«Fortunate Sons», una historia para la ficción

La historia real de 120 niños chinos

La realidad ha sido siempre el caldo de cultivo natural para las obras de ficción, y la propia Historia -con mayúsculas- el marco adecuado donde los autores pueden situar la trama y a los personajes de sus relatos. Este es el caso de las denominadas “novelas históricas”, libros que en la mayoría de los casos suelen asociarse a la categoría de best-seller, pues reúnen al mismo tiempo todos los ingredientes de este género: pasión, ambición, amor, intriga y acción frenética en un contexto histórico donde los personajes pueden ser o no reales pero donde un suceso o toda una época sirven de trasfondo temporal. 

Viene todo esto a cuento de la presentación de un libro a la que asistí hace unas semanas en la librería Barnes & Noble del Upper West Side de Nueva York, precisamente la única que queda desde que a principios de año, y por problemas económicos, cerrara la de Lincoln Center para dar paso, tristemente, a una tienda de ropa.

«Fortunate Sons»

Pero no era la presentación de una novela histórica sino del libro que narra una historia verdadera acaecida a finales del siglo XIX. Sus autores son Liel Leibovitz y Matthew Miller, dos escritores -el primero también profesor de universidad- que residen Nueva York. Lo que han escrito es «Fortunate Sons» (Hijos afortunados), la historia real de “120 niños chinos que llegaron a América, fueron al colegio y revolucionaron una antigua civilización”.

Liel Leibovitz

El origen del libro está en las imágenes de televisión que ambos vieron en Beijing (Pekín) donde se mostraban las fotografías amarillentas de aquellos niños chinos que vestían pesados ropajes de seda en medio del austero paisaje de Nueva Inglaterra. Los niños fueron enviados a Estados Unidos en 1872, durante el ocaso del Imperio Quing, con la esperanza de que unos años en los mejores colegios y universidades produciría un grupo de líderes capaces de sacar a China de su retraso tecnológico y militar. En los colegios y universidades de Connecticut, Massachusetts, New Jersey y New York los hijos de los supervivientes del Viejo Mundo y los hijos de una joven república, se encontraron, jugaron e intercambiaron ideas.

Esta es la historia que de forma apasionada, y como sólo los americanos saben hacer (el arte y la técnica de hablar en público se enseña en los colegios), nos contó Leibovitz al grupo de unas cuarenta personas que nos reunimos allí, incluido el descendiente americano de uno de los jóvenes chinos.

Todavía tengo que leer el libro que nos dedicó Leibovitz (“this book is primarily a work of history”), pero ya pienso que bien merece igualmente un relato basado en aquellos hechos para recrear en formato de ficción la peripecia personal de los niños y mostrar el choque de culturas, el enorme contraste de costumbres y creencias que sin duda debió de suponer. Igual que creo que las imágenes de aquella singular aventura, el desembarco de los niños en San Francisco, su viaje y estancia en familias de Nueva Inglaterra y su regreso a China, podrían ser sin duda objeto de un excelente guión y una cuidada ambientación para una superproducción de Hollywood.

Es en estas ocasiones cuando la realidad supera la ficción; cuando una historia verdadera debe aprovecharse de los recursos que la ficción le brinda para descubrirla en su totalidad y superarla, para presentárnosla bajo el encantamiento y el poder de su atractivo original.

– Puedes leer la reseña sobre el libro en The New York Times haciendo clic aquí.

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