Libros que vuelan: «Invisible»

Ahora sé que los libros vuelan, y con ellos las historias y los personajes que les dan vida. Y además de volar viajan en el tiempo.

Compro libros en las librerías de esta ciudad, entre las estanterías abarrotadas sorteando los pies de quienes se refugian en la lectura gratuita y placentera sobre la moqueta verde oscuro. Leo los libros de la biblioteca pública, palabras prestadas que luego me duele devolver. Compro libros desde el teclado del ordenador que llegan a casa en su cofre de cartón. Recojo también los libros que otros abandonan en la calle, en el frío de las aceras y en los cubos de basura para reciclar.

Pero cuando no encuentro, o la lengua de los libros o los autores que espero es la mía, entonces, cruzo el Atlántico con los títulos apuntados en la memoria de mi teléfono móvil -más segura que la mía- en el apartado que dice BOOKS.

Al regreso, acomodado en mi butaca y con el seatbelt abrochado, apenas el rugir de los motores se suaviza y los edificios en tierra se pierden en el trazado de un mapa enorme y distante, busco la primera página y anoto con mi lápiz Grav Von Faber Castell, de capuchón plateado, la fecha y el número de vuelo: <March 12, 2010 MADRID – NEW YORK IB6253>. Y subrayo la primera frase: “Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967”.

Cuando comienza el desfile de las azafatas por los estrechos pasillos del avión y el comandante nos da la bienvenida con una voz metálica y cansina, yo me introduzco en la vida del protagonista de “Invisible” (Anagrama, 2009), la última novela de Paul Auster, un estudiante de Columbia, a treinta manzanas (blocks) de donde vivo, adonde ahora voy.

Sobre el Atlántico, volviendo atrás en el tiempo (seis horas separan el reloj entre Madrid y Nueva York) devoro las páginas con la historia de Adam Walker y Margot, tan reales como la sonrisa de la azafata que me ofrece algo de beber a 20.000 pies de altura.

“Por aquella época [Walker] tendía a evitar las grandes congregaciones de gente, harto del barullo de la multitud que habla mucho y dice poco, azorado por la timidez que me sobrevenía en presencia de personas desconocidas”.

“En cuanto a Margot, permanecía quieta sin mover un músculo, mirando al vacío, como si la misión principal de su vida fuer la de parecer aburrida. Pero interesante, muy atractiva para mis veinte años, con su pelo negro, suéter negro de cuello vuelto, minifalda negra, botas de cuero negro, y espeso maquillaje oscuro en torno a sus grandes ojos verdes. No era una beldad, quizá, sino una representación de la belleza, como si encarnara algún ideal femenino de la época con su apariencia de estudiado estilo”.

“Sin maquillaje, Margot era más tierna y sencilla que la mujer que parecía en público. Sin ropa, resultó ser flaca, casi descarnada, con pechos menudos de adolescente, caderas estrechas, y piernas y brazos vigorosos. Labios llenos, vientre plano con un ombligo ligeramente protuberante, manos suaves, un áspero nido de vello púbico, nalgas firmes y una piel sumamente blanca que era más suave que ninguna otra que hubiera acariciado jamás. Los detalles de un cuerpo, intrascendentes y preciosos”.

Vuelo hacia Nueva York, donde vive el autor, la ciudad donde habitan Walker y Margot, una ciudad “que a ella le parecía sucia y deprimente”. “Un apartamento de dos habitaciones en un edificio de la calle Ciento siete Oeste, entre Broadway y Amsterdam Avenue” y “en un edificio de Morningside Drive, al término de la calle Ciento dieciséis”. Lugares que puedo imaginar, que ahora puedo reconocer y pasear. Donde ahora viven otros walkers y otras margots esperando entrelazar sus vidas.

Llego cansado y dejo “Invisible” sobre la mesilla de mi dormitorio.

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