De cómo Vargas Llosa se enamoró de Emma Bovary

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Mientras leo «Madame Bovary», de Gustave Flaubert, en una edición de Círculo de Lectores prologada por Mario Vargas Llosa, me ha parecido oportuno rescatar -por curioso y revelador- algún retazo de lo que escribe.

Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido.

«Aunque es verdad que cuando personajes de ficción y seres humanos son presente, contacto directo, la realidad de estos últimos prevalece sobre la de aquellos -nada tiene tanta vida como el cuerpo que se puede ver, palpar-, la diferencia desaparece cuando ambos tornan a ser pasado, recuerdo, y con ventaja considerable para los primeros sobre los segundos, cuya delicuescencia en la memoria es sin remedio, en tanto que el personaje literario puede ser resucitado indefinidamente, con el mínimo esfuerzo de abrir las páginas y detenerse en las líneas adecuadas».

En esa «pandilla de fantasmas amigos», como denomina Vargas Llosa a sus personajes favoritos, «ninguno más persistente y con el cual haya tenido una relación más claramente pasional que Emma Bovary».

Él mismo nos recuerda cómo fue su encuentro con el personaje de la novela de Flaubert. «El primer recuerdo que tengo de Emma Bovary es cinematográfico. Era 1952, una noche de verano ardiente, un cinema recién inaugurado en la Plaza de Armas alborotada de palmeras de Piura: aparecía James Mason encarnando a Flaubert, Rodolphe Boulanger era el espigado Louis Jordan y Emma Bovary tomaba forma en los gestos y movimientos nerviosos de Jennifer Jones».

La impresión no debió ser tan grande porque la película no me incitó a buscar el libro pese a que, precisamente en esa época, había empezado a leer novelas de manera desvelada y caníbal.

Fue más tarde cuando el premio Nobel quedó prendado de la novela y su personaje. «En el verano de 1959 llegué a París con poco dinero y la promesa de una beca. Una de las primeras cosas que hice fue comprar, en una librería del barrio latino, un ejemplar de Madame Bovary en la edición de Clásicos Garnier. Comencé a leerlo esa misma tarde, en un cuartito del Hotel Wetter, en las inmediaciones del Museo Cluny. Ahí empieza de verdad mi historia. Desde las primeras líneas el poder de persuasión del libro operó sobre mí de manera fulminante, como un hechizo poderosísimo. Hacía años que ninguna novela vampirizaba tan rápidamente mi atención, abolía así el contorno físico y me sumergía tan hondo en su materia. A medida que avanzaba la tarde, caía la noche, apuntaba el alba, era más efectivo el trasvasamiento mágico, la sustitución del mundo real por el ficticio».

Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona.

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4 pensamientos en “De cómo Vargas Llosa se enamoró de Emma Bovary

  1. “Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona”… cita Don Mario, y yo le añadiría… “hay personas que tienen la suerte de ser elegidas por los libros, no sabes bien cómo, de repente, un día, te atrapa un título en una librería, o quizás, mejor aún, te conquista un pequeño post en un blog, y te dispones a buscar ese libro recomendado, y a dejarle que arañe algunos ratos a tus días…

    En suma, una suma de razones. Gracias, Javier.

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  2. Querido Javier, ahí va uno de mis fragmentos favoritos (el que te mencioné en nuestra última comida). Espectacular el último párrafo. Pura literatura. Un abrazo y buen fin de semana:
    “Algunos hombres, unos quince, de veinticinco a cuarenta años, que se movían entre las parejas de baile o charlaban a la entrada de las puertas, se distinguían de la muchedumbre por un aire de familia, cualesquiera que fuesen sus diferencias de edad, de atuendo o de cara.
    Sus trajes, mejor hechos, parecían de un paño más suave, y sus cabellos peinados en bucles hacia las sienes, abrillantados por pomadas más finas. Tenían la tez de la riqueza, esa tez blanca realzada por la palidez de las porcelanas, los reflejos del raso, el barniz de los bellos muebles, y que se mantiene lozana gracias a un régimen discreto de alimentos exquisitos. Su cuello se movía holgadamente sobre sus corbatas bajas; sus patillas largas caían sobre cuellos vueltos; se limpiaban los labios con pañuelos bordados con una gran inicial y que desprendían un perfume suave. Los que empezaban a envejecer tenían aspecto juvenil, mientras que las caras de los jóvenes ostentaban un aire de madurez. En sus miradas indiferentes flotaba el sosiego de las pasiones diariamente satisfechas; y, a través de sus maneras suaves, se manifestaba esa brutalidad particular que comunica el dominio de las cosas medio fáciles, en las que se ejercita la fuerza y se recrea la vanidad, el manejo de los caballos de raza y el trato con las mujeres perdidas.”

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  3. Javier, nos cuentas la opinión y el sentir de Mario: «Aunque es verdad que cuando personajes de ficción y seres humanos son presente, contacto directo, la realidad de estos últimos prevalece sobre la de aquellos -nada tiene tanta vida como el cuerpo que se puede ver, palpar-, la diferencia desaparece cuando ambos tornan a ser pasado, recuerdo, y con ventaja considerable para los primeros sobre los segundos, cuya delicuescencia en la memoria es sin remedio, en tanto que el personaje literario puede ser resucitado indefinidamente, con el mínimo esfuerzo de abrir las páginas y detenerse en las líneas adecuadas».

    Pero tan sólo puedo discrepar… ¿Con ventaja considerable para los primeros? ¿Un recuerdo inconsistente, sin vigor, decadente? Gracias por hacerme consultar lo que delicuescencia en la memoria significa.
    Inconsistente… tal vez, pero ¿sin vigor y decadente un recuerdo de un ser humano? En mi memoria, como en la de todos nosotros, se esconden recuerdos tanto de personajes de ficción como de seres humanos, ambos conviven de manera pacífica pero si se entablara una batalla entre ellos sin duda ganarían los seres humanos.
    El recuerdo de los seres humanos cuenta con la ventaja de haber sido en algún momento cuerpo palpable que, como bien remarca Mario, nada tiene tanta vida. Y cuando se torna pasado, nada nos impide resucitarlo indefinidamente, no con la apertura de un libro, pero sí con la relectura de una carta, sumergiéndote en una melodía, o cerrando los ojos para recordar o incluso si queremos para soñar despiertos con una realidad tergiversada, y tal vez incluso con la posibilidad de que deje de ser pasado y traerlo al presente.
    Nada tan poderoso en mi memoria como el hechizo de un ser humano sea presente o pasado.

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  4. Qué bonito. Espero que me pase algo parecido cuando me ponga con esa novela. Por ahora, he decidido que primero quiero leerme La Regenta y luego Madame Bovary.
    En realidad, lo que me llamaba del título de la entrada era que el prólogo era de Mario Vargas Llosa porque en mi edición de Los Miserables el prólogo también era de él, y aunque no debió quedar tan encantado con la obra como en este caso, me pareció muy acertado su análisis de Víctor Hugo, y tenía curiosidad por saber qué pondría en este caso.

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