Guerra y Paz

Cinco años tardó Liev Tolstói en escribir ‘Guerra y Paz’ y yo siete meses en leerlo. Este es un libro (del Taller de Mario Muchnik, 2003) que vino de Oriente pero que no vino volando sino en el contenedor de la mudanza que viajó en barco hasta Nueva York en el verano de 2008. Vino con la idea de ser leído en las frías noches de esta ciudad y, al final, se adentró también en los días de la tibia primavera.

Lo traje para cumplir un compromiso personal de leer este clásico con esa idea quizá algo peregrina de que debe ser uno de los libros de la lista de imprescindibles antes de pasar a mejor vida. Por lo tanto, puedo decir aquello de “prueba superada”, pero además puedo decir que disfruté mucho, durante muchas horas, con su lectura.

Es cierto que pensaba encontrar un libro más clásico y, sin embargo, me encontré con una escritura que me pareció más moderna, más actual.

Pero ¿Qué es Guerra y Paz?. Es el propio Tolstói quién se hace la pregunta y él mismo quien contesta en las páginas que se han considerado como Apéndice a su obra, publicadas en 1888 en la revista Antigüedades Rusas: “No es una novela ni un poema y todavía menos una crónica histórica: Guerra y Paz es lo que el autor ha querido y podido expresar, en la forma en que está expresado”.

En sus casi 1800 páginas se alternan la Guerra (el ejército, los soldados, Napoleón, el campo de batalla, la nieve, el frío, el hambre y la muerte) y la Paz (los salones de Moscú y San Petersburgo, las damas y los sirvientes, el amor, la pasión, condes y palacetes).

Este subrayado se refiere a la guerra, donde Tolstói describe lo que separa a rusos y franceses en el campo de batalla:

Los separaba un vacío de seiscientos metros que permanecía desierto. El enemigo haía cesado el tiroteo y podía percibirse mejor aquella línea terrible, amenazadora, rigurosa e imperceptible que dividía a los dos ejércitos enemigos.

“Un paso más a llá de esa línea, que recuerda la división entre los vivos y los muertos, y se cae en lo desconocido, en el dolor y en la muerte. ¿Y qué hay allí, quién está detrás de ese campo, de aquel árbol, de aquella techumbre iluminada por el sol? Nadie lo sabe, pero querrían saberlo. Es terrible cruzar esa raya, pero querrían hacerlo. Nadie ignora que tarde o temprano habrá que cruzarla y conocer entonces lo que hay más allá, en la otra parte de la divisoria; lo mismo que algún día habrá que saber fatalmente qué hay más allá, al otro lado de la muerte. Y a pesar de todo uno se siente fuerte, sano, alegre y excitado rodeado por otras personas que se sienten también fuertes, alegres y excitadas.” Si no lo piensa, así siente, al menos, todo hombre a la vista del enemigo, y esa sensación infunde un brillo especial y una jubilosa rudeza a cuantas impresiones se suceden en esos instantes.

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