llamaban a la hora del crepúsculo.

Este ha sido mi bautizo lector con Lobo Antunes antes de sumergirme en alguna de sus novelas (creo que empezaré por la primera, Memoria de elefante, publicada en 1979). El libro, que recoge los artículos publicados por el escritor desde 1993, y durante cinco años, para el diario O Publico portugués, está constituido por piezas de no más de dos o tres páginas, como teselas de un bello mosaico que cobran mayor belleza en su conjunto. Leer sus crónicas es ver pasar Lisboa y la vida a través de los ojos de un auténtico orfebre de la escritura.

Nunca me di cuenta de cuando se deja de ser pequeño para convertirse en mayor. Probablemente cuando la pariente rubia comienza a ser mencionada, en portugués, como la desvergonzada de Luísa. Probablemente cuando sustituimos los paraguas de chocolate por bistecs bárbaros. Probablemente cuando nos empieza a gustar ducharnos. Probablemente cuando nos ponemos tristes. Pero no estoy seguro: no sé si soy mayor.

En espera del AVE, la literatura también sirve para tender puentes, invisibles pero sólidos y muy duraderos.

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