¿Y qué hago yo?

No basta con el impulso de escribir. Debería ser más sencillo; te pones delante del papel o del teclado y empiezas a escribir. Enlazas letras con palabras, ideas con argumentos e historias con personajes, y he aquí que tienes un relato, una poesía, un tratado o una novela. Fácil ¿no?.

Pues yo sigo en el impulso, en las ganas de escribir pero paralizado por una idea, por el vértigo a la primera línea y a que el cerebro envíe a la mano los impulsos necesarios para volcar lo que bulle en la cabeza, lo que uno cree que merece la pena contar. Pero no sólo contar, no sólo redactar sino conmover, conmocionar con las palabras. Esa es mi idea, ese es mi objetivo, esa es mi ambición.

Siempre he escuchado que no hay otro secreto que, como para tantas cosas en la vida, convertir la escritura en una rutina, en un ejercicio disciplinado con el que finalmente uno puede culminar una cima deseada pero con el que se sufre lo indecible en el camino. Que tiene su técnica y que la técnica sólo se mejora con la práctica, y con tiempo y dedicación.

Todo esto viene a cuento de que el otro día repasaba una entrada antigua en el blog ‘La fraternidad de Babel’ del escritor César Mallorquí. Contaba que, dedicándose a la escritura de forma profesional, es decir, a tiempo completo, se fijaba “un número mínimo de páginas: cuatro al día (aunque por lo general suelen ser seis o siete)”, lo que son 20 a la semana y más de 80 al mes. “Y ochenta páginas al mes no está nada mal”, afirmaba.

Y leyendo la página de libros de Financial Times me topé también con una pequeña entrevista (Small Talk) a Paul Auster, donde a la pregunta de cuántas palabras escribe al día responde con un contundente “en un buen día una página, más de eso es algo extraordinario”.

Entonces, ¿qué hago yo, si tengo trabajo, si tengo familia, si antes de sentarme a escribir hago cualquier otra cosa, si me distraigo con el vuelo de una mosca, si antes de escribir una frase la reescribo treinta veces en la cabeza…? Ya sé: disciplina, sacrificio, robar horas al sueño por la mañana o por la noche, robar horas al deporte, a la tele y ¿también a la lectura? ¿Y que me queda entonces? Pues eso, escribir.

Y por último, obsesionado con una primera frase, tengo que escuchar a John Irving -en el podcast del New York Times Book Review (5 de Junio)- que él sólo comienza a escribir cuándo tiene perfectamente claro cuál es la última frase de su novela.

Me voy a echar a llorar… (y se va a mojar el teclado).

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