La exuberancia de Madame Bovary

"A veces suprimo frases que me han costado días enteros".

“A veces suprimo frases que me han costado días enteros”.

Estaba en el cajón de fruta, junto a otros libros -algunos misales antiguos y textos de historia-, y me llamó la atención aquel volumen porque estaba encuadernado en un sencillo cartón color vino. En el lomo, escrito en letras doradas: GUSTAVE FLAUBERT. MADAME BOVARY. Fue lo que me llevé, por 3 euros, de aquella tienda de antigüedades que vende aperos de labranza, trillos y muebles viejos en Candelario, un precioso pueblo que se empina en la Sierra de Béjar (Salamanca).

Allí fue mi encuentro con un clásico que de otra manera no habría leído, como tantos otros que esperan encontrar a su lector. Un encuentro bastante menos glamuroso que el que tuvo Vargas Llosa, que compró la novela en una librería del barrio latino de París, y también con un resultado bastante diferente después de su lectura. Esperaba enamorarme perdidamente de Emma Bovary, como lo hizo el premio Nobel, y tuve la impresión de conocer a una mujer que no era mi tipo, un personaje que sufría de dudas y amor pero que a mí me parecía que no era de carne y hueso sino precisamente el estereotipo acartonado de la mujer atormentada de una novela romántica de fin de siglo. Comencé a leer sin ningún prejuicio pero terminé con la impresión de no haberme dejado «engañar» por Flaubert, de no haberme creído su personaje. No vibré como esperaba. Todo lo contrario al recuerdo que conservo de Teresa en la novela de Emile Zola –«Teresa Raquin»-, o de la magnífica Ana Ozores de «La Regenta», de Leopoldo Alas, con la que tantos puntos de semejanza han visto muchos.

En mi descargo, en el improbable caso de verme sometido a juicio por falta de sensibilidad literaria, podría alegar que aquellos días de Bovary fueron turbios días de lectura para mí por el trabajo y el cansancio, y que leer a pequeños sorbos no ayuda a captar y saborear en toda su plenitud los méritos de una novela «grande» como es Madame Bovary.

Nada personal contra Emma:

Emma era como toda las amantes, y al caer como un vestido el encanto de la novedad, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión, que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje.

Creía que el amor debía llegar pronto, con grandes resplandores y fulguraciones, huracán de los cielos que cae sobre sobre la vida, la sacude, arranca las voluntades como si fueran hojas y arrastra al abismo el corazón entero.

El rayo luminoso que subía directamente desde abajo tiraba del peso de su cuerpo hacia el abismo.

Y estaba seductora, con aquella mirada en la que temblaba una lágrima como el agua de una tormenta en un cáliz azul.

Ni nada personal contra su creador:

«Voy muy despacio -escribe Flaubert en una carta a Louis Bouilhet (Croisset, 7 junio 1855)-. Me cuesta un trabajo de mil demonios. A veces suprimo, al cabo de cinco o seis páginas, frases que me han costado días enteros. Me es imposible ver el efecto de ninguna antes de que esté terminada, rematada, limada. Es una manera de trabajar inepta, pero ¿qué hacer? Tengo la convicción de que las mejores cosas en sí son las que tacho. Sólo rechazando la exuberancia se logra efecto. Y esto es lo que me encanta, la exuberancia”.

Era a principios de abril, cuando se abren las primaveras, rueda sobre los arriates un viento tibio, y los jardines, como mujeres, parecen componerse para las fiestas del verano.

Estaba tan triste y tan serena, tan dulce y a la vez tan reservada, que, junto a ella, se sentía un encanto glacial, como ese estremecimiento que se siente en las iglesias bajo el perfume de las flores unido al frío de los mármoles.

La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.

P.D.- Terminé de leer Madame Bovary en el momento en que el vuelo de Lufthansa que me llevaba a Múnich posaba sus alas en la pista de aterrizaje.

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2 pensamientos en “La exuberancia de Madame Bovary

  1. La lucha del narrador consigo mismo (que muestras muy bien con la selección de citas y correspondencia) es, en mi opinión, lo que hace esta novela tan atractiva. Todos nos vemos alguna vez como Flaubert: con esa mezcla de amor, pasión, ira, entereza. El escritor rechaza una estética irracional, ilusoria, y enfrenta a ella un realismo mordaz. Sin embargo, al final, uno se queda con la sensación de que Flaubert se batía en retirada, acosado por la tentación de abrazar su propio absurdo, de nadar en las aguas del romanticismo y engañarse.

    Saludos.

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  2. He publicado dos o tres posts recientes en mi blog sobre el asunto de las adúlteras noveleras, e incluso comparado Madame Bovary con Anna Karénica y La Regenta, y comparto varias de tus sensaciones.
    Quizá buena parte de la tensión narrativa de Madame Bovary resida justamente en ese desequilibro interno entre la ingenuidad romántica (y un tanto vulgar) de la protagonista y la frialdad escéptica de cirujano del narrador. Madame Bovary, ce n’etait pas lui!

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