Calle de los Ladrones

© La Palabra Infinita

Aunque era mi intención, finalmente no pasé por la Feria del Libro. Vivir y trabajar fuera del centro de Madrid -y también la pereza, lo reconozco-, no lo hace fácil. Sin embargo no quería dejar de comprar al menos el libro que hubiera comprado en la feria, así que pregunté a Oscar, mi librero de Benedetti, cuál sería su recomendación. Él miro al estante de las novedades y no tardó en mostrarme la nueva novela de Mathias Énard, «Calle de los Ladrones» (Literatura Mondadori, 2013). «Te gustará», me dijo; y me gustó.

Si hay una sola frase que puede definir esta novela es la que aparece en la misma contraportada, firmada por Le Monde: «Calle de los Ladrones es una novela desencantada y humanista sobre el exilio en el tiempo de las primaveras árabes». Es verdad que es eso, pero otras cosas también. Fundamentalmente el despertar a la vida -al amor y a la crudeza de la vida-, de un joven musulmán de Tánger («el traje de la edad me iba demasiado grande») que pronto deambulará solo por el mundo en busca de sí mismo y de una oportunidad más allá del estrecho. Recorremos ese camino de su propia mano, con su propia voz, en una suerte de diario que nos muestra cómo piensa alguien del otro lado, esos hombres de los que apenas sabemos nada salvo que se juegan la vida y la pierden muchas veces en su intento desesperado de alcanzar una vida digna. El comienzo da la novela ya es toda una declaración:

Los hombres son perros, se atacan los unos a los otros en la miseria, se revuelcan en la mugre sin poder escapar, se lamen el pelo y se lamen el sexo durante todo el día, tendidos en el polvo, dispuestos a todo por unos despojos o el hueso podrido que puedan echarles, y yo, lo mismo que ellos, soy un ser humano, un detritus vicioso esclavo de sus instintos, un perro, un perro que muerde cuando tiene miedo y que busca las caricias.

Mathias Énard (1972), nacido en Francia y profesor de árabe en la Universidad Autónoma de Barcelona hasta 2009, escribe muy bien. Y lo que escribe en este texto se hace, además, cercano al lector español pues el protagonista, Lajdar, se enamora de una chica de Barcelona que vive en Gràcia, «un barrio más bien burgués», que en seguida me trajo a la memoria a los protagonistas de Últimas tardes con Teresa, de Marsé. Lajdar llega a vivir a Barcelona: «Había encontrado una nueva prisión en la que esconderme, calle Robadors; seguía sin salir de mi encierro. La vida estaba lejos». Allí, en la ciudad y en el barrio del Raval, se nos hacen reconocibles tipos, lugares y costumbres; hasta el Barça tiene su lugar. Y es que la ciudad -en este caso Tánger, Túnez o Barcelona- se convierte para Énard en otro personaje más, sobre el que nos explica su visión:

Las ciudades se domestican, o más bien nos domestican; nos enseñan a comportarnos bien, poco a poco nos hacen perder nuestro caparazón de extranjero; nos arrancan nuestra corteza de cateto, nos funden en ellas, nos modelan a su imagen; no tardamos en abandonar nuestra conducta, dejamos de mirar hacia arriba, de vacilar al entrar en una estación de metro, tenemos la cadencia adecuada, avanzamos a buen ritmo, y por más que uno sea marroquí, paquistaní, inglés, francés, andaluz, catalán o filipino, al final Barcelona, Londres o París nos adiestran como a perros.

Pero la novela resulta también cercana porque reconocemos asuntos de la actualidad reciente como son los atentados de Marrakech, las revueltas de Túnez y Egipto, o el propio percance de la cacería del Rey en África. Y cuanto más avanza la novela y más patentes se hacen estos hechos, como si encontráramos titulares y  recortes de periódico dejados entre sus páginas, más evidente se hace el propósito del autor por hacer una novela testimonial, casi tan real y pegada a la actualidad que a mí me hizo perder parte de interés. Esto, y el desenlace final -no sé si por innecesario o forzado- han restado puntos a la novela que, de todas formas, se puede calificar de notable alto: no en vano fue finalista del premio Goncourt 2012.

P.D.- El título original de la novela es «Rue des voleurs», y la traducción al español es de Robert Juan-Cantavella.

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