Las cenizas de Ángela

Las cenizas de Ángela_book

© La Palabra Infinita

Hay libros que demuestran tener una paciencia infinita con sus lectores. Están ahí, como agazapados en un estante de la librería, esperando que reparemos en ellos. Y cuando eso sucede parecen cobrar vida de nuevo con la alegría de que alguien quitará el polvo de sus páginas y disfrutará con su lectura. O viceversa, somos los lectores los que estamos en deuda con ciertos libros, y saldarla nos puede llevar años.

Sea cual sea la teoría más acertada, el caso es que algo así me ha sucedido con Las cenizas de Ángela (Ediciones Maeva), la novela de Frank McCourt (1930-2009) que sabía que algún día leería. Angela’s Ashes (1996) -su título original-, es la novela más conocida y galardonada de su autor, que nació en Brooklyn (Nueva York) y se trasladó a los pocos meses a vivir a Limerick (Irlanda), la ciudad de su familia. Ese es el eje y la historia de este libro de memorias escrito en primera persona que recibió el Premio Pulitzer en 1997 y tuvo su versión cinematográfica en 1999 con el mismo título.

Lector desarbolado

Entre las razones que me hicieron demorar su lectura estaba la idea de que era un libro triste y duro y, como sucede tantas veces con las expectativas que ponemos en algo, nada de eso se ha cumplido después. Claro que es una historia triste y dura -la miseria y la muerte lo son- pero la novela, el “producto” que escribe Frank McCourt es casi lo contrario. Nos cuenta su infancia con la pulcritud de un notario pero en ningún momento cede a la tentación de arrojarnos a la cara sus penalidades para que nos sintamos avergonzados y le devolvamos nuestra compasión. Más bien percibí cierto optimismo que no tiene que ver nada con la resignación. Un cita de Vicente Verdú, crítico de El País, en la contraportada, lo explica perfectamente:

Los personajes no solicitan auxilio, ni caridad. Exponen sin esperanzas cómo es su vida, y el lector, desarbolado, no puede evitar abalanzarse.

Wild_Woodbine_cigarettesEl autor escribe sus memorias ya con sesenta años pero lo hace con la mirada del niño que fue. Un niño que a través del mal ejemplo de su padre -que las pocas veces que consigue un trabajo se bebe el sueldo en pintas de Guinness-, intenta no cometer los mismos errores y tiene que hacerse cargo de sus hermanos. Es buen estudiante y su meta es comprar un pasaje para huir de nuevo a Nueva York. Ángela, su madre, que se desvive por sus hijos sin poder contar con su marido, acude a la caridad mientras su única escapatoria es conversar con las vecinas y fumar aquellos cigarrillos Wild Woodbine.

Miro por la ventana trasera para asegurarme de que el sol del atardecer me está secando la ropa. En otros patios hay tendederos con ropas alegres y llenas de color que ondean al viento. Las mías cuelgan del tendedero como perros muertos.

McCourt realiza, además, una fotografía fidedigna de cómo era la sociedad irlandesa en Limerick tras huir de la Gran Depresión en Estados Unidos. Una sociedad ultra católica marcada a fuego por el pecado y el enfrentamiento con los ingleses después de ochocientos largos años de tormento. Lo hace con gran precisión y con grandes dosis de humor en muchas ocasiones. Así me pareció, por ejemplo, cuando se refiere a su padre de esta manera:

Yo pienso que mi padre es como la Santísima Trinidad, que tiene tres personas diferentes: el de la mañana con el periódico, el de la noche con los cuentos y las oraciones y el que hace la cosa mala y llega a casa oliendo a whiskey y quiere que muramos por Irlanda.

De McCourt leí hace años Teacher Man, una novela magnífica sobre sus memorias también como profesor de High School en Brooklyn y que recordé al leer lo que el director de la escuela en Limerick trata de inculcarles:

Amueblaos la mente. Es vuestro tesoro, y nadie en el mundo puede entrometerse en ella. Si os tocase la lotería y os compraséis una casa que necesitase muebles, ¿la llenaríais de trastos viejos de la basura? Vuestra mente es vuestra casa, y si la llenáis de la basura de los cines se os pudrirá en la cabeza. Podéis ser pobres, podéis tener rotos los zapatos, pero vuestra mente es un palacio.

En definitiva, y a pesar de que retrata la penuria de los que no tienen nada -salvo la esperanza-, Las cenizas de Ángela me pareció una novela más tierna que triste, pero sobre todo una enorme lección que cada uno puede aplicar a su propia vida en la medida que se deje interpelar. Han sido muchos años de espera pero, sin duda, han merecido la pena.

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12 pensamientos en “Las cenizas de Ángela

  1. Curiosamente también la he comprado hace años y se quedó ahí olvidada en la estantería. Poco a poco he perdido el interés inicial. Quizá tus palabras me lleven a darle una nueva oportunidad. Saludos,

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  2. Supongo q después de leerla entiendes porque es una de mis novelas preferidas , como bien dices es optimista en la pobreza y la penuria y un ejemplo de superación y busca de nuevos horizontes. El autor es uno de mis preferidos por esa forma de hacer sencillo y trasparente situaciones tan adversas en la vida, la pena es q solo tiene 3 novelas, al menos q yo sepa y con todas je disfrutado mucho

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  3. ¡Otra que pienso leer en breve! No sé por qué, siempre que pienso en leerla, me quedo indecisa entre esta y “Las uvas de la ira” y al final no me decido. Creo que acabaré por leerlas seguidas, aunque me decantaré primero por esta, gracias a ti. Saludos

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  4. He estado a punto de pillar este libro varias veces de la biblioteca pero al final siempre he terminado dejándolo allí por otros. Y es que pensaba que me iba a encontrar con una historia triste. Pero ahora me dejas una nueva perspectiva de esta novela. Me parece que la próxima vez lo voy a coger y no voy a seguir mirando las estanterías, por si acaso…
    Besotes!!!

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  5. La tenía olvidada y me la has traído al recuerdo. La leí cuando salió hace ya un montón de años.
    A mi me produjo mucha ternura y algo de frío. Esa mujer que amparaba a sus hijos y a ese marido borracho, pero que tenía esa manera de contar cuentos a sus hijos, la verdad es que me dejó atónita esa historia.
    Gracias por recordármela.
    Teresa

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