Adiós Hans Castorp

Anoche mismo, 930 páginas después, terminaba de leer conteniendo el aliento la peripecia de Hans Castorp, un modesto joven en su estancia en el Berghof, un sanatorio para tuberculosos allá arriba, en la montaña mágica. ‘La montaña mágica’ (Editorial Edhasa, 2005), es una novela escrita por Thomas Mann, “un clásico indiscutible de la literatura alemana”, en 1924, “considerada a menudo su obra más importante”, y que sin duda contribuyó a que en 1929 obtuviera el Premio Nobel de Literatura.

Ha sido la lectura que ha ocupado muchas horas del verano y de mis vacaciones, pero que ha merecido la pena y como confiaba antes de empezar, ha conseguido estremecerme. Atrás quedan unos personajes, los habitantes del Berghof, que han formado parte de mi propia historia de este verano: Hans Castorp, su primo Joachim Ziemssen, Madame Chauchat, el italiano Settembrini (“que defendía siempre la palabra, la blandía como una espada y la hacía triunfar”), Naphta, el doctor Behrens o el excéntrico Mynheer Peeperkorn. Thomas Mann logra crear un increible ambiente de familia con “los de allá arriba”, seres que comparten -además de la fiebre- una vida fuera del tiempo, y una atmósfera -entre habitaciones de hospital y paseos- que envuelve de magia un espacio blanco y frío alejado del mundo exterior.

No me resisto a transcribir un párrafo que concentra la magia que se repira en aquella montaña en Davos Platz:

En lo que se refiere al valle invernal, cubierto por una espesa capa de nieve, al que Hans Castorp -recostado cómodamente en su tumbona- también había dirigido preguntas transcendentales, toda la respuesta que obtuvo de sus picachos, cumbres, laderas y bosques de color rojizo, verde o marrón fue un silencio eterno; y en ese silencio eterno rodeado del silenciosos fluir del tiempo de los hombres permaneció, a veces resplandeciente bajo un límpido cielo azul, otras envuelto en un denso manto de niebla, otras teñido de púrpura a la caída del sol, otras convertido en mil reflejos de diamante bajo la magia de la luna… pero siempre nevado desde hacía seis meses, tan increíble como fugazmente transcurridos; y todos los habitantes del Berghof afirmaban que ya no podían ni ver la nieve, que les daba hasta asco, que ya habían tenido de sobra en el verano y que tanta masa de nieve a diario: montañas de nieve, paredes de nieve, colchones de nieve en todas partes, superaban a cualquiera y eran mortales para el ánimo y el espíritu. Y se ponían gafas con cristales de colores, verdes, amarillas o rojas, supuestamente para protegerse los ojos pero, en realidad, para proteger su corazón.

Thomas Mann, el escritor contemporáneo de Annmarie Swarzenbach, amiga de sus hijos, a quien llamó ángel devastado…, escribe deliciosa y aparentemente fácil. En la contraportada del libro una cita de Carlos Fuentes da idea de su dimensión como escritor: “Si Joyce es Irlanda y la lengua inglesa, y Proust Francia y la lengua francesa; Thomas Mann es más que Alemania y la lengua alemana”.

FINIS OPERIS

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