El escritor es un señor que compra tomates

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«El escritor suele ser visto por los lectores como un ser mitológico, que realiza complejos sortilegios abracadabrantes en completa soledad, a resulta de los cuales se produce una obra que por arte de birlibirloque aparece en las estanterías cada cierto tiempo. La distancia, la menor exposición del escritor ante la opinión pública -que decrece a diario, puesto que los escritores no venden periódicos ni revistas, ni suben la audiencia-, y el cariño por la obra multiplican la importancia del autor a los ojos del lector».

«Sin embargo, la realidad es más descarnada y sencilla. Un escritor es un señor normal y corriente que lleva una vida normal y corriente. Va al supermercado, compra los tomates, se sube a casa y se sienta delante de un ordenador, amontonando palabras de la mejor forma que puede, intentando cumplir con la fecha de entrega que le ha impuesto la editorial. No es muy distinto de cualquiera de ustedes. No trata a diario con grandes estrellas de Hollywood, como un director, ni tiene dones especiales que deslumbren a distancia, como un cantante o un actor de cine. Suele ser un individuo gris, en ocasiones apocado, y en el 90 por ciento de los casos que yo conozco, entre los que me incluyo, ni siquiera es un buen orador».

Pero, y esta es una conjunción importante, cuando sus dedos tocan un teclado pasan cosas.

Se generan ideas que transforman vidas, surgen mundos en que vivirlas, nuevos universos aparecen de la nada. Hay una ingente cantidad de talento, de trabajo y de esfuerzo consciente para alcanzar ese resultado, pero siempre queda una parte que ningún autor puede comprender. Un hechizo incomprensible, una magia extraña, un juego de la mente, llámenlo como gusten. Quien ha escrito conoce esos momentos escasos pero especiales en los que las palabra surgen de ninguna parte.

«Y cuando la magia termina y la ficción ha sido enviada a la editorial para su empaquetado, el señor vuelve a comprar sus tomates, a limpiarse los zapatos y a hacer la colada. Va al fútbol, a buscar a sus hijos al colegio o a colgar unas cortinas a casa de su cuñado».

Fragmento de un artículo (El juego de Orson) de Juan Gómez-Jurado en ABC Cultural donde se pregunta qué es más importante, si el autor o la obra.

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