El final de la conversación

Muchos ven en la televisión -y yo también- una amenaza para la convivencia. Demasiado ruido, mucha banalidad, total uniformidad. Claro que no todo es malo: a mí también me levantaron de la cama el 20 de julio de 1969 para ver (en blanco y negro) cómo el Hombre pisaba la luna.
En ‘Historias de las Telecomunicaciones’ (Ariel, 2003) de José de la Peña, se dice que las innovaciones se han enfocado tradicionalmente con fines “nobles” como la instrucción, la formación o las finanzas. “La televisión, por ejemplo, se planteó con la promesa de que elevaría el nivel intelectual de la población, ya que al llegar a todos, era una herramienta idónea para recibir, por ejemplo, clases a distancia. Durante los años setenta, se habló mucho de la televisión educativa como complemento y apoyo a los colegios rurales, etc.” Y no puede el autor evitar ofrecer su propia opinión a continuación: “Creo que sólo es necesario encender la televisión unos minutos y hacer un rápido zapping para ver lo que ha quedado de esos sueños. La televisión es uno de los mejores ejemplos de una tecnología complejísima que ha alcanzado unos niveles de banalidad en su uso y contenidos que no fueron ni siquiera vislumbrados por ningún especialista de la época de su invención”.
Pero más interesante aún sobre la televisión son las opiniones que he leído recientemente de dos escritoras. Una es Doris Lessing, reciente premio Nobel de Literatura, en una entrevista que publicaba El País:

– Dice usted en uno de sus libros de memorias que la televisión interrumpió la conversación, rompió la alegría, o al menos la convivencia familiar…

– No dije que fuera alegre precisamente esa convivencia, pero desde luego la vida familiar era distinta antes de que llegara la televisión. Yo vi llegar la televisión a una casa donde solía escucharse la radio, donde la gente solía sentarse todas las noches, a hablar, a comer, y a comer muy bien, por cierto… Estoy hablando de una cultura distinta a la que vino luego; la televisión interrumpió esa cultura. Fue el final de la conversación, de la jovialidad de la convivencia, terminó aquello de sentarnos a comer todos juntos… Aunque es cierto que muchas de las canciones que cantábamos eran muy aburridas, si es verdad que también se acabó aquello de cantar en familia, alrededor de un piano… Todo el mundo alrededor de una mesa, un perro ladrando en una esquina, una comida maravillosa (¡porque no todos los ingleses son malos cocineros!)… Todo eso se fue cuando llegó la televisión, y yo tengo el recuerdo del día en que eso ocurrió.

“La televisión fue el final de la conversación;
terminó aquello de sentarnos a comer todos juntos”
Otra opinión es la de Muriel Barbery, autora de una novela revelación en Francia, ‘La elegancia del erizo’ (Seix Barral), que leí en una entrevista en el diario Expansión. Dice Muriel que, como la protagonista de su libro, siente una necesidad física de silencio: “Es lo mínimo para poder reflexionar. Para mí, los tres grandes lujos, son el tiempo, el espacio y el silencio. En casa tiramos la tele. Al principio da vértigo; tenemos terror a una vida sin ruido de fondo, porque entonces hay que encontrarse con uno mismo. Y eso siempre da que pensar”.
“Tenemos terror a una vida sin ruido de fondo”
También he pensado alguna vez en prescindir de la televisión. ¿Qué pasaría?
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s