Lolita

Hay que leer “Lolita” de Vladimir Nabokov (Anagrama, 2005) sin prejuicios ni ideas preconcebidas fruto -entre otras cosas- de las versiones que la han llevado al cine, la más reciente en 1997 con un Jeremy Irons que a mí no me recordó al personaje de Humbert Humbert mientras leía la novela.

Hay que desechar también la sombra de mal gusto o pornografía que ha acompañado a esta obra desde que Navokob la publicara en 1955. Nada de eso he encontrado yo en su lectura sino, al contrario, la fantástica y maravillosamente bien escrita historia de una huída hacia adelante, en sentido literal porque relata el viaje de Humbert con la adolescente Lolita Haze, y en sentido figurado porque Humbert quiere escapar de sí mismo y de las consecuencias de su irrefrenable atracción por Lolita.

Sobre Humbert se puede leer en el prólogo:

“Cierta desesperada honradez que vibra en su confesión no le absuelve de pecados de diabólica astucia. No es un caballero. Pero ¡con qué magia su violín armonioso conjura en nosotros una ternura, una compasión hacia Lolita que hace que nos sintamos fascinados por el libro al mismo tiempo que abominamos de su autor”.

Sólo hay que abandonarse a su lectura y disfrutar de la buena literatura que sale de las manos de Nabokov. Yo recordaré la lectura de Lolita en Nueva York en un mes de julio caluroso y plagado de tormentas, con varios pasajes leídos durante algunas tardes en Union Square y Central Park.

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