Llámame Brooklyn

Otra vez la butaca de un avión (vuelo Delta 279 Nueva York – Las Vegas) me sirvió para comenzar la lectura de un libro, en esta ocasión “Llámame Brooklyn” (Ediciones Destino, 2006), la novela de Eduardo Lago -actual director del Instituto Cervantes de Nueva York-, ganadora del Premio Nadal en 2006.

Volábamos hacia la noche robándole la luz al día cada vez más deprisa.

Una obra bien tejida con Nueva York de nuevo como fondo (tras ‘Invisible’), con paisajes reconocibles, y unos personajes grises y marginales que transitan a lo largo de los años en torno al Oakland, un bar de marineros en Brooklyn que sirve de epicentro de la narración, con la historia de unos papeles (¡un cementerio de manuscritos!) a la espera de ser interpretados y reescritos como eje de la misma. En ciertos momentos se hace complicado seguir el hilo narrativo por la cantidad de personajes, tiempos e historias que se entrecruzan sin cesar.

En la entrada anterior de este mismo blog reflejaba el esfuerzo de un escritor (David Remnick) al levantarse a las 5:30 de la madrugada para escribir. En esta ocasión, el periodista que escribe la novela sobre los manuscritos encontrados lo hacía incluso antes: “Me levantaba a las cuatro y media de la madrugada, a fin de poder escribir un par de horas largas antes de irme a la redacción, y continuaba al final del día, como si la jornada de trabajo hubiera sido un paréntesis innecesario. Y seguía así durante los fines de semana y los días libres”.

Quien dejó las papeles dice también en un momento: “La verdad es que no tenía ni la más remota idea de lo que quería hacer con mi vida, pero el día de la ceremonia de graduación, cuando mi abuelo me preguntó si sabía qué quería hacer el resto de mi vida, le contesté resueltamente que quería ser escritor. No sé qué demonios me impulsó a darle aquella respuesta. Lo hice sin pensarlo, pero cuando aquella misma noche lo medité a fondo, me di cuenta de que le había dicho la verdad”.

También subrayé algunas otras frases:

– “Alcanzamos los límites de la ciudad cuando la mancha jabonosa del sol empezaba a despuntar por detrás de una hilera de casas bajas”.

– “Cuando la imagen se disolvió sentí un relámpago de deseo”.

– “Gracias a ti puedo decir que soy escritor. Antes de esto, siempre sentí que me quedaba grande la palabra”.

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