Yo quiero ser editor

© Cherry clockwise

Lo de ser lector aficionado está muy bien pero le convierte a uno en un sujeto pasivo, un parásito que vive la vida de miles de personajes instalado en la comodidad de su propia butaca. Aparte del disfrute que obtiene del hecho de leer, el lector únicamente es dueño de su poder de elección sobre qué leer y cuándo hacerlo. Sin embargo, si te gusta leer pero también te gusta el mundo de los libros en general y quieres dar un paso más, aventurarte en otros vericuetos relacionados con ese objeto que utiliza el lector, lo mejor es abandonar la butaca y pasar a la acción.

Para ello se me ocurre que se pueden tomar varios caminos: el primero, el más comprometido quizá, es convertirse en escritor, pero otras opciones (¿más sencillas?) son también convertirse en editor, en librero o en crítico. Todos esos sujetos a los que Enrique Redel, editor de Impedimenta, se refiere como «las gentes del libro» en una entrada del blog Papeles Perdidos, Avatares de un editor en el Parque del Retiro:

Las gentes del libro, para el lector de a pie (para cierto lector) somos todos una masa homogénea de autores, editores, traductores y vendedores, intercambiables, fungibles, sustituibles.

Entre las gentes que yo mencionaba (es cierto, había olvidado -como casi siempre sucede- a los traductores), cada uno tiene obviamente su papel. Simplificando mucho: uno ha de escribir el texto, el otro ha de cuidar su presentación y convertirlo en un libro; el tercero,ha de vender el producto y, el último, realizar una crítica o comentario sobre el mismo.

Sobre todo un buen lector

Entre todos ellos, y descartando al escritor, pues realizar bien su tarea me parece más un don otorgado por la divinidad que el resultado de una destreza humana (no confundir escribir con redactar), es el trabajo del editor el que más atractivo tiene para mí. Por descartar: el librero tradicional es, en definitiva, un comerciante que a pesar de su vocación y el amor que pueda demostrar por la materia que vende, al final tiene que hacer balance entre lo que vende y lo que ingresa. Y el del crítico es un papel muy poco agradecido, siempre haciendo de malo, siempre sujeto -a pesar de su pericia- al error cuando como el árbitro de fútbol enseña su tarjeta amarilla o roja al autor y su novela y, sin embargo, la afición -los lectores- no entienden su decisión. En cualquier caso, tampoco conviene olvidar la opinión de T. S. Elliot:

Algunos editores son escritores fracasados, cosa que también se puede decir de la mayoría de escritores.

Aún así me quedo con el papel del editor, en principio de más glamour, aunque no sé muy bien qué pensar después de lo que dice un editor, otra vez Enrique Redel, sobre sus condiciones de trabajo:

Nuestro hábitat es el oscuro despacho, la polvorienta biblioteca, la pacífica cola de la oficina de correos.

Y después, también, de que algunos autores piensen que internet les permitirá encontrar lectores directamente sin pasar por un editor. En este punto me consuela lo que leía estos días en el blog de Jordi Puntí (Solo de Underwood) en una entrada titulada precisamente La edición sin editores: «La lógica dice que debería ser al contrario: a fuerza de leer textos abstrusos y sin calidad, pronto nos daremos cuenta de que el editor de texto es esencial para distinguir entre literatura e incontinencia verbal». Claro, también yo me refiero a un editor literario, no a un editor de libros de texto o de catálogos de viajes, que tienen todo mi respeto, aunque aquí Puntí echa un jarro de agua fría cuando afirma que «cada vez es menos cierto ese axioma que definía la edición literaria: un buen editor es sobre todo un buen lector».

El sexto mandamiento y la felicidad

Dicho todo lo cual, a mí me gustaría leer un texto inédito y poder decidir su publicación; intercambiar ideas y puntos de vista con el autor; elegir una tipografía determinada y decidir una portada con el diseñador; quizá crear una nueva colección de títulos; plantear una estrategia de lanzamiento para un libro; calcular la tirada adecuada; asistir a una presentación acompañando al autor; recibir una buena crítica en los suplementos literarios; ver el libro en los escaparates de las librerías, a un lector leyendo ese mismo libro en el metro y leer sus comentarios favorables en algunos blogs literarios. En definitiva, realizar un trabajo creativo con la materia que te gusta -las letras, los libros, la literatura- de principio a fin. Seguro que no es esta la mejor descripción del trabajo de un editor pero es lo que uno imagina que más se le parece. Me quedo con el sexto mandamiento de Manuel Borrás en su Monólogo del editor:

Respetar escrupulosamente a autores y lectores, un mandamiento que proviene del anterior, sentir un respeto casi religioso por la cultura escrita.

Hablando de mandamientos, «yo confieso», como diría Jaume Cabré, que en mi próxima reencarnación quiero ser editor, porque dice Jacobo Siruela en la Revista Ñ que «la tarea del editor del siglo XXI es recuperar la felicidad de editar».

P.D.- Si tengo la fortuna de que algún editor lea esta entrada quizá le haría pensar en organizar una actividad del tipo «24 horas en la vida de un editor». Si es así, yo me apunto.

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5 pensamientos en “Yo quiero ser editor

  1. Lo cierto es que cada uno tiene un deseo que no se puede realizar (o sólo es una fantasía). Lo de ser editor creo que es complicado, no por lo económico, si no por el esfuerzo que hay que hacer, sobre todo si vives de otro trabajo que no tiene nada que ver con los libros (como es mi caso).Así y todo, me encantaría (creo que no tengo lo que hay que tener para hacerlo, además de dinero) vivir como un químico que conocí cuando vivía en Luxemburgo y que vivía (o eso intentaba) de una librería de libros antiguos (compra y venta) tanto en la propia librería como por inernet. La librería pequeña pero de las que te envuelve en cuanto entras…Saludos

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  2. ¡Yo también quiero ser editora! Y coincido en cada una de las razones que tú has escrito. Sin embargo, no tengo ni idea de qué preparación específica se necesita (además de filología hispánica). He buscado cursos o másters relacionados con este área y nada. Pero me parece un mundo increíble y me encantaría formar parte de él. Quizá yo sea una de esas escritoras frustradas que se consuelan con ser editora, pero te aseguro que cualquiera de las dos opciones me harían muy feliz.

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  3. Pingback: Código 5811: edición de libros | LA PALABRA INFINITA

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