Bolaño y el verano de «2666»

Ahora, en este otoño que tiñe de ocres y amarillo las aceras, llega con retraso a este cuaderno digital la lectura que ocupó mi verano, el verano de «2666» -la novela póstuma de Roberto Bolaño (1953-2003)-, un número que bien podría ser «la fecha inscrita en la lápida que nos descubre a todos, personajes y lectores, como habitantes de un futuro cementerio olvidado, poblado de voces». Y llega también el momento temido de escribir algo inteligente, algo diferente, sobre 2666, aunque enseguida me sacudo la presión simplemente por lo atrevido y disparatado de semejante tarea. Me parece más oportuno revelar -por si alguien más no lo sabe- lo que yo mismo descubrí leyendo la Nota de los herederos del autor. Que ante la posibilidad de una muerte próxima, y para solventar el futuro económico de sus hijos, Bolaño dispuso que su novela se publicara dividida en cinco libros correspondientes con las cinco partes de la novela, especificando el orden, la periodicidad (una por año) e incluso el precio a negociar con el editor. Tras su muerte sin embargo, y por respeto al valor literario de la obra, los mismos herederos y su editor, Jorge Herralde, cambian la decisión de Bolaño, lo que hace que 2666 se publique primero en toda su extensión en un solo volumen.

Pues bien, esas cinco partes son las que suman un total de 1128 páginas -un compendio de la descomunal capacidad fabuladora de Roberto Bolaño-, escritas en una prosa de apariencia fácil que produce un torrente desbocado de personajes, sensaciones e imágenes que a pesar de su extensión uno desearía que no terminara jamás. Eso es lo que más aprecio y lo que me enamoró leyendo mi primer Bolaño, aquel inmenso río de Los detectives salvajes.

Aunque cada una de las partes de esta «nueva y revolucionaria modalidad de novela total» merece  un reconocimiento por sí mismas, las dos últimas me parecieron extraordinarias. ‘La parte de los crímenes’ es un retrato pavoroso sobre la violación y asesinatos sucesivos de mujéres jóvenes en el estado de Sonora (México), un paisaje ya conocido en Los detectives salvajes: «La frontera entre Sonora y Arizona es un grupo de islas fantasmales o encantadas. Las ciudades y los pueblos son barcos. El desierto es un mar interminable. Este es un buen sitio para los peces, sobre todo para los peces que viven en las fosas más profundas, no para los hombres». La otra, ‘La parte de Archimboldi’, narra la  increíble vida del escritor alemán Benno von Archimboldi: «Esa noche, mientras trabajaba en la puerta del bar, se entretuvo en pensar en un tiempo de dos velocidades, uno era muy lento y las personas y los objetos se movían en este tiempo de forma casi imperceptible, el otro era muy rápido y todo, hasta las cosas inertes, centellaban de velocidad. El primero se llamaba Paraíso, el segundo Infierno, y lo unico que deseaba Archimboldi era no vivir jamás en ninguno de los dos».

Poco o nada más que añadir. Leí 2666 confortablemente sentado en las butacas nuevas del patio, junto a la higuera, en nuestra casa de Peñacaballera (Salamanca), buscando la sombra por las mañanas y aprovechando la suave brisa de las tardes.

La misma realidad pequeñita que servía de anclaje a la realidad, parecía perder los contornos, como si el paso del tiempo ejerciera un efecto de porosidad en las cosas, y desdibujara e hiciera más leve lo que ya de por sí, por su propia naturaleza, era leve y satisfactorio y real.

Había sueños en donde todo encajaba y había sueños en donde nada encajaba y el mundo era un ataúd lleno de chirridos.

Como señaló Ana María Moix en El País, 2666 es «una gran novela de novelas», larga  y contundente añado yo -de las que te ayudan a crecer como lector- que bien merece de un verano para disfrutarla. A mí me lo pareció.

Editorial Anagrama
Colección Compactos
ISBN: 978-84-339-7318-4
Barcelona, 2011
1128 páginas
24€

P.D.- Guardo entre las páginas de la novela una pequeñita hoja de la higuera que, sin saberlo, perfumaba mis horas de lectura.

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2 pensamientos en “Bolaño y el verano de «2666»

  1. Tengo pendiente desde hace bastante leer algo de Bolaño. Me llama la atención y no oigo más que maravillas de este hombre pero, por una cosa o por otra, siempre se me acaba colando algún otro libro. Me lo apuntaré en la última página del que tengo ahora entre manos para recordarlo.

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