Absolución

© La Palabra Infinita

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Volver a Luis Landero es casi como volver a casa por Navidad. Es algo que uno espera con regocijo, sabiendo que vivirá probablemente algunos momentos mágicos y, sobre todo, familiares. Pues algo así me sucede a mí con el escritor de Alburquerque (Badajoz, 1948) desde que descubrí por azar su primera y grandísima novela «Juegos de la edad tardía» (1989), que a uno le hace sentir como en casa. Lo último que leí de él, no hace mucho, fue «Hoy, Júpiter».

Aunque sus historias no son muy comunes, la narrativa de Landero las convierte en cercanas para el lector, como si a todos nos pudiera haber pasado lo mismo que a sus personajes que -me atrevo a decir algo que alguien dirá que es una majadería- a mí me recuerdan a los personajes de Murakami. De acuerdo, en otra galaxia y de otra manera, pero personajes al fin y al cabo en la periferia, seres corrientes que deambulan y están incómodos en el mundo, que viven ensimismados, que a los lectores nos atraen por su extrañeza pero también por su cercanía, con quienes es fácil sentir una profunda empatía.

En este caso, en «Absolución» (Tusquets, 2012), ese personaje inquietante es Lino, a quien conocemos afeitándose feliz frente al espejo, a punto de casarse y emprender un viaje a Australia, y que en un momento recuerda la frase de Pascal escuchada a un profesor en su adolescencia: «Todos los infortunios del hombre vienen de no saber estarse quieto en un lugar». Es la clave que nos da Landero para iniciarnos en la peripecia de Lino, un joven que no sabe qué hacer con su vida (“Pareces un viejo”, le decía la madre. “Nada te llama la atención, todo te aburre y nada te conviene”), que como ave de paso no se siente a gusto en ningún lugar, «una especie de solitario social, que necesitaba de los demás para reafirmarse en su recogimiento». Una huida que el personaje no sabe ni siquiera si merece ese nombre porque no sabe adonde va ni por qué.

¿No era eso lo que había deseado siempre, pasar de largo hacia otra parte? Como el río de Heráclito, él necesitaba cambiar continuamente, ser él mismo pero a la vez ser otro a cada instante. Y con el esfuerzo y la austeridad del camino, iría pagando sin darse cuenta sus culpas, sus errores, sus remordimientos.

Tampoco Lino está en realidad solo sino en compañía de unos secundarios de lujo que solo Landero sabe crear: el señor Levin, Gálvez y Olmedo, cada uno ejerciendo de contrapeso y notario del camino que emprende el protagonista, y también ellos mismos personajes de una factura y un brillo especiales.

Pero, además del reparto de personajes, la garantía de Landero es su prosa trabada y meticulosa, que se lee como fluye un río manso pero que hace reivindicar el mérito infinito del artesanal oficio de escribir.

En el agua se estremecían las estrellas al soplo de la brisa, y la intuición de toda esa belleza -el aire, el agua, el fuego, el leve mecerse de las hojas de las higueras que hundían sus raíces en la cálida hondura de la tierra- agravó su dolor, pero le trajo a la vez un lejano alivio, como el mensaje de un mundo aún benevolente y hospitalario para él.

No es Landero un autor mediático, o al menos no tan mediático como otros, y casi que uno desearía que como cualquier paraje aún sin hollar por el hombre permaneciera oculto para el gran público, aunque sería tremendamente egoista por mi parte no recomendar que si no saben a quién leer, lean a Luis Landero.

P.D.- La fotografía de portada -más propia de una novela de Henning Mankell- no hace ninguna justicia al contenido de la novela. Es una pena, pero da la sensación de que su diseño no ha preocupado mucho al editor.

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3 pensamientos en “Absolución

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