Ladrones de tiempo y la hora de leer

En la novela se encuentran siempre dos extraños.

No es fácil encontrar el momento adecuado para leer, más ahora cuando la vida, en muchos sentidos, es un torbellino en el que pararse puede significar ser arrollado por las circunstancias.

En el caso de la lectura, otras actividades como la televisión y el mundo de Internet y las redes sociales nos apartan con frecuencia de los libros. Incluso en esos espacios, la brevedad es una norma tácita. Mensajes de 140 caracteres, apenas una fotografía o un post de un párrafo que enlaza a otra cosa en un blog deben ser suficientes para decir todo lo que queremos decir; más allá de eso no tenemos tiempo para detenernos, hay que pasar al siguiente mensaje, al siguiente texto o a la siguiente fotografía en una carrera desesperada para abarcar todo aquello que se sucede delante de nosotros a velocidad de vértigo.

Igual que en Internet y en la gastronomía, donde ahora lo que se lleva es el menú degustación y el tapeo (un poquito de cada pero no mucho de nada), en la lectura se ha impuesto también lo breve: microrrelatos, haikus y otras textos mínimos están a la orden del día.

La inmediatez, ese sentido de urgencia, no tiene nada que ver con el libro, al menos con la novela. Cada vez tenemos menos tiempo para un texto largo, para los capítulos que se suceden hasta conformar una historia. Y curiosamente, en vez de reservar un paréntesis de media, una o dos horas en nuestra agenda diaria, lo que hacemos es robarle tiempo a otras actividades. Por eso vemos a tanta gente leyendo a trompicones en el metro, en el autobús o en el tren mientras va a trabajar; o lee mientras come o, como es muy habitual, en la cama antes de dormir. Pero en todos esos casos somos ladrones de tiempo, robando horas de sueño, horas de desplazamiento, horas a la comida. La lectura no es, habitualmente, una actividad que merezca por sí misma un tiempo exclusivo como el que reservamos para hacer la compra, ir al gimnasio, planchar, salir a cenar o ver la televisión. Se ha convertido en una actividad suplente, como un deportista que se sienta en el banquillo a la espera de su oportunidad.

¿Por qué no, entonces, crear la hora de leer, un momento dedicado exclusivamente a la lectura? Sin la distracción de la televisión, el ordenador o el teléfono móvil… Simple y llanamente un tiempo y un espacio dedicado a la lectura. Sí, es cierto, suele ser el objetivo que nos fijamos para el verano, cuando lejos de la rutina y sin agenda no sabemos qué hacer y entonces no hay necesidad de robarle el tiempo a ninguna otra actividad. ¿Por qué no intentar llevar ese momento a cualquier otra época del año? Media hora tumbados en el sofá o una hora sentados en una butaca orejera, sin otra compañía que una novela, ¿es mucho pedir?

Paul Auster se refirió de alguna forma a ese momento y a ese espacio en su discurso al recibir el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006:

“La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad”.
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23 pensamientos en “Ladrones de tiempo y la hora de leer

  1. Yo también soy de los que leen en la cama antes de dormir. Me he acostumbrado tanto que si no lo hago, acabo dando vueltas hasta las tantas sin poder pegar ojo.El día está lleno de dispositivos de seguridad que impiden robarle un solo minuto.Es curioso, pero la empresa en la que trabajo ha puesto una videoconsola en la sala de cafés para que sus empleados puedan "desconectar" unos minutos de la rutina diaria. Menuda iniciativa, ¿verdad?. No voy a negar que algún que otro día no apetezca echar una partida; pero, por qué no poner un buen sillón donde poder evadirse esos minutillos con una buena lectura.

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  2. Cierto, robamos horas para leer.Pero si leer y escribir lo conviertes en una actividad diaria, deja sotras cosas para leer, y dejas otras cosas para escribir.He lelgado a este blog por casualidad. Buscaba imágenes de "lectura" y/o de "mjer leyendo".Estoy escribiendo una entrada en mi blog, precisamente, de cuando mi abuelaleía en voz alta para todos. Era la "hora de leer". O cuando mi madre nos daba clases de ortografía y de dictado. Era una tarea diaria.Mientras otros niños estaban en la calle -vivíamos en un pueblo- jugando. Saludos.http://conchareviriego.blogspot.com.es¿Se robaba tiempo a algo? Tal vez… Nunca lo había pensado.

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