Leer para vivir (ya lo dijo Flaubert)

En la cama con Chejov (50 x 100 cm, acrílico sobre lienzo). Pintura de Pablo Gallo.

En la cama con Chejov (50 x 100 cm, acrílico sobre lienzo). Pintura de Pablo Gallo.

Varias lecturas precisamente sobre la lectura y los libros han llamado mi atención durante los últimos días, al punto de que me ha parecido interesante traerlas a este cuaderno digital que es La Palabra Infinita. En concreto, son las opiniones del filósofo español Fernando Savater (San Sebastián, 1947) y de Jaime Fernández Martín, periodista, escritor y autor de ensayos literarios que, además, escribe un magnífico blog de ideas sobre cultura literaria: En lengua propia.

Dice Savater en un artículo de El País con ocasión de la publicación de su último libro, Figuraciones mías. Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar (Ariel), que «una cosa es leer y otra es leer libros», en referencia al aumento de la lectura debido a Internet y la proliferación de dispositivos electrónicos. Señala igualmente que los pedagogos -obsesionados con logros pasajeros- olvidan que «la lectura es ante todo placer, se contagia, no se impone» y que la mejor forma de crear lectores es «no convertirla en una obligación académica. No dogmática. La idea es que el niño y el joven entren por cualquier parte al libro». Respecto al debate sobre si analógico o digital, Savater afirma que «hay que desmitificar el libro de papel o los periódicos impresos. No hay que obsesionarse con eso».

Sobre esto mismo, las posibles diferencias entre lectores tradicionales y aquellos que leen en dispositivos electrónicos, escribe Jaime Fernández en No solo el fuego destruye libros, una entrada de su blog que no tiene desperdicio, poniendo de manifiesto algunas dudas:

«El auge de las redes sociales, del libro electrónico y de la lectura vertical en la pantalla del monitor o en la tableta ha configurado un supuesto prototipo de lector, del que aún no se tiene una idea definitiva -todavía es pronto para ello-, y al que se intenta comparar con el de libros editados en papel, como si fuesen muy distintos. Habría que preguntarse, en primer lugar, si realmente estamos ante un prototipo de lector y, en caso de admitir su existencia, si difiere del lector clásico, o sea, el que dedica más tiempo de lectura al papel que al texto editado en formato digital».

Libros insulsos

Pero todavía llamó mucho más mi atención que en la misma entrada Jaime Fernández declare como enemigos internos de los libros -«menos agresivos pero también dañinos a su manera»- a los libros inútiles y a los lectores que leen por leer, junto a otros dos también: las ediciones descuidadas y las traducciones traidoras. Estos enemigos internos se suman en su opinión a los tres verdaderos y grandes enemigos de los libros, «tan antiguos como ellos», como son la ignorancia, la censura y el fuego.

De los tres enemigos atávicos del libro, la censura y el fuego permanecen en letargo, esperemos que por mucho tiempo; no así la ignorancia, que al fin y al cabo los abarca. Cuando se los perseguía con la censura y se los exterminaba con el fuego, los inquisidores al menos se molestaban en conocerlos o habían oído hablar de ellos. En nuestro tiempo, ni siquiera eso.

«Los libros que se persiguen en la novela de Bradbury -Los viajes de Gulliver, los cuatro evangelios, el Eclesiastés, La República de Platón, las Analectas de Confucio, el Libro de Job, las obras de Shakespeare, de Byron, Maquiavelo y Schopenhauer-, han sido expulsados de las escuelas y universidades en nombre de la eficiencia económica y languidecen en las estanterías de las librerías, cada vez más pobres en fondos. Aun siendo accesibles a través de la red, no “venden”. La lógica del mercado, con su publicidad abrumadora, los mantiene a raya, mientras se promocionan legiones de libros insulsos que adormecen las mentes y los espíritus más de lo que están».

«¿Cuántos lectores no podrán acceder a estos libros y autores por culpa de la censura implícita que pesa sobre ellos? No será el fuego el causante de su ausencia sino el olvido, el objetivo común de los viejos enemigos y de los bomberos incendiarios de Fahrenheit 451».

En una entrada distinta –Consejo de amigo-, Fernández se refiere a otro tipo de lector, esta vez de best-sellers, cuya abundancia «ha propiciado la masificación análoga de un lector al que en un artículo periodístico el escritor colombiano Ricardo Cano Gaviria calificaba de ”lobotomizado” e incapaz “de detectar valores literarios” en una novela». Era este escritor quien recordaba el consejo que Gustave Flaubert, el autor de Madame Bovary, dio a una amiga en una de sus cartas:

No lea como leen los niños, para divertirse, ni como lo hacen los ambiciosos, para instruirse. No, lea para vivir. Bríndele a su alma una atmósfera intelectual compuesta por la emanación de todos los grandes espíritus.

Hagamos caso, pues, a Flaubert y sigamos leyendo para seguir viviendo. Leer es un placer. Viviremos mejor.

P.D.- Sobre este mismo tema quizá te interese también una entrada de hace algún tiempo: El placer de la lectura no admite terceros.

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