El último encuentro

© La Palabra Infinita

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Algunos libros los elige uno y otros llegan hasta uno por vías y razones muy diferentes, algo que ya comenté en La cadena de lectura. Este que me ocupa hoy –«El último encuentro», de Sándor Márai (Ediciones Salamandra)- llegó desde Nueva York, vía FedEx, como regalo de una amiga de ascendencia húngara (la nacionalidad del autor) orgullosa de ofrecer un producto literario autóctono de la mejor calidad. Si siempre he dicho que el mejor regalo posible es un libro, si además viene de tan lejos, es de un escritor portentoso y lleva por título El último encuentro, el regalo se convierte en una bendición y el agradecimiento difícilmente puede expresarse con palabras.

Esto no es solamente un halago. Esta novela de Sándor Márai (1900-1989) es una de esas lecturas que a uno le dejan sin aliento y por las que puede dar gracias eternamente porque existan escritores que las escriban. Mi primera incursión con Marái fue justo hace tres años precisamente en Nueva York con La mujer justa, terminada de leer en Central Park como atestigua mi anotación a lápiz en la última página. Y fue un descubrimiento aquella historia de amor y desamor contada a tres voces de forma magistral. Ahora que he vuelto a hojear sus páginas veo que abundan los subrayados, hasta el punto de que no me resisto a rescatar uno de ellos que, además, resume muy bien el tono y la manera de escribir del escritor húngaro:

El frío de la soledad es como el que se siente en verano en las casas cuyos habitantes se han marchado de vacaciones: huele a alcanfor por todas partes, las alfombras y las pieles están envueltas en papel de periódico y, aunque fuera es verano y hace un calor abrasador, detrás de las persianas los muebles abandonados y las habitaciones sombrías han absorbido esa fría tristeza que hasta los objetos inanimados perciben: la melancolía que perciben, absorben e irradian todas las personas y las cosas que se han quedado solas.

Esto me hace recordar también el tremendo dato al final de su biografía. El escritor abandonó definitivamente su país en 1948 con la llegada del régimen comunista y emigró a Estados Unidos donde se quitó la vida en 1989 en San Diego, California, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín. No sé si la soledad es la razón que puede llevar a un hombre de 89 años a acabar con su propia vida…

Una alianza sin palabras

En El último encuentro la soledad también juega un papel fundamental. Escrita en los años cuarenta del siglo pasado, tuve la impresión de estar leyendo una pieza teatral, tal es la economía de recursos que emplea Márai: un castillo de caza al pie de los Cárpatos (Hungría) como escenario; como protagonistas dos amigos de juventud que se reencuentran 40 años después, y Krisztina, el personaje femenino. Sin embargo consigue elaborar un argumento y crear una tensión narrativa que te arrastran hasta el final. Hablé de la soledad -el general permanece todos esos años solo en su castillo sin apenas contacto con el mundo-, pero en realidad el verdadero hilo conductor de la novela es la amistad, la amistad masculina y, en paralelo, el deseo de venganza:

No hay un proceso anímico más triste, más desesperado que cuando se enfría una amistad entre dos hombres. Porque entre un hombre y una mujer todo tiene condiciones, como el regateo en el mercado: pero en el sentido profundo de la amistad entre hombres es justamente el altruismo: que no queremos un sacrificio del otro, que no queremos su ternura, que no queremos nada en absoluto, solamente mantener el acuerdo de una alianza sin palabras.

Es el viejo general quien carga con el peso de la narración y de quien Márai se sirve para lucirse como un maestro en la creación de una atmósfera que se puede respirar y tocar mientras lees y en la descripción de los sentimientos más profundos. Las voces de ambos, el personaje y el narrador, se entremezclan para guiarnos en una novela no muy extensa que destila pura literatura por todas su páginas y que de principio a fin -en un continuo crescendo– supone un completo goce para el lector.

Una novela que también tiene su propia ‘banda sonora’ cuando en uno de los primeros capítulos Márai describe la escena, que luego se mostrará reveladora, de Konrád y la madre del general interpretando al piano a cuatro manos la deliciosa Polonesa-Fantasía de Chopin:

La Polonesa-Fantasía era tan solo un pretexto para desatar en el mundo unas fuerzas que todo lo mueven, que lo hacen estallar todo, todo lo que la disciplina y el orden humanos intentan ocultar.

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11 pensamientos en “El último encuentro

  1. En mi caso he leído también estas dos novelas de Márai, pero en sentido inverso. Hace muchos años mi tía me regaló una antigua versión en español del El último Encuentro. Era una edición de finales de los 50, creo, y en esa versión el libro se titulaba A la Luz de los Candelabros. La novela me gustó, sobre todo en su descripción de un determinado tipo de sociedad de centroeuropa que desapareció tras la 1ª guerra. Pero aquella traducción utilizaba un lenguaje artificial y extraño que a mi modo de ver empobrecía el libro. Más recidentemente, después de leer la Mujer Justa, que también me gustó, volví a leer El último Encuentro ya con ese título y en la edición que aparece en esta entrada. Lo cierto es que casi fue como leer un libro distinto ( de hecho no me di cuenta de que era el mismo hasta casi la mitad!), y además me gustó mucho más. Lo cual me hizo pensar en hasta qué punto un libro que no podemos leer en versión original nos permite conocer a un autor y disfrutar de su estilo. Y en la gran dificultad de las traducciones …

    Gracias por la “banda sonora”

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    • Es una historia interesante la que cuentas, y menos mal que pudiste al menos disfrutar de la novela. Lo que dices es interesantísimo, y es cierto que nunca podremos saber cuánto nos acercamos a la idea y el estilo del autor. Sobre esto viene al pelo una cita que leí ayer en un artículo en El País sobre el ingreso de Miguel Sáez en la RAE y su elogio sobre la traducción: según opinaba Thomas Bernhard “Un libro traducido es como un cadáver mutilado por un coche hasta quedar irreconocible. Se pueden buscar los pedazos pero ya no sirve de nada”.
      Gracias por tu visita. Un abrazo.

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  2. En este caso concreto, no puedo decir que me hayas convencido. Tengo ya algunas novelas de Márai esperando su turno en la estantería, entre las que destaco ¡Tierra, tierra! Espero que no pase de este año. ¿Qué tal con Énard? Algunas de las citas que has dejado caer en Facebook recuerdan “El alcohol y la nostalgia”. Espero que te guste tanto como a mí.
    Saludos,

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  3. Pingback: «Yo confieso», de Jaume Cabré, premio Palabra Infinita de Lectura 2013 | La Palabra Infinita

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