Un alto en Butcher’s Crossing en espera de «Stoner»

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Il Tavolo Verde. Foto: © D.R.

Nos vimos hace ya algún tiempo (ella un té, yo un café) en Il Tavolo Verde, un refugio muy cerca de la Puerta de Alcalá, en Madrid, donde al entrar uno se traslada a otro mundo y cambia fácilmente de humor. Astrid vive en Berlín, pero siempre tiene un pie puesto en Barcelona, donde nació. Cuando su trabajo la lleva a Madrid, al terminar su jornada y antes de partir de nuevo en el AVE hacia la Ciudad Condal, nos vemos para ponernos al día de nuestros proyectos, los que salen y los que no. Pero también para hablar de libros y lecturas, de lo que yo escribo en este cuaderno digital (ella escribe un blog sobre gestión y diversidad cultural). Astrid me pregunta qué leo o qué he leído (recuerdo que le hablé de «Un hombre enamorado», de Karl Ove Knausgård) porque en cuestión de libros y también de otras cosas, dice, «tenemos gustos parecidos». Esta vez fue ella quien me reveló su último descubrimiento: «Stoner», la novela de John Williams que estaba leyendo en ese momento –en inglés– me dijo, para no perder ningún matiz del lenguaje. Me habló del libro con verdadera emoción, como de algo fuera de lo común y un valor incalculable.

Ustedes ya conocerían a John Williams y su Stoner, pero yo entonces no había oído hablar de él –mi ignorancia es amplia en muchos sentidos–, un escritor estadounidense que murió en 1994 a los 72 años de edad.  Ahora sé que es su novela más aclamada, aunque permaneciera prácticamente desconocida durante décadas después de publicarse en 1965: una obra maestra ignorada, como la calificó Enrique Vilá-Matas hace algunos años. Si él se sorprendió entonces, también entiendo la sorpresa más reciente de Astrid.

Prometí a Astrid leer Stoner, pero todavía no he cumplido mi palabra. Fui a mi librería virtual por suscripción (Nubico) pero allí no estaba. Me encontré sin embargo con otra de sus novelas, «Butcher’s Crossing», escrita en 1960. Y me dije ¿por qué no?  Reconozco que siento una especial predilección por aquellos textos que de alguna forma han quedado ensombrecidos por el brillo que la fama ha otorgado a alguno de sus hermanos, una cierta pena que me mueve a leerlos y, de alguna manera, volverles a dotar del sentido para el que fueron creados. Y eso fue lo que hice con Butcher’s Crossing:

Butcher's CrossingCorren los años setenta del siglo XIX y el joven Will Andrews, recién graduado en la universidad de Harvard, decide dejar todo lo que una gran ciudad puede ofrecerle y emprender un viaje hacia el Oeste, donde espera encontrar un lazo de unión con la naturaleza. Ya de camino, Will recala en un pequeño pueblo de Kansas llamado Butcher’s Crossing, donde la única diversión es tomar copas con hombres que parecen haber perdido ya muchas batallas y acariciar mujeres cansadas de tanto traficar con el placer.

Un pueblo polvoriento, las rodaduras de un carromato en el camino, las praderas de bisontes, el cruce del río, la nieve y el frío de las montañas, tipos duros en el bar… Nunca hubiera creído que una «novela del Oeste» me cautivara en la forma en que lo hizo Butcher’s Crossing. Precisamente porque no es solo una típica novela de vaqueros. Toda una sorpresa, todo un descubrimiento.

Querida Astrid,

Hace algunos meses que me hablaste de Stoner. Fui a buscarlo pero hice un alto en el camino para visitar Butcher’s Crossing, ya sabes, un pequeño pueblo perdido de Kansas. Stoner sigue en mi horizonte, como un destino que, aunque lejano, uno sabe que algún día llegará porque en realidad nos está esperando. Dame tiempo y, si vuelves por Madrid, hablaremos de las novelas de John Williams y de nuestros últimos proyectos.

 

La propaganda de un libro

 

Christy Turlington

Christy Turlington. Instagram: @cturlington

[…] Lo trivial ha anegado la vida literaria contemporánea hasta cobrar, a lo que parece, más importancia que los libros. La propaganda de un libro es más importante que el libro en sí; tal como la foto del autor en la solapa es más importante que el contenido, y la apariencia del autor en los diarios de gran tirada y en la televisión es más importante que lo que el autor haya escrito realmente.
[…]
El mercado literario exige de las personas que se adapten a las normas de la producción. Por lo general, no tolera a los artistas desobedientes, así como no tolera la experimentación, las subversiones artísticas, o a los partidarios de las estrategias extrañas en un texto literario. Recompensa a los diligentes, a quienes respetan las normas literarias. El mercado literario no tolera la idea anticuada de una obra de arte como algo único, irrepetible, como un acto artístico hondamente individual. En la industria literaria, los escritores son obreros sumisos, un mero eslabón más en la cadena de producción.
[…]
Cuando a Robert Mitchum le preguntaron qué pensaba de sí mismo como estrella de cine, su respuesta fue: «Nada. Sobre todo cuando pienso en que Rin Tin Tin también es una estrella». Si hoy se me ocurriera preguntar a un escritor qué piensa de sí mismo como escritor, la respuesta podría ser: «Nada. Sobre todo cuando pienso que si Rin Tin Tin siguiera vivo, sus memorias se convertirían en un superventas.»

Gracias por no leer (fragmento)
Dubravka Ugresic

Un libro y un smartphone

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Sí, nada más: un libro y un smartphone. Los dos objetos imprescindibles para lanzarte a la calle y recorrer el mundo. El primero, el libro, para ocupar los espacios que deja la actividad loca de una sociedad que avanza a la carrera, sobre todo en las grandes ciudades. Un objeto que te acompaña y te aísla al mismo tiempo para volver a reencontrarte contigo mismo. Para dejarte seducir por otras historias y otras vidas que nunca vivirás salvo en sus páginas. Sentado en un café, a la sombra de un castaño en el parque o entre las sábanas antes de dormir.

El otro, el teléfono inteligente, sirve —como una versión moderna de la clásica navaja suiza— para hacer todo lo demás. Reservar un restaurante, guiar tu coche hasta él, despertarte por la mañana, hacer una foto, ver un vídeo, escuchar la radio, reconocer una canción, desplegar el mapa de las constelaciones, reservar un vuelo, enviar y recibir mensajes, consultar el tiempo, hacerte un selfie en la Muralla China, estar informado, alumbrar en la oscuridad, gestionar tu agenda y tu cuenta bancaria, pagar en los comercios y, además de hablar —por supuesto—, compartir tu vida con familia, amigos y desconocidos.

Sí, con un libro y un smartphone eres imbatible.

Espera un momento, ya sé lo que estás pensando (¡qué antiguo!). Parece mentira que no me haya dado cuenta: claro, el libro también lo puedes llevar «dentro» del teléfono, y con él puedes leer igual en una café, en el parque o en la cama.

—Es verdad— te respondo. Pero también te digo que no es lo mismo llevar la foto de tu novia en el teléfono que estar con ella en un café, en el parque o en la cama, mirándola a los ojos y viendo su sonrisa.

Y termino con una pregunta: si tuvieras que elegir, ¿qué llevarías contigo a una isla desierta, un libro o un smartphone?

P.D.- Que nadie se me enfade: donde dice «novia» puede leerse también «novio».

La tierra de David Vann

DAVID-VANN_by Marta Fernández

David Vann en una fografía de Marta Fernández.

David Vann (Alaska, 1966) es un escritor que no es cualquier escritor, y que escribe novelas que no son cualquier novela. Esto, que puede parecer una simpleza, es una forma de expresar que David Vann tiene algo que le hace especial. Fundamentalmente dos cosas: los temas que trata y, lo más importante, cómo escribe.

Tierra_David Vann

Literatura Mondadori. 2013.

Desde que hace ya cinco años (¡dios mío!) leyera Sukwan Island, donde el autor afronta el suicidio de su padre, tenía ganas de volver a él. Y lo he hecho con «Tierra» (Literatura Mondadori, 2013), una novela que cambia de paisaje –de la fría Alaska a la calurosa California— y de registro –de dos personajes, padre e hijo–, a una relación familiar también pero de más miembros. Son Galen, el protagonista, y su madre; su prima Jennifer y su tía Helen, además de la abuela. La oscura relación entre ellos, el paisaje –la tierra—, el calor, la violencia, el primer amor y la pérdida de la virginidad son los elementos que David Vann maneja a la perfección para provocar en el lector una mezcla de atracción y rechazo, una atmósfera opresiva que, en mi opinión, define muy bien su estilo y el atractivo de la novela.

Galen se detuvo y sintió su conexión con el suelo, se quitó las botas y los calcetines, concentrado en sentirse más liviano. Dejar que la energía de la tierra le subiera a través de las plantas de los pies. Echó a andar otra vez pero intentando que todo fuera improvisado, que sus movimientos fueran auténticos, trató de caminar con suavidad sin pensar en que caminaba con suavidad. Estaba empezando a aprender lo que era el Movimiento Auténtico, no lo dominaba aún.

Galen, que lee Siddhartha y El profeta, de Kahil Gibran, es el joven que desea ir a la universidad y salir del mundo opresivo en el que su madre ha convertido su existencia: «su madre había hecho de él, su propio hijo, una especie de esposo». Y es su prima Jennifer –que le considera un indeseable— quien sin embargo le hace trascender ese estrecho mundo para conocer sin preámbulos la primera forma del amor:

Todo cuanto había leído en Hustler, Playboy y Penthouse se hacía realidad. El clítoris estaba allí donde decían, nudoso y altivo, como una erección en miniatura…

Como único contrapunto al desamparo del joven protagonista, Vann se atreve a trenzar varias escenas de un erotismo absolutamente perturbador y descarnado que, si siempre suponen un desafío para cualquier escritor, él sabe resolver con mucha destreza para integrarlas en la novela sin que sean simplemente un reclamo fácil para el lector.

La novela posee una tremenda intensidad y belleza en los dos primeros tercios del libro, los que corresponden a la introducción y el nudo –donde Vann lo borda–, mientras que una vez alcanzado el punto álgido, como si hubiera quedado exhausto después de derrochar tanto talento, el desenlace fuera innecesario. Un final mal resuelto que se le puede perdonar porque, como decía al principio, David Vann no es cualquier escritor. Tiene un don, una mirada especial que posa sobre todos sus personajes y los convierte en seres irrepetibles.

Dice Manuel de la Fuente, de ABC (y lo subraya la propia editorial en la contraportada), que «Como Melville, Faulkner y McCarthy, Vann ya es un grande de la literatura americana de hoy». No sé si será cierto, pero da igual. Créanme a mí al menos. Lean a David Vann, no se arrepentirán. Yo seguiré haciéndolo aunque pasen, otra vez, algunos años.

Y no se pierdan la interesante entrevista de Inés Martín Rodrigo (ABC) con el autor: «No busco escribir la gran novela americana».

P.D.- Leí Tierra en la versión e-book de Nubico.

UN PERRO, de Alejandro Palomas

UN PERRO, novela de Alejandro Palomas from La Palabra Infinita on Vimeo.

[Disculpad la calidad del audio. Mejorará en próximas ediciones].

 

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Un perro no es solo el retrato del fascinante vínculo entre un hombre y su perro, sino también un remolino de emociones en el que confluyen una mirada tierna y cruda al universo familiar y un homenaje al amor en todas sus manifestaciones.[Ediciones Destino]

La Palabra Infinita en 2015

Por si tienes curiosidad, aquí tienes el informe que ha preparado WordPress.com con las estadísticas de La Palabra Infinita en 2015 . Con independencia de los números (pocos o muchos), gracias a todos los que pasáis por aquí de vez en cuando. ¡Feliz 2016!

LPI-blog_2015

 

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 11.000 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 4 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

Siempre nos quedarán los libros

Arenas movedizas_Henning Mankell

El año llega a su fin y también las lecturas que lo han jalonado, como si fueran puntos kilométricos marcados con letras y palabras. En este cuaderno digital han quedado registradas algunas de esas lecturas, aunque no todas. Libros que me han acompañado en diferentes momentos y lugares a lo largo de 2015. El último de ellos me lo ha regalado mi amigo invisible, que sabía que, en mi caso, con un libro siempre es fácil acertar. Ese libro ha sido «Arenas movedizas», de Henning Mankell (Estocolmo, 1948). Comencé leyendo pensando que se trataba de la última de sus novelas policiacas protagonizada por el inspector Kurt Wallander. Pero mi sorpresa fue enorme. En vez de la intriga de un caso por resolver, me encontré con las ideas y memorias de un hombre, el propio Mankell, al que le diagnostican un cáncer.

Cuando supe que tenía cáncer, ese miedo volvió. Me afectó igual que la primera vez, ahora lo comprendo. La sensación que experimenté fue precisamente esa, el pavor que me causaban las arenas movedizas. Me resistía a que tiraran de mí y me tragaran.

El cáncer es el detonante y el hilo conductor de su escritura, pero en absoluto es un libro depresivo centrado en la enfermedad. Al contrario, sirve para que Mankell se desnude de forma pudorosa y nos ofrezca los apuntes, muchos de ellos cargados de positividad, de una vida tan interesante como poco convencional.

Entre todas las cosas que disfruté, dejo aquí dos de los subrayados que hice, que se refieren a su idea sobre la escritura y los libros, y que me parecieron maravillosos.

Escribir, me dije, era iluminar con la linterna los rincones en penumbra y, en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder.

Dice Mankell que cuando al cabo de varias semanas logró salir arrastrándose de las arenas movedizas, empezó a ofrecer resistencia al golpe mortal que significaba el diagnóstico del cáncer. Y para él era obvio cuál sería la mejor herramienta para ello: los libros.

Coger un libro y perderme en el texto en los momentos difíciles ha sido siempre mi modo de buscar alivio, consuelo o, al menos, un respiro. Cuando los asuntos amorosos se torcían, echaba mano de un libro. Como consuelo después de un fracaso en el trabajo teatral o con textos con cuyo final se me resistía, siempre he tenido los libros. Como linimento, pero más aún como instrumentos para desviar los pensamientos hacia otro lugar. Para hacer acopio de fuerzas.

Me pareció un magnífico colofón a este año que se va. Siempre nos queda la esperanza. Y los libros.

P.D.- El autor de este blog les desea, por supuesto, un año nuevo muy feliz y lleno de buenas lecturas.

 

Nada se opone a la noche

Nada se opone a la noche

El 13 de noviembre se celebró en España, por quinto año consecutivo y bajo el lema «Leer es viajar», el Día de las Librerías que impulsa la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). En 2014 el reclamo fue aún más incisivo: «¿Cómo va a sobrevivir la ignorancia si está rodeada de libros?». En cualquier caso, razones -además de un descuento del 5%- para acercarse a la librería, comprar un libro y cumplir dos objetivos: el fomento de la lectura y proteger un negocio en vías de extinción. Por cierto que respecto a las iniciativas para el fomento de la lectura, resulta muy ilustrativo lo que decía recientemente Fernando Savater (San Sebastián, 1947) en una entrevista en The Cult:

Las pasiones no se pueden enseñar. El verbo leer no soporta el imperativo. No se puede decir a nadie “Lee”, porque eso es contraproducente. Las pasiones se contagian. La pasión de la lectura también se contagia.

Pero me he desviado del tema, no era de esto de lo que quería hablar. Solo era un preámbulo para contar que con las ganas de aportar mi granito de arena fui ese día a mi librería de referencia –Librería Benedetti– a comprar mi ejemplar, casi como si se tratara de apadrinar a un pobre animal abandonado. No tenía claro el título que quería; por eso tiré de teléfono móvil (smartphone), abrí la aplicación de Notas/Libros y repasé la lista de deseos que de vez en cuando anoto para no fiarlo todo a la memoria. Y allí estaba un libro publicado hace ya algunos años pero que, paciente, esperaba su momento. Lo busqué y se lo mostré a Óscar, mi librero de referencia. Sonrió y dijo: «Muy bueno». Lo hubiera comprado de igual forma pero su afirmación fue confirmación para mí y la garantía de que me llevaba una buena pieza: «Nada se opone a la noche» (Anagrama, 2012), de la escritora francesa Delphine de Vigan (1966). Una novela que como dijo Marcos Ordoñez en su blog en El País, «ha sido un éxito de público y de crítica porque tiene corazón y tiene tono, mirada». Y añade:

El equilibrio de este libro es portentoso. Y el talento narrativo de su autora, y su honestidad: un verdadero triunfo del tono. Debería enseñarse en los talleres de escritura. Serviría de modelo e inspiración para quienes intentan abordar dolorosas historias familiares sin autocompasión, sin delectación mórbida, y convertirlas en relato, en gran relato.

Por eso me recordó tanto a «También esto pasará», de Milena Busquets. Al igual que la novela de la hija de Esther Tusquets, Delphine de Vigan «convierte una historia durísima en un relato al que apetece volver cada día». Pero yo me quedo con esta última, no tengo ninguna duda, y con su ejercicio de autenticidad. La propia de Vigan lo explica en la novela:

Incapaz de alejarme por completo de la realidad, produzco una ficción involuntaria, busco el ángulo que me permita acercarme más, más cerca, cada vez más cerca, busco un espacio que no sea ni la verdad ni la fábula, sino los dos a la vez.

Lo confieso: también compré el libro porque me sedujo la fotografía de la cubierta. Es en realidad la fotografía de una bellísima mujer, Lucile, la madre de la escritora, que murió a los sesenta y un años. Y así es cómo la describe en las últimas páginas:

Lucile aparece de perfil, lleva un jersey de cuello vuelto negro, sostiene un cigarrillo en la mano izquierda, parece mirar a algo o a alguien, pero probablemente no mira nada, su sonrisa es de una oscura dulzura.

Terminé de leer la novela el 26 de noviembre, otro día emblemático, el Día de Acción de Gracias. Después de vivir varios años en Nueva York, en casa nos gusta celebrar esta tradición americana cocinando un gran pavo. Esa misma noche terminé de leer Nada se opone a la noche. Di las gracias por el pavo y por la novela. Literatura en estado puro.

 

Para saber más:

De Vigan descubre sus fantasmas familiares, en LA VANGUARDIA.

Todo sobre mi madre, en PÁGINA 12 (Radar Libros).

Razones para leer los relatos de Ha Jin

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Hay dos razones por las que quería leer a Ha Jin: porque la biografía del escritor chino llamó mi atención y porque escribe cuentos o relatos. Probablemente las dos mismas razones por las que muchos otros –quizá usted mismo- no lo vayan a leer nunca.

¿Por qué leer a un escritor chino que escribe en inglés y precisamente cuentos?

Yo sí tenía ganas y mucha curiosidad de leer lo que escribe alguien tan aparentemente alejado de nuestra geografía y de nuestra propia concepción cultural. En primer lugar porque su peripecia vital lo hacía muy atractivo; entre otras cosas se hizo escritor casi por necesidad. El mismo Ha Jin, escritor de origen chino afincado desde 1985 en Estados Unidos, se definía al principio como «escritor que vive en América, que escribe en inglés, pero soy un escritor chino», aunque con el paso de los años ha reconocido que «China le queda cada vez más lejos» y que ahora se siente más cercano a los Estados Unidos, donde imparte clases de literatura y talleres de escritura creativa en la Universidad de Boston.

Pero es que además –y tiene mucho mérito-, siendo un joven soldado en el Ejército Popular de Liberación, Ha Jin tuvo tiempo para leer el Quijote y algunas novelas de los clásicos de la literatura rusa como Tolstoi, Dostoievski, Chéjov o Puskin.

Y en segundo lugar porque, aunque ya se han publicado con anterioridad en España, por Tusquets, algunas de sus primeras novelas, es la primera vez que se edita en nuestro país un volumen de ficción breve de este escritor. Si hasta ahora sus relatos no se han ganado el favor lectores y críticos en lengua castellana puede que sea, como dicen los editores, «posiblemente como consecuencia del prejuicio que todavía permanece de forma latente hacia este género literario». Si esto último es o no cierto, no lo sé, pero qué quieren que les diga. Yo soy lector de cuentos, y los de Ha Jin me parecen de primera.

«Una llegada inesperada y otros relatos» (Ediciones Encuentro, 2015), es una antología que reúne, en orden cronológico, trece de los cuentos más reseñables del escritor chino-americano nacido en 1956 en Liaoning, provincia del noreste de China que limita con Corea del Norte. Son cuentos que, como toda su narrativa breve, tratan de la experiencia vital del autor, «que abarca situaciones y recuerdos personales en China, su posterior emigración a los Estados Unidos y su adaptación final al mundo occidental».

«Esto es América, donde tenemos que aprender a confiar en nosotros mismos y no inmiscuirnos en los asuntos de los demás», escribe al final de uno de sus cuentos.

Es fácil adivinar en algunos de los relatos que sitúa en China resonancias de Chéjov, así como de la mejor narrativa norteamericana en los que escribe sobre las dificultades de la emigración, y que nos trasladan a Flushing, en el estado de Nueva York. Todos ellos -no estrictamente autobiográficos pero sí basados en hechos reales-, están escritos con una técnica y una emoción muy bien administradas:

Pequeñas dosis de literatura de la buena, especialmente indicadas para leer en el tren, delante de la chimenea, en la cama antes de dormir o donde al lector más le plazca.

En mi selección han quedado subrayados relatos como Vivo, La mujer de Nueva York, Avergonzado o La casa del cerezo llorón.

Háganme caso, por favor, olviden sus prejuicios sobre los autores orientales y los relatos y denle una oportunidad a Ha Jin. Yo les he dado mis razones, pero hay muchas más y ustedes encontraran las suyas propias. Sus relatos son deliciosos y dejan un poso especial. Tanto como para volver hacia sus novelas, por ejemplo hacia su primer gran éxito literario, Waiting (publicada en español como La espera), que recibió en 1999 el National Book Award y el PEN/Faulkner Award en 2000.

DISCLAIMER (aviso): Solicité el libro a Ediciones Encuentro, que tuvo la gentileza de hacérmelo llegar.

«La buena reputación», y los líos de familia

La buena reputación

Una de las medidas que se me ocurren para determinar el éxito de una novela, no ya en términos de ventas sino de satisfacción para su lector, es la perdurabilidad de su recuerdo.

Por supuesto, un recuerdo placentero que nos haga añorar los buenos ratos pasados e, incluso, a sus personajes, cuyo espectro suele acompañarnos durante algún tiempo después de cerrar el libro. Pues esto mismo, que a muchos de ustedes ya les habrá sucedido en alguna ocasión, es lo que me ha ocurrido a mí después de leer «La buena reputación» (Seix Barral. Barcelona, 2014), de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960).

Claro que en este caso el resultado jugaba con ventaja pues la novela mereció recientemente el Premio Nacional de Narrativa 2015, obra que el jurado definió como:

Un retrato del mundo judeo-español en Melilla en la época del Protectorado y el complejo desarrollo de una red de relaciones familiares en el marco de un relato extenso muy fiel a la tradición novelesca.

Es cierto que algunos premios literarios han dejado de ser garantía de calidad literaria pero no así el Nacional de Narrativa, del que me fío desde hace ya muchos años, cuando en 1990 me llevó a leer Juegos de la edad tardía, la magnífica novela de Luis Landero que también obtuvo el Premio de la Crítica ese mismo año.

Nunca antes había leído a Martínez de Pisón, y mi intención era comenzar por su más conocida Carreteras secundarias (1996). Pero descubrir que su última novela premiada también estaba disponible en Nubico, y que precisamente venía de leer otro de los premios importantes del año, el Nadal –otorgado a Cabaret Biarritz-, me hizo cambiar de opinión.

La buena reputación es una larga novela de familia que –entre los años cincuenta y los años ochenta del siglo pasado-, y en tres escenarios –las ciudades de Melilla, Málaga y Zaragoza- nos presenta las vidas y las complejas relaciones de cinco de sus miembros mientras como telón de fondo transcurre la historia de aquellos años en los que España se incorporaba a la modernidad. Así se manifestaba el autor respecto a la familia como tema:

Me gustan mucho los temas atemporales y universales, los grandes temas, y la familia es uno de ellos. La Biblia y la tragedia griega están llenas de historias de familia. Imagino que dentro de tres mil años, si sigue habiendo escritores, hablarán de conflictos entre padres e hijos y maridos y mujeres.

Es a través de sus cinco protagonistas entre los abuelos, una madre y los dos nietos, como Martínez de Pisón divide la narración en otras tantas novelas hasta completar un pentágono de lados y ángulos perfectos. Es, esencialmente, una novela de personajes (Samuel, Mercedes, Miriam, Elías y Daniel) completamente de carne y hueso, a los que al final añoramos porque durante algunos días se han convertido en parte de nuestra propia familia. Ese es el mérito del autor, situarnos en el centro y hacernos testigos directos de sus vicisitudes y miserias, recordándonos cuan fuertes son los lazos de sangre y que no hay familia que se libre de estas por más que en la superficie todo sea un mar brillante y en calma. Martínez de Pisón escribe, aparentemente, de una manera muy sencilla. Como señaló el crítico de Babelia:

Con un vigoroso estilo casi invisible, muy apreciado por los maestros del XIX, a cuya estirpe tardíamente se acoge Ignacio Martínez de Pisón con este caudaloso novelón familiar, confiado en obtener de aquellas sombras una aceptación absolutoria.

Han sido 640 páginas que, aunque leídas en formato digital, nunca se hicieron largas. Pero alcanzado el final, y con un magnífico sabor de boca, es hora de pasar a otras historias que esperan ahí fuera su oportunidad de ser leídas.

Para saber más:

Crítica que Babelia publicó de la novela en 2014.

Entrevista a Ignacio Martínez de Pisón en Letras Libres, en abril de 2013.

Lisboa y la vida

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Portugal y España, que comparten 1214 kilómetros de frontera (conocida de forma coloquial como La Raya, o A Raia en portugués), fueron una vez parte de la monarquía hispánica en aquel imperio en el que no se ponía el sol. En la actualidad, cuando ambos países forman parte de la Unión Europea y comparten la misma moneda (adiós a escudos y pesetas), y dos de los más famosos futbolistas del mundo juegan cada uno en campo contrario (sí, Cristiano Ronaldo en el Real Madrid e Iker Casillas en el Oporto), el sueño de unir Madrid y Lisboa con un tren de alta velocidad sigue siendo eso, solo un sueño. Quizá una señal de que somos dos vecinos bien avenidos pero que prefieren seguir viviendo de espaldas.

Por eso creo que a pesar de que a los españoles nos gusten sus vinos, sus playas, sus ciudades o sus fados, la conexión entre ambos países –como la del AVE– no es todavía plena. Me refiero a una conexión emocional sin complejos, que descarte recelos y prejuicios en los dos lados.

Algo así intuía ya Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935) –que por cierto solo viajó a España una vez para visitar las Islas Canarias–, cuando hacía referencia al mito de Iberia:

Se diría que los dos países se han dado cuenta por fin del hecho aparentemente evidente de que una frontera, si separa, también une, y que si dos naciones vecinas son dos por ser dos, pueden moralmente ser casi una por ser vecinas.

Para activar al menos esa conexión emocional valdría al menos algo tan simple como leernos los unos a los otros. Una buena forma de hacerlo, seguro que hay muchas más, es empezar por el «Libro de crónicas» de António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), el escritor que afirma que sus libros «nacen de la basura».

Crecí en los suburbios de Lisboa, en Benfica, por aquel entonces pequeñas quintas, travesías, casas bajas, oyendo a las madres que llamaban a la hora del crepúsculo.

Este ha sido mi bautizo lector con Lobo Antunes antes de sumergirme en alguna de sus novelas (creo que empezaré por la primera, Memoria de elefante, publicada en 1979). El libro, que recoge los artículos publicados por el escritor desde 1993, y durante cinco años, para el diario O Publico portugués, está constituido por piezas de no más de dos o tres páginas, como teselas de un bello mosaico que cobran mayor belleza en su conjunto. Leer sus crónicas es ver pasar Lisboa y la vida a través de los ojos de un auténtico orfebre de la escritura.

Nunca me di cuenta de cuando se deja de ser pequeño para convertirse en mayor. Probablemente cuando la pariente rubia comienza a ser mencionada, en portugués, como la desvergonzada de Luísa. Probablemente cuando sustituimos los paraguas de chocolate por bistecs bárbaros. Probablemente cuando nos empieza a gustar ducharnos. Probablemente cuando nos ponemos tristes. Pero no estoy seguro: no sé si soy mayor.

En espera del AVE, la literatura también sirve para tender puentes, invisibles pero sólidos y muy duraderos.

«Cabaret Biarritz», teoría y práctica de una novela

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Editorial Destino. Barcelona, 2015. 456 páginas.

La tentación siempre está ahí, al acecho. Oculta y esperando pacientemente el momento de actuar. Eso es escribir, la eterna tentación de tanta gente; incluso –sí, también- la mía. Uno es débil, qué le vamos a hacer (je suis perdu…). En cualquier caso, creo que nunca asistiría a un taller de escritura de los muchos que últimamente han florecido -como ahora las setas en otoño-, para aplacar, imagino, ese frenesí escritor que recorre todo el planeta y hacer caja al mismo tiempo. Y no lo haría por la soberbia de pensar que yo no lo necesito (escribir ficción literaria no es lo mismo que redactar, ya lo he dicho alguna vez más en este blog), ni por dudar de la capacidad y las skills (que palabro tan bueno para no decir habilidades) de quienes los imparten, sino porque soy un convencido –y no invento nada nuevo- de que la mejor escuela de escritura es la lectura.

«No era fácil escribir historias», dijo Vargas Llosa en su discurso al recibir el Premio Nobel. Y sin embargo afirma que quienes le revelaron «los secretos del oficio de contar» fueron los escritores a los que leyó en su juventud: «Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo».

Fue la curiosidad, y la suscripción mensual que mantengo con Nubico, lo que hizo que me encontrara con un manual de los que tanto abundan también para los aprendices de escritor. Se llama «Escribir ficción» (Guía práctica de la famosa escuela de escritores de Nueva York), publicado en 2003. Se refiere al Gotham Witer’s Workshop, que empezó siendo una clase que se impartía en un cuarto de estar en el Upper West Side de Nueva York y que, después, ha crecido hasta convertirse en escuela on-line: www.writingclasses.com (We teach the craft of writing in a way that is clear, practical, and inspiring).

En Escribir ficción se tratan los temas habituales: personajes, trama, punto de vista, descripciones, diálogo, escenarios, ritmo y voz, tema o incluso el negocio de escribir (volverte loco por escribir y por los dividendos). Esta última sección, y algunos otros aspectos de la obra, «ha sido modificada adaptándose al mercado en lengua española» por la editorial Alba.

Pues sí, lo leí. ¿Puedo empezar ya a escribir como lo hace un (buen) escritor? No, creo que escribiría exactamente igual a como lo hacía antes de leerlo. ¿Ha sido una pérdida de tiempo? No, en absoluto. Algo me llevo, entre otras cosas la lectura de «Catedral», un relato de Raymond Carver que se incluye como apéndice, y que utilizan los autores para ilustrar con ejemplos algunas de las cuestiones que se plantean en el libro.

Pero lo que me interesa en esta ocasión es uno de esos aspectos, concretamente el del punto de vista:

«Las cosas se ven de una manera diferente depende de quién las está mirando y desde qué perspectiva las mire. El punto de vista, al igual que los microscopios y los telescopios, nos puede revelar cosas que de otra manera pasarían desapercibidas».

Uno de los puntos de vista que señala Valerie Vogrin es el de la primera persona con una visión múltiple, como el que normalmente utiliza la técnica epistolar. «Por lo general hay un único narrador que utiliza la primera persona pero también puede haber narradores múltiples. En los cuentos cortos, limitados por su espacio, contar con más de un narrador seguramente afectaría a la capacidad del autor para crear una historia conexa y coherente. Pero un novelista que trabaje con suficiente espacio podría decidir que su historia mejoraría si hubiese más de un testigo describiendo los acontecimientos de su relato».

‘Cabaret Biarritz’ mezcla magistralmente investigación criminal y parodia social. EL PAÍS

Esto es precisamente lo que piensa y hace José C. Cavales, autor de «Cabaret Biarritz» -Premio Nadal 2015-, aunque es seguro que él no necesitó leer el manual del Gotham Witer’s Workshop. Al contrario, deberían utilizar su novela como el máximo exponente de esa técnica: un acontecimiento -el cadáver de una joven de Biarritz aparece sujeto a una argolla del muelle- contado años después por una treintena de personas de distintos estratos sociales que de manera más o menos directa estuvieron relacionadas con la joven. Ese carácter polifónico, de coro con voces de muchos registros, es lo que hace verdaderamente valiosa la novela. «Una de las principales virtudes del punto de vista de visiones múltiples en primera persona es la implicación intelectual del lector, que no le permite sentarse y dejar que le cuenten qué es lo que debe pensar y sentir».

«Es el lector el que debe relacionar las cosas por sí mismo y eso constituye una interesante experiencia de lectura».

Esa implicación intelectual del lector es más que evidente (puedo dar fe de ello) en el caso de Cabaret Biarritz, si bien la técnica narrativa que emplea –nada fácil por cierto- no sea por supuesto su único mérito, ni la garantía de que la novela funcione por sí sola. Sin embargo, funciona a la perfección, y el resultado es una interesante trama criminal insertada en la glamourosa sociedad de la localidad francesa de Biarritz durante un verano de los felices años veinte.

Sin conocer con antelación absolutamente nada de la novela (es la manera de que no haya expectativas que frustrar), y sin que la cubierta me sedujera especialmente (sí, yo soy de los que me dejo influenciar por detalles como ese en mi decisión de lectura, y esta me pareció edulcorada en exceso), encontrar el libro en mi iPad por gentileza de Nubico Premium (mi suscripción mensual de 8,99 €, IVA incluido), y con la garantía del «sello» Premio Nadal, me decidieron a embarcarme en su lectura. Y no me arrepiento, al contrario. Ahora la teoría ya la conocen, quien borda la práctica es José C. Cavales.

Mi recomendación es que pasen y lean ‘Cabaret Biarritz’.

Para saber más: Aquel espantoso verano, es el título de la reseña que escribió Francisco Solano en El País.