Volver al Murakami del chico sin color

los-anos-de-peregrinacion-del-chico-sin-color-9788483837443«Los años de peregrinación del chico sin color» es un título demasiado largo para encabezar esta misma entrada. Por eso he preferido titular por su autor, Haruki Murakami (Kioto, 1949), y el hecho de regresar a la lectura de uno de sus libros. Tenía cierto empacho de Murakami, lo confieso, mezclado con algo de decepción después de leer la primera parte de 1Q84. Pero también porque no me gusta la reverencia y el fanatismo que muchos de sus lectores y, en gran parte los medios de comunicación, le dispensan. Por eso puse algo de distancia en espera de encontrar una nueva oportunidad; y esa oportunidad llegó en forma de regalo, lo que de alguna manera salvaba mi dignidad: quería volver a Murakami pero no ser yo quien diera el paso. Como intuía, la espera ha merecido la pena.

Pareciera que cuando uno comparte un tesoro -hasta entonces casi exclusivo- con multitud de personas, su valor fuera menor y por lo tanto se despojara de toda importancia. Dicho de otra forma, el hecho de banalizar lo que tiene éxito y al convertirse en popular pierde su carácter elitista y reservado, es lo que le sucede a los escritores que, como Murakami, han conseguido reclutar un extensísimo ejército de lectores. Un sentimiento que explica y combate Emma Rodríguez (@emrobeltran) en Lecturas sumergidas, en una entrada cuyo título –‘Encantada de ser una lectora más de Haruki Murakami’– no deja lugar a ninguna duda:

¿Por qué no alegrarnos de que algunas veces la buena literatura, la que indaga, la que profundiza en el ser humano, la que plantea preguntas, llegue a un gran número de gente, independientemente de las apetencias de cada cual? ¿Por qué no alegrarnos de que Auster o Murakami hayan sido capaces de tocar las fibras sensibles de hombres y mujeres en todo el mundo, teniendo en cuenta, además, que sus literaturas no son banales ni de lejos pueden considerarse best-sellers prefabricados, convencionales?

Si hay un autor con un sello personal claramente marcado, ese es, sin duda, el escritor japonés: «Murakami ha dado un giro a las letras niponas, las ha aderezado con un toque occidental sin olvidar ciertos rasgos que lo conectan con la tradición, al tiempo que ha abierto las puertas a un mundo onírico, irreal, lejos de la lógica, que en cierto modo atrapa el sentimiento permanente de pérdida y de búsqueda de sentido del hombre contemporáneo», explica Emma Rodríguez.

No hay duda de que es así aunque quizá Los años de peregrinación del chico sin color, aun sin perder sus señas de identidad, es una novela menos fantástica y más terrenal. Tsukuru Takazi es el protagonista, ese chico sin color que en su adolescencia sufre el rechazo repentino y rotundo, sin explicación, de sus cuatro amigos inseparables. Dieciséis años después, viviendo solo en Tokio y trabajando como ingeniero que diseña y construye estaciones de tren, quiere conocer las razones de aquella separación, por lo que se decide a buscar y visitar a sus antiguos amigos. A su alrededor, Murakami sitúa los personajes, los paisajes, el tempo y los temas que son marca de la casa: la soledad, la muerte, la pérdida de la juventud, el suicidio o los interrogantes sobre la vida. Y lo hace -marca de la casa- de una forma que atrapa y obliga a seguir leyendo. Me gustó especialmente la forma en que retrata y hace pensar a su protagonista:

– ¿Cómo decirlo? Era como si de pronto, en alta mar, me hubiesen arrojado por la borda en plena noche. -Al instante, Tsukuru se dio cuenta de que era lo que le había dicho Aka en Nagoya. Hizo una pausa antes de continuar-: Lo que no sé es si alguien me empujó o caí yo solo. El caso es que el barco siguió su rumbo y yo me quedé en el agua fría y oscura viendo cómo las luces de la cubierta se alejaban a toda velocidad. Nadie en el barco, ni los pasajeros ni la tripulación, sabía que había caído al mar. No tenía a lo que agarrarme. Todavía a veces revivo el pánico que sentí en esa época. El miedo a que de pronto se hubiera negado mi existencia y a verme solo en el mar, de noche, sin saber siquiera por qué me habían arrojado.

Es una buena novela aunque no la mejor, desde luego no a la altura de la sorprendente Tokio Blues o la fantástica Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Con todo, Murakami es un valor seguro, y este chico sin color también lo es. Quien me hizo este regalo, acertó de pleno.

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