Todavía la Guerra Civil

70 años después de su comienzo, la Guerra Civil sigue cautivando a muchas personas. A mí también, pero no para mantener hasta el infinito la cuestión de las dos Españas, sino por tratar de entender cómo unos contra otros -habitantes del mismo pueblo, de la misma ciudad, de la misma familia, del mismo país- fuimos capaces de generar tanto odio y tanto rencor.

Leí con gran esfuerzo, pero con mucho deleite por entender, ‘La Guerra Civil Española’ de Antony Beevor, (Crítica, 2005). Como él mismo escribe en la introducción del libro, “la pasión con la que se luchó por aquellas causas ha hecho muchísimo más difícil la búsqueda de la objetividad, sobre todo en lo tocante a los orígenes de la guerra. Cada uno ha tratado de demostrar que fue el otro quien la empezó. A veces se tiende incluso a pasar por alto factores neutros, como el hecho de que la República trataba de llevar a cabo, en muy pocos años, un proceso de reforma social y política que en cualquier otro país, había requerido un siglo.” En esta misma línea sugue explicando que “es inevitable que muchos hechos se sigan interpretando al arrimo de opiniones personales, como sucede, sobre todo, con el debate causal que condujo a la guerra: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Por dónde empezamos? ¿Por el ‘egoísmo suicida’ de los terratenientes o por la ‘gimnasia revolucionaria’ y la retórica que desataba el miedo al bolchevismo, arrojando a las clases medis ‘en brazos del fascismo’, como advertían los líderes socialistas más moderados? Dar una respuesta definitiva a estas preguntas está más allá de la capacidad de cualquier historiador.”

Pues un día de Santa Laura, el 19 de octubre pasado, terminé de leer ‘Capital de la gloria’ de Juan Eduardo Zúñiga (Alfaguara, 2003), un libro de relatos sobre las vidas oscuras de quienes en Madrid eran protagonistas del horror de la guerra. Un libro precioso; un libro sobrecogedor.

“Y en octubre fueron los primeros bombardeos, y los cadáveres extendidos en las aceras hasta que venían las ambulancias o simples coches, que los recogían, y las casas que ardían y las que se derrumbaban en una oleada de vigas de madera, cascotes y tejas; y la cara compungida, estupefacta, de los heridos que daban unos pasos tambaleantes con la cabeza ensangrentada por los cristales que les cayeron encima, y el estruendo, los estrépitos, los zumbidos de la aviación, …”.

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