La novela como un magnetófono a orillas del camino. Miguel Delibes

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Miguel Delibes tras un paseo en bicicleta por los parajes del Pinar de Antequera. Fotografía: Centro Virtual Cervantes.

Los cambios operados en la novela de los últimos cincuenta años son considerables. Y si algunos pueden obedecer al capricho o a la moda y, en tal sentido, van y vuelven, como las faldas largas o cortas, otros, por ser fruto de una reflexión profunda, acaban adquiriendo carta de naturaleza, porque, como dice Bernard Pingaud, «los novelistas de todos los tiempos buscan la manera de dar la imagen más verdadera del suyo». Y uno de estos cambios, a mi entender irreversible, es éste:

El novelista actual considera impertinente su intromisión en la trama, y, entonces, para hacer su novela más verosímil opta por salir de ella.

No hace muchos años, la presencia del novelista en la narración era inevitable. El narrador era un ser ubicuo y omnipotente. No solo dirigía a los personajes, sino que además juzgaba e interpretaba sus actos; sabía más que ellos y se vanagloriaba de su sabiduría ante los ojos del lector a quien exhortaba frecuentemente con interpolaciones subjetivas: «Dejamos a nuestro héroe…», o bien, «dedicaremos unas líneas a Fulanito de Tal que ha de jugar un papel importante en el curso de esta historia», o bien «¡Qué lejos estaba Mengano de sospechar que era esta la última vez que vería a Zutano». En una palabra, el novelista participaba de las inquietudes y sentimientos de sus criaturas y, además, se permitía el lujo de anticiparnos sus destinos. En nuestro días, el novelista, se muestra más modesto. Movido por un sentimiento de pudor adopta dos decisiones: no inmiscuirse en las acciones que relata y respetar la intimidad de sus personajes. Se refuerza así la posición objetiva del narrador que, más o menos acusada, domina en la novela moderna. Esta actitud se extrema a veces de forma que el novelista, mediante un enfoque externo, no capte ni comunique al lector más de lo que captaría y comunicaría al espectador una cámara cinematográfica. El autor ya no solo renuncia al derecho de vaticinar el futuro de sus criaturas sino que, en ocasiones, ni siquiera las define. Son ellas mismas, a través de sus palabras y conducta, conforme preconiza Ortega, las que nos dicen cómo son.

De este modo el subjetivismo narrativo va pasando a la historia. Aun puede darse -y de hecho se da con relativa frecuencia- una presencia orientadora, más o menos solapada, del autor en la obra, pero no se trata en ningún caso del gobierno autocrático de antaño. La objetividad empieza a manifestarse en España en la novela de posguerra, se acentúa con la irrupción del grupo behaviorista, y llega a extremos de auténtico virtuosismo con la publicación, en 1956, de la admirable novela de Sánchez Ferlosio, El Jarama.

En este ejercicio límite de novela objetiva, el autor crea su mundo, le infunde vida y, luego, discretamente, se coloca al margen.

José María Castellet anotó en su día que este cambio de orientación no obedecía a la moda sino a una serie de razones históricas, culturales y sociales a las cuales la literatura no era ajena. Y no le faltaba razón. El novelista empieza a perder autoridad sobre sus personajes al tiempo que se debilita la del padre sobre los hijos, la del maestro sobre los discípulos o la del capitán frente a sus soldados. El novelista que aspira a ser fiel a su tiempo, no debe entrometerse en la acción, sino limitarse a constatar los actos y conversaciones de sus personajes. El lector descubrirá el sentido del problema planteado a través de las acciones y diálogos que el novelista le brinda.

La novela, por tanto, al tiempo que un espejo empieza a ser un magnetófono a orillas del camino.

 Miguel Delibes, «Pegar la hebra» (Novela divertida y novela interesante), 1990.

 

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8 pensamientos en “La novela como un magnetófono a orillas del camino. Miguel Delibes

  1. Estoy de acuerdo en general. Ahora bien, el monólogo interior sería una manera sutil de intromisión del autor puesto que, evidentemente, es imposible que sea capaz -en la vida real- de leer los pensamientos de nadie salvo los suyos propios. Salud.

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    • También estoy de acuerdo contigo. Desde el momento en que el autor crea un texto lo hace inevitable e inseparablemente (creo) desde su conciencia, conocimiento y corazón. La objetividad a la que se refiera Delibes es la que sitúa al autor como notario de sus personajes, para permitir al lector -sin entrometerse en los juicios- que saque sus propias conclusiones. Un saludo.

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  2. Cierto es todo lo que dices. Otras de las consecuencias de ese cambio (casi más de “actitud” que de punto de vista, del novelista) es la creciente complejidad técnica la hora de decidirse (y ejecutar) por una u otra “focalización”. Mantener la coherencia en la raya divisoria entre autor y narrador o entre varios narradores exige una pericia técnica nada desdeñabla, sobre todo cuando se trata de novelas en las que fábula y trama se dilatan en el tiempo y viajan del pasado al presente o viceversa. Si la tecnica no se domina, los resultados son catastróficos.

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