La lámpara de barro. Antonio Colinas

Cristo crucificado. Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. Hacia 1632. Óleo (248 cm. x 169 cm.). Museo del Prado (Madrid).

Cristo crucificado. Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. Hacia 1632. Óleo (248 cm. x 169 cm.). Museo Nacional del Prado (Madrid).

PADRE NUESTRO que estás, como monte de oro,
en el prado de las eras.
Padre nuestro que ya estás trillando
dulcemente los ojos de los hombres
en las eras de tu ausencia:
ya hemos aceptado vivir en plenitud
no sólo porque has sido el sembrador de astros
sino porque tu nombre
lo pronuncian aquí ásperamente
la zarza y las heridas,
cada piedra y el cierzo.

Por esta fidelidad a la palabra,
Por este reino pobre que es la palabra
que tenemos entre los labios,
deberías acrecentarnos un día la otra vida
con tus tesoros.
Hemos ido haciendo tu voluntad
un siglo y otro siglo
(¿cuándo no fuimos una espiga frágil
bajo tus tormentas?)
y aunque nuestros hermanos nos segaran a veces
las horas de mansedumbre que sembramos,
seguiremos sembrando,
seguiremos sembrando.

Quizá no hemos sabido captar con piedad
el suficiente pan que nos has dado,
y qué difícil va a ser que nos perdones
nuestras deudas ocultas,
mas haz que sea fácil perdonar
a los que no han podido o no han querido
desprenderse del odio de esta vida.

Bajo esta noche inmensa, tan llena de secretos,
a los que debemos nuestra libertad,
aún intentamos no caer
en esa tentación tan fácil
de desear cuanto debemos.
Haz que el mal que nos queda pendiente,
que las pruebas últimas que nos reservas,
nos sepan a nada,
y así serán un día nuestras nadas tu todo.

Para los que seguimos buscando tus huellas
por la ceniza de los montes talados,
por los senderos nocturnos de espinos,
que venga a nuestro encuentro
tu lámpara de barro,
tu lucerna encendida.
Habrá llegado, al fin, la hora de mirarte a los ojos
desde las cuencas vacías de los nuestros.
(Aún así, te veremos.)
Y, ya en la sima oscura,
la palabra más fiel nos salvará por siempre,
pronunciaremos el más dulce ruego:
ábrenos a otra vida, siléncianos, remánsanos
en ese mar de luz o fuego blanco
del que nada sabemos,
del que todo esperamos.

Antonio Colinas. «Desiertos de la luz» (Tusquets, 2008).

 

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