El regreso a la orilla de los libros antiguos

Aldecoa_y_Llamazares_2Hablando de libros, las novedades se encuentran por lo general en todas las librerías, grandes o pequeñas. Allí están los últimos títulos de las editoriales que pujan, como en una plaza abarrotada, por hacerse un hueco a codazos entre el resto de libros en igual competición. Pero hay otros lugares donde otras novedades -no en el sentido de nuevo o último estrictamente sino de novedad, de aquello que puede resultar novedoso o diferente-, esperan al lector que las capture. Uno de ellos es la Feria de Otoño del Libro Viejo y Antiguo que en Madrid extiende sus casetas, como pequeños almacenes repletos de libros, a la orilla del Paseo de la Castellana -en el Paseo de El Prado- junto a la Plaza de La Cibeles.

Hace años que, por la cercanía de mi lugar de trabajo -en la Puerta de Alcalá-, era un asiduo a pasear por aquella orilla en las tardes limpias del otoño madrileño, después de la hora de comer. Era un privilegio y una tentación al mismo tiempo. Uno iba allí a olfatear, tocar, revolver, ojear y releer aquellos libros expuestos en filas y cajas como el pescado en una pescadería. Y si el dinero alcanzaba, a comprar alguno de los libros que por el reclamo de su autor, de una portada, de una cuidada encuadernación, de una extraña edición o de cualquier otra razón (sin especial razón alguna) me hacía morder el anzuelo y echarlo a la cesta de los libros.

De esa forma compré varios misales antiguos y alguna biblia (sí, lo reconozco, cada uno tiene sus manías); las obras completas de Santa Teresa de Jesús (Biblioteca de Autores Cristianos, BAC); tres preciosos libros de tapas azules en tela de Carmen Laforet: Nada, La mujer nueva y La isla y los demonios (editorial Destino, Áncora y Delfín); dos novelas de Alberto Moravia de bellas portadas: La romana y El conformista (editorial Losada), o La novela nº 13 , de Wenceslao Fernández Flórez, encuadernada en cartón y tela color vino por su antiguo dueño. Libros que ahora ocupan un espacio especial en mi librería y en mi memoria.

Después de varios años donde el cambio de lugar de trabajo y vivir fuera de España me tuvieron alejado de esa orilla de los libros antiguos, este fin de semana volví a pasear por allí con la nostalgia de volver a ver a una antigua novia. Creo que nada había cambiado. Las casetas eran las mismas y los libreros, parapetados tras los libros, conservaban también el mismo rostro cansino y paciente de quien ve pasar a muchos mirar y a pocos comprar. A este lado de la barrera, los mismos paseantes: algunos extranjeros, parejas de novios, señoras mayores, jóvenes sabiendo lo que buscan, gente de dinero a la caza de alguna rareza y, alguien como yo, de vuelta del pasado, esperando revivir algunas emociones.

Fue así, en un paseo rápido de una tarde de un sábado de octubre en que mi hijo mayor cumplía 23 años, como me encontré con esas novedades a las que me refería al principio. Dos libros estaban, en aquel limbo que es una feria del libro antiguo, esperando a un dueño definitivo . Compré primero el volumen de los cuentos completos de Ignacio Aldecoa (Alfaguara) y, después, unos metros más allá, la novela de Julio Llamazares, La lluvia amarilla (Seix Barral). Es verdad que no son libros antiguos pero sí usados, de segunda o tercera mano que, aunque se pueden comprar todavía, no son fáciles de encontrar en las librerías. En el caso de los cuentos de Aldecoa me pareció una tentación irresistible. Ya me hice hace algunos años con una edición antigua de El fulgor y la sangre, una extraordinaria novela que, junto a Gran sol, forma parte de lo mejor de su obra. En el caso de Llamazares, quien afirma que las novelas no son más que vidas que pudimos vivir y no vivimos, La lluvia amarilla -que muchos habrán ya leído-, estaba hace tiempo en el debe de mis lecturas.

Fue una tarde de reencuentros: con Madrid, con los libros y, más tarde y por sorpresa -en la Iglesia de Santa Bárbara-, con el cura que nos casó.

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4 pensamientos en “El regreso a la orilla de los libros antiguos

  1. Las ferias de libros antiguos son mi perdición, cosa que no me pasa con las de novedades. Esos libros tienen algo especial. Últimamente me estoy aficionando a comprar libros de segunda mano, se encuentran auténticas maravillas. Un saludo.

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  2. Pingback: La lluvia amarilla | La Palabra Infinita

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