El sanador de caballos

Después de leer ‘El sanador de caballos’ me quedo con dos cosas buenas: la primera, que se trata de una historia trepidante que te hace buscar el momento de leer y, segundo, que está escrita por un amigo apasionado por la escritura a quien prometí leerla en Nueva York.

El sanador de caballos (Ediciones Temas de Hoy –TH Novela-, 2008; 777 páginas), de Gonzalo Giner, es una novela de acción a la manera en que ahora los guionistas escriben las series de televisión: de forma directa, sin descripciones pesadas que entorpezcan la trama y tratando los capítulos como píldoras de una sustancia adictiva que te hace –aunque el sueño pugne por cerrar los ojos- volver la página, empezar un nuevo capítulo y continuar la historia (page turners books lo llaman en Estados Unidos).

Pero El sanador de caballos es, al mismo tiempo, la novela escrita por un amigo, lo que hace que su lectura –e incluso el hecho físico de tener el libro entre las manos- suponga además un goce personal mayor. Este factor hace más difícil enjuiciar de forma directa la novela, pero es también lo que me lleva a hacerlo con más detenimiento sobre cualquier otro libro.

Del argumento de la novela sólo contaré lo que se puede leer en la portada, por cierto, de un diseño exquisito y muy acertado por parte de la editorial: que es la aventura de un veterinario en la Edad Media (en España) que juró venganza y persiguió la sabiduría.

En cuanto a mi opinión como lector, diré que –en general- al libro le falta profundidad, si es que ‘profundidad’ no un es concepto demasiado vago. El texto está escrito de forma plana y lineal, casi como un cómic que a través de sus viñetas desarrolla una historia de forma superficial, sin detenerse en otras motivaciones que ayuden a entender mejor su contenido. Por eso su lectura es muy ágil, pero en su virtud también está contenido su pecado. Incluso los personajes son igual de planos; apenas se nos muestran algunos de sus rasgos físicos cuando aparecen en la historia y poco más: algunas emociones exageradas que les convierte en esclavos de su propio estereotipo. Así, se reconoce fácilmente al bueno, al malvado, al traidor, a la bella enamorada, a la sufrida esclava, al misterioso caballero…, en un abanico de personajes sin matices, con alma y apariencia de cartón piedra.

La historia tiene sus mejores momentos –diría que muy buenos- cuando se nos muestra el aprendizaje del protagonista como veterinario, así como los usos y costumbres de la profesión de albéitar en la Edad Media, que dejan entrever un enorme trabajo de documentación. Es la parte más sólida de la novela y la que a mí realmente me sedujo, la que leí con mayor interés. A partir de entonces, tanto la trama como el personaje se diluyen y se bifurcan en afluentes que se desvían sin razón del curso principal de la historia. La novela aborda entonces otros tópicos que además poco o nada tienen que ver con el carácter del protagonista: Diego pasará de ser aprendiz de veterinario (su pasión) a espía forzoso y miembro de un comando de asalto (con el ambicioso objetivo de “combatir y aniquilar al imperio almohade”), más cercano a un videojuego actual o a las peripecias de Indiana Jones que a una historia creíble de la Edad Media.

Por otra parte, el lenguaje, tratándose de una novela situada en la Edad Media, no puede ser el mismo que el de una serie actual de televisión, con un tuteo que en ocasiones chirría sobre manera ( – Es lo menos que puedo hacer por ti, Teresa; pág. 414), y con frases, diálogos o situaciones pueriles y sonrojantes que desentonan totalmente (reconocía que Fabián había estado encantador con ella; pág. 383, – ¿Por qué me abandonas…? –Se arrodilló desconsolada, en una baño de lágrimas-. Mi amor… mi Diego…; pág. 419), como la escena de la muerte del caballo (pág. 769).

Un capítulo aparte, que podría haber sido corregido por el editor, merece el uso exagerado e innecesario de la forma reflexiva “le” y “te” (Diego le narró las circunstancias de su muerte…; pág. 668, Entiendo las dificultades que esta petición te puede suponer…; pág. 575).

En una entrevista le preguntan a Gonzalo Giner qué espera de esta novela: “Espero que la gente cuando lo lea pase un rato agradable, no pretendo hacer un tratado literario”. Crear una historia atractiva es un objetivo necesario pero, en mi opinión, no suficiente. Una buena historia es mucho mejor historia si está mejor contada. Más certeramente lo expresa Roberto Saladrigas en la recensión de un libro: “Afirmar que la trama de una novela está siempre por debajo de la forma de narrarla debería ser una obviedad aunque diste de serlo. Lo ideal es que argumento y estilo se complementen hasta persuadirnos de que la historia sólo podía ser contada de aquella manera”.

Yo sí disfruté leyendo El sanador de caballos, y por eso, y para saber si acierto o yerro en mis opiniones, me gustaría que otros muchos lo leyeran. Yo lo recomiendo.

NOVEDAD: Gonzalo Giner publicará “El jinete del silencio” en JUNIO 2011

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