Los jefes y Los cachorros

© La Palabra Infinita

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Reconozco que siento cierta predilección por Vargas Llosa, como escritor desde luego pero también como persona, y sobre esto último no estrictamente por sus ideas o posiciones políticas -muchas veces lo único que sirve para engrandecer o denostar a un escritor-, sino porque me parece una figura muy singular: una persona normal, cercana y muy afable; que vive de, por y para la literatura. Un auténtico artesano en su oficio y, al mismo tiempo, un caballero de las letras (de vez en cuando me gusta volver a su discurso de aceptación del Premio Nobel de 2010: Elogio de la lectura y la ficción). Un autor consagrado y de muchos registros del que, sin embargo, siempre hay algo que aprender o algo que te puede sorprender.

Un ejercicio que me gusta mucho es leer las primeras obras de este tipo de autores, los textos de cuando no eran nadie, de cuando nadie había escuchado hablar de ellos, de cuando también a ellos les era difícil publicar. Lo he hecho con Saramago -leyendo Claraboya– y quería hacer lo mismo con Vargas Llosa leyendo «Los jefes», su primer libro de relatos publicado en 1957, cuando aun la fama de La ciudad y los perros o La casa verde no le había llegado.

Y lo he leído en un volumen de la Biblioteca Vargas Llosa (Alfaguara) donde aparece junto a otro relato o novela corta, «Los cachorros», publicado diez años después. En ambos casos, son relatos que nos hablan de adolescentes que descubren el mundo y se lo quieren comer. De amigos del colegio o del barrio que forman bandas o pandillas y que se reúnen a beber y a pavonearse entre ellos o delante de las chicas. Historias urbanas de juventud que suceden – a mediados del siglo pasado- en Lima, en los lugares transitados muchas veces por Vargas Llosa en su literatura: el parque Central de Miraflores, San Isidro, el parque Salazar, la avenida Pardo, la Plaza San Martín, La Herradura, o el Malecón de Chorrillos y la playa.

Todas son piezas sobresalientes pero en Los jefes marqué como especiales El hermano menor o Día domingo.

La pequeña playa hervía de animación desde la mañana hasta el crepúsculo. Ahora el agua ocupaba el declive y no había sombrillas de colores vivísimos, ni muchachas elásticas de cuerpos tostados, no resonaban los cuerpos melodramáticos de los niños y las mujeres cuando una ola conseguía salpicarlos antes de regresar arrastrando rumorosas piedras y guijarros, no se veía ni un hilo de playa, …

Los cachorros es un relato delicioso que tiene por protagonista al joven Cuéllar, apodado Pichulita después de un desgraciado percance, que disfruté tanto por sus peripecias como por las resonancias de ese otro español tan español como es el nuestro:

Que se escogiera una hembrita y le cayera, le decíamos, te haremos el bajo, lo ayudaríamos y nuestras enamoradas también.

Espiando a la disimulada a las parejas que tiraban plan.

Así serían cinco parejas y saldrían a la patota todo el tiempo.

Tardamos una semana en hacerlos amistar.

En el Malecón de Chorrillos un cachaco los paró, íbamos a más de cien…

Ceniceros repletos de puchos

Cholitos que te lustran los zapatos en la plaza San Martín.

A partir de estos relatos, escritos por aquel joven futuro Premio Nobel, Vargas Llosa no ha dejado de demostrar su amor por la literatura.

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7 pensamientos en “Los jefes y Los cachorros

  1. Defines a Vargas Llosa como “un auténtico artesano en su oficio”. Fíjate si será así que vi un documental de literatura en la que daba recomendaciones a un escritor que estaba comenzando, y le dijo que siempre escribe a mano. Para demostrarlo, le enseñó el manuscrito de “La guerra del fin del mundo” y… ¡no tenía ni un solo tachón! Me dejó impresionada. Imagino que después le harían las correcciones pertinentes, pero el solo hecho de escribir de corrido, con esa claridad de ideas, es para quitarse el sombrero.
    Comparto contigo el interés por las primeras obras de autores consagrados, muchas veces son más francas y destacables que lo escriben después, cuando la fama ya acarrea unas presiones y limitaciones al arte de cada uno.

    ¡Saludos!

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    • Que alguien sea capaz de escribir sin apenas correcciones tiene mucho mérito pero si además lo que escribe es capaz de conmover, eso es para quitarse el sombrero. Supongo que no lo hacen muchos; Vargas Llosa es uno de ellos, y por eso mismo un artesano de la palabra fuera de serie. Qué suerte poder haber visto el manuscrito que mencionas. Un saludo grande.

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    • Buenas tardes, Marisa. Claro, imagino que lo normal es que los comienzos no tengan por qué ser siempre exitosos, también los buenos escritores tendrán su proceso de aprendizaje y, por tanto, días malos o muy malos. Sin embargo, leer las óperas primas sigue teniendo algo de fascinación para mí. Un saludo.

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  2. Soy Santiago González Sacristán y te dejo el enlace con mi blog, en el que planteo una realidad completamente opuesta a la que tú defiendes. Yo creo que hay que vivir primero y después contarlo. Soy el autor de una biografía del cantaor gitano utrerano y flamenco “Bambino”, titulada “La Fiesta Infinita”. Esa coincidencia en la última palabra de tu blog y de mi libro, me obliga a contactar contigo para que conozcas que hay otras maneras de enfocar la literatura y la vida. No creo que vengamos de los libros ni que hayamos vivido porque hayamos leído libros. Sostengo que todos somos hijos de nuestras vivencias (no todas librescas, aunque algunas las haya) y que vivimos porque respiramos, amamos, trabajamos, bebemos, comemos, dormimos, hablamos y andamos. Algún que otro homínido lee libros, pero son los menos. Pla hablaba de él mismo y generalizaba. Craso error. El mundo es mucho más grande que todos los libros juntos. Los libros no son más que historias inventadas por semejantes nuestros, inventadas, insisto. La realidad es mucho más compleja, maravillosa, impactante y variopinta. Créeme que no se deja atrapar en ningún libro. Por tanto, admitiría la frase en singular (¡allá Pla con su vida!), pero en plural (“nosotros”) me parece fuera de lugar. El libro es un auxiliar de la vida, un modesto auxiliar, a veces un auxiliar incompetente, porque nos oculta la realidad entre los pliegues imaginativos del autor. Entiendo tu interés por los libros, pero siempre con mucha moderación. A veces matan (fanatismos, inquisiciones, falsedades, más fanatismos y más inquisiciones) y siempre o casi siempre sólo transmiten ideologías dominantes. El libro o los libros son como el tabaco o los cigarrillos: causan adicción e impiden que las ideas de otros te colonicen y te impidan disfrutar de la vida real. Lee con moderación y sólo si eres autocrítico a tope. Mira lo que le pasó a don Quijote por leer más de la cuenta… Me callo si es tu modus vivendi o viviendi.
    Te dejo mi enlace por si quieres rebatirme o conocer el origen, la prevención y la curación del cáncer. Aún no está escrito por mi, aunque pronto lo estará. Pero en un folio, no me interesan los rollos: http://santiagonzalezescritor.blogspot.com.es/2013/12/manifiesto-por-la-convivencia-de-todos.html Le pongo a parir a Stevenson, pero es que se lo merece con creces.
    Gracias por prestarme tu atención. Un cordial saludo.

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