Muerte en Persia

Y tras de Nueva York y Estambul, no otra ciudad pero sí otro país, Persia, el Irán actual, “Muerte en Persia” (Edit. Minúscula, Barcelona 2003) es un librito escrito en primera persona por Annemarie Schwarzenbach. Thomas Mann, padre de los amigos de Annemarie (Erika y Klaus Mann), le llamaba ‘angel devastado’ y es aquí, en este “diario impersonal” como ella misma lo define, donde mejor se entiende el apelativo: “En efecto, -escribe Schwarzenbach ya en la primera página- de errancias trata este libro, y su tema es la ausencia de esperanza”.”… Lo que aquí se cuenta es, sencillamente, el caso de un ser humano que ha llegado al límite de sus fuerzas…”. Merece la pena leer “Ella, tan amada”, la magnífica biografía novelada que sobre Annemarie Schwarzenbach ha escrito la autora italiana Melania G. Mazzucco.

Libro de viajes, diario, historia de amor, apunte biográfico, “Muerte en Persia” es todo al mismo tiempo, un cuaderno atravesado por la autenticidad de una muchacha de 28 años y vida andariega motivada, entre otras razones como la propia autora reconoce, por el hastío de la Europa de los años 30 y de la civilización en general, y por sus ansias de aventura y conocimiento, aunque “en ninguna parte se mencionen de forma inequívoca los motivos por los que un ser humano se deja arrastrar hasta Persia, país lejano y exótico, para sucumbir allí a innominadas tentaciones”.

“Arrancados de nuestra esfera, de nuestros consuelos habituales -un rostro que respira, un corazón que palpita, parajes plácidos y cambiantes-, no tenemos más remedio que entregarnos a los grandes vientos de las alturas que hacen trizas nuestras últimas esperanzas. ¿Hacia dónde orientarse entonces? En derredor nuestro sólo hay desnudez, graderías rocosas teñidas de gris basáltico, desiertos amarillos como la cara de un leproso, inertes valles lunares, arroyos de creta y ríos de plata con peces muertos flotando a la deriva. ¿Hacia dónde orientarse, pues? ¡Oh desconcierto, ala entumecida del alma! Allí, ni siquiera la sucesión del día y de la noche traspasa el umbral de nuestra conciencia, a pesar de que el día es radiante y huérfano de sombra y los fríos astros alumbran la noche”.

“Estirado sobre el catre, uno soñaba con caminos de futuro que serpenteaban por llanuras desconocidas, proyectándose hacia las montañas de las esperanzas. Uno yacía ahí, lleno de fe, agitado por la añoranza que, esbelta como las blancas columnas del exterior, se proyectaba hacia las alturas donde la alegría
se unía a la tristeza. Podía soportarse con una sonrisa”.

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