«Lo que me queda por vivir», la novela más personal de Elvira Lindo

Seix Barral

Compré y leí «Lo que me queda por vivir» (Seix Barral, 2010), la última novela de Elvira Lindo (@ElviraLindo), tras la presentación que hizo este año en Nueva York. Allí, después de cerrar la presentación del libro en España, comentó la insistencia de los medios de comunicación por preguntar si había escrito una novela autobiográfica, y como ella había contestado cansinamente una y otra vez que, salvo un capítulo (El huevo Kinder), todo era producto de la ficción.

Sin embargo si reconoció que había escrito su novela “más personal”. Pues bien, escuchándola a ella y leyendo después su libro, pareciera que Elvira Lindo (Cádiz, 1962) hubiera escrito, efectivamente, retazos de su propia vida. Y es fácil pensarlo porque las coincidencias son muchas. Desde el trabajo de la protagonista como guionista radiofónica, su edad y la situación de la novela en el Madrid de los años de la “movida madrileña” que la escritora también vivió hasta la historia del hijo o de la muerte de una de sus tías, ambas relatadas por ella. Seguramente hay mucha más ficción de lo que parece a simple vista pero los cimientos de la novela parecen anclados en la peripecia personal de la autora aunque después se haya encargado de encalar muros y fachadas con los únicos materiales de su imaginación.

En cualquier caso no me toca a mí arbitrar ni juzgar en este punto. Como simple lector -aunque cuando se ha encontrado y escuchado al escritor un par de veces la percepción sobre la lectura puede cambiar- puedo decir que me gustó y me sorprendió la forma de escribir de Elvira Lindo en esta mi primera incursión en su mundo literario.

«Lo que me queda por vivir es la crónica de un aprendizaje: cómo se logra a duras penas sobreponerse a la deslealtad; cómo el desvalimiento y la ternura de un hijo alivian la fragilidad de quien ha de hacerse fuerte para protegerlo».

Me ha sorprendido su capacidad para describir sentimientos y captar las sutilezas de las relaciones humanas, de forma que cuando uno lee cree reconocer aquello  que ha pensado o sentido en muchas ocasiones, o eso al menos es lo que me sucedió a mí. Es decir, Elvira Lindo sabe llevar al papel las emociones y la complejidad que rodean nuestra existencia, que es también la vida de sus personajes.

A pesar de que la relación de la protagonista con su hijo (desvalimiento y ternura) no llegaran a engancharme, la novela se lee con la misma intensidad con la que está escrita. Por eso ha sido una lectura provechosa y recomendable, que se cruzó en mi camino sin esperarlo y que traspasó fronteras pues me acompañó también durante un breve viaje por Canadá.

  • Algunas frases que subrayé mientras leía:
– “Lo que no se dice duele más que lo que se cuenta”.
– “Qué pocas veces supe perseguir lo que quería. Hay un mecanismo por el cual uno consigue convencerse de que lo que se tiene es lo que se desea”.
– “Seguía fumando Celtas, con esa fidelidad que las personas temerosas de no poseer convicciones superiores conceden a las cosas sin importancia”.
– “Fue, al fin y al cabo, ese amigo peculiar que toda familia desea para reforzar aún más su autocomplacencia, su carácter gregario”.
– “El recuerdo todo lo literaturiza, lo sé, la nostalgia embellece lo perdido y crea símbolos donde no los hay, pero ese temor a la cursilería no debiera tampoco convertir en prosaico aquello que fue conmovedor”.
– “La juventud se vive sin saber qué significa, eso forma parte de su esencia”.
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